"Sabían que, de un momento a otro, el cuerpo del anciano emprendería el vuelo sobre la alfombra, camino del infinito. Fue una pena que se equivocara tanta gente".
La alfombra, de Manuel Ferrand Bonilla, en @dosvecescuento
https://t.co/MDv8dC2OFl
Que tío más asqueroso. Está Rodri corriendo a celebrar que es campeón del mundo y le mete un guantazo por la puta cara
Este tío no puede volver a pisar España y espero que el Atletico de Madrid le mande a tomar por culo
—He esperado a que muriera vuestro padre para decirlo —explicó— porque como resultado de aquella aventura me quedé embarazada de ti —dijo señalándome con la cabeza—.
Secretos de familia, de Manuel González Seoane, en @dosvecescuento
https://t.co/GiD6bITuWn
@abcdesevilla Buenas tardes.
¿Podrían darme un pista sobre con quién contactar para publicar una página de don Manuel Ferrand Bonilla?
Gracias anticipadas.
Las tres primeras verónicas son de pódium. Oro las tres. Y las siguientes marcan la perfección de Morante: algún borrón para ver que no es laboratorio, salón, pinar de entrenarse, sino talento y conocimiento del toro.
Capote sublime.
Y vi a don Julio Robles.
Y Paula (en un festival).
Las manos de mi abuelo trabajaron en el diseño, realización y montaje del simpecado de la Hermandad del Rocío de Sevilla. Hoy, saliendo del metro, me he cruzado con él.
De niño fui católico de misa dominical, de rosarios en familia y aulas que olían a incienso. Luego la medicina y la ciencia me volvieron agnóstico por años: frío, preciso, descreído.
Hasta que un día, en el Vaticano, sin buscarlo, una energía antigua me atravesó el pecho como un rayo de luz entre columnas. Lloré como niño perdido. Y en medio de ese llanto le dije a Dios: “Si existes, concédeme este deseo que llevo años guardando en el alma”.
Lo escribí. Está en mi libro “En un pequeño momento”.
Hoy vuelvo a ser católico. No porque haya dejado de razonar, sino porque la razón también tiene límites hermosos.
He aprendido que cuestionar las creencias ajenas no es respeto. Yo cambié. Todos podemos cambiar.
Y en mis manos de especialista en cáncer hematológico he visto docenas de desenlaces que la ciencia sola no explica: remisiones que parecen susurros de misericordia, vidas que se aferraron cuando todo anunciaba adiós.
A veces la fe no es luz cegadora. A veces es solo un pequeño momento… que lo cambia todo.
De niño fui católico de misa dominical, de rosarios en familia y aulas que olían a incienso. Luego la medicina y la ciencia me volvieron agnóstico por años: frío, preciso, descreído.
Hasta que un día, en el Vaticano, sin buscarlo, una energía antigua me atravesó el pecho como un rayo de luz entre columnas. Lloré como niño perdido. Y en medio de ese llanto le dije a Dios: “Si existes, concédeme este deseo que llevo años guardando en el alma”.
Lo escribí. Está en mi libro “En un pequeño momento”.
Hoy vuelvo a ser católico. No porque haya dejado de razonar, sino porque la razón también tiene límites hermosos.
He aprendido que cuestionar las creencias ajenas no es respeto. Yo cambié. Todos podemos cambiar.
Y en mis manos de especialista en cáncer hematológico he visto docenas de desenlaces que la ciencia sola no explica: remisiones que parecen susurros de misericordia, vidas que se aferraron cuando todo anunciaba adiós.
A veces la fe no es luz cegadora. A veces es solo un pequeño momento… que lo cambia todo.
"Me gusta verte, aunque tú no puedas hablarme, aunque no abras los ojos, aunque no te muevas".
Fragmentos, de Mar Echenique. @dosvecescuento https://t.co/PuNmZWiBPO