El otro día visitaba Perú y me quedé encantada con su gente, que lleva a su país tan dentro suyo. Y eso, a pesar de la inseguridad terrible que también se vive allá y de los problemas políticos catastróficos que tienen.
Su identidad con la comida es increíble. Siempre he dicho que Ecuador no le pide favores a la gastronomía peruana y que, en muchas cosas, incluso es mejor (y no me importa lo que piensen los demás, jaja). Pero lo que identificaba allá era otra cosa: la identidad que ellos tienen con lo suyo. Esa manera de hablar bien de Perú, con orgullo, insisto, sobre todo cuando hablan de su comida.
Una identidad que me parece envidiable. En el mejor sentido de la palabra… si es que la envidia puede ser buena.
Envidia porque siento que los ecuatorianos hemos perdido tanto de ese orgullo por Ecuador. No hay una sola conversación en la que hables con alguien y se sienta realmente orgulloso de decir que es ecuatoriano. Siempre hay un “pero”. Y después de esa palabra viene todo lo malo.
Y a eso se le suman este tipo de declaraciones, que no solo nos quitan el orgullo, sino que empiezan a generar vergüenza de pertenecer. Vergüenza de pertenecer a un pueblo. Incluso, contradictoriamente, nos quitan algo tan básico como el sentido de pertenencia de vivir aquí.
Que una portada como la de la revista Time nos ponga en el mismo cuadro junto a países como Yemen, Irán, Venezuela, Siria, Nigeria, Irak y Somalia… díganme quién, después de eso, siente ganas de decir con orgullo que pertenece a Ecuador.
Un país donde no hay una autoridad capaz de contrarrestar las malas cifras por sí misma, sino que pareciera que necesitamos que alguien más venga a hacerlo. Alguien más que haga de “salvador del mundo”.
Qué vergüenza decir que aquí no se pudo. Que no hubo autoridad, que no hubo instituciones razonables, y que tuvimos que recurrir a alguien más para que nos “resuelva” los problemas de casa.
Pero no solo eso. Hoy nos levantamos viendo que ese supuesto salvador del mundo les dice a sus propios ciudadanos que tengan cuidado con nosotros. Con este pueblo que hace no tanto tenía el orgullo de decir que era precioso… sin ningún “pero”.
Hoy nos comparan con países que han sufrido durante décadas crisis brutales de violencia, inseguridad o colapsos institucionales. No lo digo para demeritar a esos países, pero todos sabemos lo que significa que nos comparen con realidades que antes veíamos desde aquí como lejanas, incluso con pena… e incomparables con la nuestra.
¿Y entonces cómo se reconstruye una identidad?
¿Cómo se vuelve a crear ese sentimiento que haga que, cuando uno visite otros lugares del mundo, se sienta orgulloso de decir: soy ecuatoriano?
Pero ni siquiera vayamos tan lejos.
¿Cómo creas una identidad que mañana haga que un niño se sienta tan orgulloso de este país que prefiera luchar por sacarlo adelante, en lugar de irse apenas pueda?
¿O peor aún, que por ese deseo tan humano de pertenecer no termine buscando identidad en un GDO?
¿Cómo hacer que alguien se sienta orgulloso de decir “soy ecuatoriano”… sin que inmediatamente le pidan que lo justifique?
Lo más triste de todo esto es pensar que algún día, tal vez, algún país sienta vergüenza de que nos comparen con ellos.
Ecuador amado…
como cuando uno consuela a un niño, quisiera decirte que eres todo lo que no te dicen que eres.
Y por eso yo sigo aquí.
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