La Patum es una fiesta fantástica que tiene puntos de conexión con el Rocío.
Aunque a ningún andaluz sensato se le ocurre reírse de una fiesta tradicional catalana, es interesante explicar que las dos fiestas son, en el fondo, la misma operación social ejecutada con gramáticas opuestas.
No son fiestas agrícolas porque están atadas al cómputo lunar de la Pascua; flotan por el calendario según cae la luna de primavera porque siguen la lógica litúrgica, no la del trigo.
El significado agrario existe, pero es algo que la comunidad añade al recibir la fiesta, no algo que la fiesta traiga consigo.
Una sociedad campesina no recibe una fiesta en abstracto: la absorbe en su propio tiempo, la lee a través de su calendario de trabajo y de angustia. Y finales de primavera es un momento cargado: la mies está granando, el año entero se juega en esas semanas, pero la siega todavía no ha resuelto nada. Es un tiempo liminal de espera y de esperanza, y sobre él la Iglesia montó sus rogativas, sus bendiciones de campos, sus letanías por la cosecha.
En la campiña andaluza, por Pentecostés y Corpus la siega ya está en su umbral o arrancando; el campo se cosecha. En el Berguedà pirenaico, más alto y más frío, por Corpus aún no se siega nada: el grano sigue verde, en pleno crecer. La misma fecha, dos momentos opuestos del año agrario.
En el Rocío, el escenario no es el cereal, sino la marisma: Doñana, las yeguas, el ganado marismeño, la carreta tirada por bueyes, el caballo. Su sustrato rural es más pastoril y ganadero que agrícola en sentido estricto.
Ambas celebran su propia existencia, y lo hacen en el instante del año en que esa existencia se siente más frágil y más suya.
Las dos son ritos sensoriales totales con los que una comunidad se produce a sí misma. Y en ambas ha ocurrido el mismo desplazamiento silencioso: el referente sagrado oficial —la Hostia en Berga, la Virgen en Almonte— ha ido cediendo el centro a algo más terrenal, la propia comunidad, que es lo que de verdad se sacraliza cuando se salta o cuando se llega. Por eso las dos piden de entrada la misma lectura. Pero a partir de ahí se bifurcan.
La diferencia más honda es espacial. La Patum es centrípeta: todo el cosmos se desploma sobre un solo punto, la plaça, y el mundo entero cabe durante unos días en ese cuadrado. El Rocío es lo contrario, una fiesta del camino: el rito no sucede en un lugar, sino en el trayecto, en el cruce de la marisma, en el polvo y el agua de Doñana, en el territorio atravesado por las hermandades que vienen de toda Andalucía.
La Patum trae el mundo a Berga; el Rocío saca a Andalucía al humedal y la lleva de vuelta a la Madre.
La Patum se parece más (con miles de años de distancia) a lo que se hacía en el círculo de piedras que luego se convirtió en el dolmen de Soto, en Trigueros (Huelva).
Las dos fiestas convergen en el clímax, porque ambas desembocan en una compresión física, densa y peligrosa: los Plens entre el humo de la plaça, el salto de la reja en la madrugada.
En las dos, el acto más sagrado es el contacto del cuerpo con lo sagrado, y ese contacto es un privilegio celosamente custodiado que traza la frontera entre el de dentro y el forastero. En Berga, quién puede saltar, el saber encarnado como capital. En Almonte, el monopolio absoluto de los almonteños sobre el cuerpo de la Virgen: el salto de la reja es la afirmación física, disputada y brutal, de ese derecho exclusivo a cargarla. La fiesta vigila la pertenencia justo en su instante más sacro.
La Patum no expresa una comunidad previa sino que la fabrica y la disputa. Mi amigo Isidoro Moreno, antropólogo en Sevilla y amigo de mis profesores de antropología en Barcelona, leyó las hermandades y los rituales del sur con idéntica clave, como dispositivos de identidad antes que de pura devoción.
Supongo que denunciar la brecha salarial entre Andalucía y España me convertirá para algunos en un "etnicista" o no sé qué pamplinas varias...
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Y esto, contraintuitivamente, devuelve la actualidad al nacionalismo de clase del que hablaba Aumente (o, su traducción contemporánea, el soberanismo de izquierda)
No conocía este artículo cuando se publicó hace dos o tres años, pero desde entonces lo he leído un montón de veces. Hay muchas cosas a las que darle vueltas, pero hoy quería hablar de una en concreto.
Tienen una conciencia andaluza más alta y combativa que la media. Cosas como el agravio o la infrafinanciacion son transversales, pero la conciencia política es escasa.