Volví a bajar la mirada hacia el cubo.
Yuzuki dejó escapar una pequeña exhalación mientras cambiaba de posición algunas piezas
-Inoue-san -dije finalmente-. La guerra terminó. Perdiste.
Levantó la mirada. No parecía molesta más biendecepcionada. Simplemente me observó durante un instante antes de responder con la misma tranquilidad de siempre.
-Sí, lo sé -respondió-. Pero todavía no termino con esto.
Levanté la vista hacia el techo.
Increíble. Acababa de ganar ua competencia y, aun así, parecía que era yo quien estaba perdiendo.
-Solo quiero resolverlo -añadió.
-Eso suena sospechosamente parecido a alguien que se niega a rendirse.
-Tal vez.
Su respuesta llegó casi en un murmullo.
Volvió inmediatamente a su tarea y, con eso, terminó la conversación.
La observé durante unos segundos más. No sabía si aquello era perseverancia, terquedad o simplemente una incapacidad preocupante para dejar las cosas a medias. Fuera lo que fuera, no parecía tener ninguna intención de detenerse hasta completar el cubo.
Era extraño. ...Acababa de ganar y, aun así, tenía la sensación de que ella estaba ocupada compitiendo en una carrera completamente diferente.
Miré el reloj.
Cinco minutos después, el aburrimiento empezó a reclamar mi atención.
Qué experiencia tan emocionante. Ganar una competencia para terminar contemplando cómo la persona derrotada ignoraba su propia derrota.
Saqué una hoja de papel y escribí unas pocas palabras.
«Te encargo la biblioteca durante mi ausencia. Intenta no provocar ningún incendio».
Dejé la nota junto a Yuzuki y me levanté de la silla con la elegancia de un criminal intentando escapar de la escena del crimen.
Di apenas unos pasos hacia mi libertad... o eso creí.
Al abrir la puerta, me encontré con Hana-sensei.
Brazos cruzados. Mirada fría. Expresión de alguien que llevaba varios minutos esperando exactamente ese momento.
Magnífico.
-¿Dónde crees que vas tan rápido? -preguntó, arqueando una ceja-. ¿Perdiste algo?
Mi intento de fuga había durado menos que algunas relaciones amorosas de preparatoria.
Respiré hondo, sonreí y adopté mi mejor expresión de inocencia.
-Oh, Hana-sensei... solo iba al baño.
Me observó con una mezcla perfecta de escepticismo y resignación, como si estuviera debatiéndose entre castigarme o simplemente aceptar que yo era un caso perdido.
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Al día siguiente, mi vida decidió demostrarme que todavía podía encontrar nuevas formas de molestarme.
Supongo que debía agradecer que, al menos, lo hacía con cierta elegancia.
Durante el descanso, mientras caminaba por uno de los pasillos del edificio principal cerca de los casilleros me crucé con una mujer que reconocí casi de inmediato.
La famosa psiquiatra escolar.
Esta vez pude observarla con un poco más de atención.
Era delgada y de complexión estilizada, con una figura femenina pero discreta. No tenía la presencia física imponente de Hana-sensei; en ella todo parecía más sutil. Esta vez llevaba el cabello oscuro recogido en una coleta de caballo, dejando el rostro más despejado y resaltando sus facciones suaves. Sus ojos color café conservaban aquella expresión tranquila, casi demasiado serena para alguien que trabajaba dentro de una preparatoria. Vestía una bata blanca impecablemente planchada que, junto con su postura recta y sus movimientos tranquilos, le daba una apariencia demasiado ordenada para aquel edificio.
Caminaba con pasos regulares, sin apresurarse pese al constante ir y venir de los estudiantes. Mantenía los hombros relajados y una mano descansaba sobre la correa de su bolso, como si no tuviera ninguna razón para estar nerviosa. Cuando nuestras miradas se cruzaron, inclinó ligeramente la cabeza y sus labios dibujaron una pequeña sonrisa.
Profesional. Amable.
Demasiado calculada para ser completamente espontánea.
No apartó la mirada de inmediato. Esperó un segundo más de lo necesario, como si estuviera comprobando mi reacción.
Ahí estaba.
No necesitaba que me dijera que quería hablar conmigo su lenguaje corporal ya lo había hecho por ella.
Aoi en el momento que me vio redujo ligeramente el paso.
—Ichikawa-kun.
Su voz llegó detrás de mí, tranquila, acompañada de esa sonrisa profesional que ya empezaba a sospechar que venía incluida con la bata.
Seguí caminando.
—Buenos días, sensei.
—Espera un momento.
Aceleré ligeramente el paso.
—Me encantaría, pero justo ahora tengo una reunión muy importante.
—¿Con quién?
——Con alguien que no haga preguntas personales.
Hubo un breve silencio.
—¿Y dónde es esa reunión?
—Todavía no hemos decidido el lugar.
Escuché sus pasos acercándose detrás de mí.
—Solo quería hablar contigo un momento.
Claro.
La frase favorita de cualquier adulto justo antes de hacerte perder veinte minutos de tu vida.
Giré ligeramente la cabeza y le dediqué una sonrisa educada.
—Entonces podemos hablar durante uno de esos momentos en los que no esté huyendo de una conversación.
—¿Estás huyendo de mí?
—No. Estoy caminando con una determinación admirable.
Aoi guardó silencio durante unos segundos.
Por el rabillo del ojo pude ver cómo ladeaba ligeramente la cabeza. Su sonrisa seguía en su sitio, aunque ahora parecía estar intentando decidir si aquello era una broma o una señal de que realmente necesitaba una terapia más intensiva.
Probablemente ambas.
—Ichikawa-kun, solo quiero hacerte unas preguntas.
—Y yo solo quiero conservar mi paz mental. Creo que ambos tenemos objetivos perfectamente razonables.
Ella dejó escapar un pequeño suspiro.
—¿Siempre eres así? Se que puedo ayudarte
Esta vez me detuve un instante la miré por encima del hombro.
—No. A veces estoy de buen humor
Y continué caminando detrás de mí, sus pasos finalmente se detuvieron.
—Supongo que tendremos que hablar en otro momento.
—Mi agenda está ocupada. Procuraré no hacer nada interesante hasta entonces.
No esperé su respuesta seguí avanzando por el pasillo con las manos en los bolsillos, había conseguido evitar una conversación con la psiquiatra escolar. Una pequeña victoria aunque, conociendo mi suerte, probablemente acababa de convertir una conversación de cinco minutos en un problema para toda la semana.
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El atardecer teñía los pasillos de tonos anaranjados y proyectaba largas sombras sobre el suelo. Al cruzar las puertas del edificio, una brisa fresca me recibió de frente y, por unos segundos, experimenté algo parecido a la paz. El aire era agradable, el cielo estaba despejado y, por primera vez en todo el día, nadie parecía necesitar nada de mí.
Entonces la vi. Al bajar las escaleras, una figura bloqueó mi camino Hana-sensei.
Por supuesto.
¿Quién más podría arruinar un momento perfectamente agradable?
No necesitaba levantar la voz ni amenazar a nadie. Bastaba con una mirada.
Debía rondar los treinta años, aunque cualquiera le habría quitado algunos sin pensarlo demasiado. Su cabello negro, largo y liso, caía mucho más abajo de sus hombros y descendía por su espalda, enmarcando un rostro de facciones finas que contrastaba bastante con la expresión severa que solía llevar. Sus ojos verdes tenían una mirada particularmente incómoda; no porque fueran intimidantes, sino porque daban la impresión de que siempre estaban buscando algo que reprochar, como si incluso una conversación perfectamente normal pudiera convertirse en una lista de errores pendientes.
-Nero.
Pronunció mi nombre con una firmeza que hacía parecer que estaba leyendo una sentencia.
-Te pedí que pasaras por la sala de maestros al final del día. ¿Lo olvidaste... o decidiste ignorarme?
Su voz sonaba firme, pero no molesta.
Era peor...Sonaba como alguien que ya conocía la respuesta y simplemente estaba esperando que yo confirmara cuál de las dos opciones había elegido.
Por supuesto, mantuve mi mejor expresión de indiferencia.
-Pensé que ya era muy tarde para los regaños, sensei.
Desvié la mirada hacia el cielo anaranjado.
-¿No cree que un atardecer tan bonito merece ser disfrutado sin sermones?
La observé de reojo. Era una pregunta legítima.
Lamentablemente, Hana-sensei nunca había demostrado demasiado interés por las preguntas legítimas.
-Entiendo que siempre trates de salirte con la tuya -dijo finalmente, dejando escapar un suspiro apenas perceptible.
Cruzó los brazos frente al pecho. No parecía una postura defensiva. Más bien, daba la impresión de que acababa de adoptar la posición de alguien que había decidido esperar todo el tiempo necesario.
Una advertencia silenciosa.
-Te di una orden, Nero. Esperaba que la cumplieras.
-¿Así que de eso se trata? -arqueé una ceja-. Qué extraño. Pensé que vendría un análisis profundo sobre mi alma rota y mi trágica existencia.
¿De verdad crees que no tenemos nada de qué hablar?
-No -respondí sin vacilar-. Y, sinceramente, tampoco se me ocurre nada que me interese discutir.
Por primera vez, noté una ligera contracción en su ceño,no era enojo todavía...Pero definitivamente me estaba acercando a un límite.
-Soy tu profesora y...
-Eso ya lo sé.
La interrumpí antes de que pudiera terminar.
Desvié la mirada hacia el patio durante un instante, fingiendo que aquella conversación había dejado de interesarme.
-Y también sé que está haciendo su trabajo.
Volví a mirarla.
-Pero no me interesa convertirme en su proyecto de redención.
Finalmente, Hana-sensei dejó escapar un largo suspiro. No sonaba tanto a cansancio como a resignación, como si acabara de aceptar que convencerme iba a resultar mucho más complicado de lo esperado.
-A veces, Nero... el hecho de no decir nada ya dice demasiado.
No respondí. Simplemente intenté rodearla, inclinando ligeramente el cuerpo para continuar mi camino. Si ignoraba la conversación el tiempo suficiente, quizá desaparecería por sí sola.
Lamentablemente, los adultos nunca cooperaban cuando uno más los necesitaba.
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