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Pues en el rancho siempre hay algo, más que decir, que hacer.
Pero el trabajo mantiene la mente ocupada, así que, si me pusiera a contarle todos los pendientes que hay, nos quedamos aquí 3 años.
—Dorian...
La voz llegó hasta él envuelta entre el olor a humo y madera quemada. No respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos sobre los restos ennegrecidos del establo, donde aún se alzaban pequeños hilos de humo como si el fuego se negara a abandonar por completo aquel lugar.
Respiró hondo. El aire quemaba. Giró lentamente. Emma estaba allí. Cubierta de ceniza. Con el rostro cansado. La respiración entrecortada. Durante un instante no existieron los peones. Ni Amelia. Ni las reses tendidas sobre la tierra. Ni siquiera el incendio. Solo la certeza silenciosa de que Emma había llegado.
Los hombros de Dorian descendieron apenas. Tan poco que cualquiera habría pasado por alto el gesto. Él no sonreía cuando sentía alivio. Nunca lo había hecho.
—Estás aquí...
La frase escapó casi sin voz. No era una pregunta. Ni un reclamo. Solo una verdad. Sus ojos descendieron un instante sobre las manos ennegrecidas de Emma. Después volvieron a perderse entre las ruinas. El silencio regresó. Uno pesado. Lleno de brasas apagándose. Finalmente habló.
—¿Ves ese establo?
No esperó respuesta.
—Mi abuelo Jacob lo levantó cuando todavía no existía ninguno de estos corrales.
Señaló con la barbilla los restos consumidos.
—Dicen que tardó casi dos inviernos en terminarlo.
Cada tabla la cortó él mismo. Cada poste lo enterró con sus propias manos. Mi padre solía decir que un Cargill podía reconocer ese lugar con los ojos cerrados... porque conocía el sonido de cada puerta y el olor de cada tabla cuando llovía. Guardó silencio. La mandíbula se marcó bajo el hollín.
—Ahí aprendí a ensillar. Ahí monté solo por primera vez.
Ahí enterramos a un potro que no logró pasar el invierno cuando yo era apenas un niño.
Dejó escapar el aire lentamente. No era nostalgia. Era duelo.
—La gente cree que un rancho son cercas... tierra... animales.
Negó apenas con la cabeza.
—No entienden que esto...
Miró una de las vigas carbonizadas.
—...es memoria.
La voz comenzó a quebrarse apenas. No por debilidad. Por cansancio.
—Hoy no perdimos madera. Ni alimento. Hoy alguien quemó una parte de mi familia.
El viento levantó un remolino de ceniza que pasó entre ambos.
Dorian permaneció inmóvil. Los ojos recorrían el terreno como si intentaran reconstruirlo pieza por pieza dentro de su cabeza. Hasta que algo cambió. Muy poco. Casi imperceptible. La tristeza cedió espacio a otra cosa. Observación. Instinto. Sus pupilas recorrieron lentamente el punto donde el fuego había nacido. Las cercas. La dirección del viento. Los restos del alimento. Demasiadas cosas no encajaban. Demasiadas.
—No...
La palabra salió apenas en un murmullo. Más para sí mismo que para Emma. Volvió la vista hacia las ruinas una última vez.
—El fuego no vino solo.
Silencio. Largo. Pesado. Dorian respiró una vez más. Y cuando volvió a hablar, ya no quedaba tristeza en su voz. Solo una determinación fría. La de un hombre que acababa de comprender que alguien había cruzado un límite del que no habría regreso.
—Esto no fue un accidente.
Alguien quiso que encontráramos estas ruinas. Y pienso averiguar quién fue.