Este aparato me hizo rico en la plandemia hasta que apareció el puto Magufuli ese con sus papayas y los negacionistas de los cojones. Me escondí tras el destape de la farsa de los ciclos amplificados y de la transcriptasa reversa y tuve que apañármelas y cambiar de profesión.
Lo de regalar gafas de celofán a los pacientes que veía más handicapados ya lo hacía yo hace décadas. Y agradecidos, luego al boticario, del que me llevaba una buena comisión.
Nunca di consejos a mis pacientes por muy tontos que fueran. Veo que por aquí hay mucho mentor sugeridor. Donde mirar el día doce o que hacer en cualquier situación infernal. Lo increíble es que les gusta. Tened cuidado? No.
Haz lo que te salga de la higadillera.
Tras fracasar mi casamiento debido a varios gatillazos por abusar de la química, regresé a España en el 79. Mostré los desarreglos científicos que descubrí a los ministros de sanidad, Enrique Sánchez del León y Juan Rovira. Al tratarme de tarado, monté mi laboratorio en Alicante.
El interés por la reacción en cadena de la Polimerasa que me había imbuído Kary, supuso que el estudio enviciado y pervertido de las bases nucleótidas me ocasionara posteriores trastrueques y delirios. Me echaron de Berkeley en 1974 y me enamoré de una chica venida de Oklahoma.
A pesar de ser un pésimo estudiante, mi abuelo Fructuoso -que fuera médico del ensayista Don Francisco Giner de los Ríos- me consiguió una asignación en los Estados Unidos.
En Berkeley tuve la oportunidad de ser compañero de Kary Bank Mullis, el año que se doctoró (1973) .
Reducción de la fricción entre las paredes de las fallas latentes del Romeral para dar la bienvenida al tonto útil de Abelardo de la Aprilia o como se llame.
Tengo que desaparecer, la fisgona de mi sobrina farmacéutica ha reojeado atentamente mi Alcatel en la mesa y ya sabe lo que hago por estos lares.
Hasta la pista.