Quererte a ti mismo no debería asustar a nadie, al contrario, debería inspirar. Porque quien de verdad te quiere, celebra tu fortaleza y te apoya en tu crecimiento. Pero aquellos que se alejan cuando decides elegirte, nunca estuvieron ahí por ti, sino por lo que podías hacer por ellos.
Es doloroso darte cuenta, pero también liberador. Al final, amarte a ti mismo es un filtro poderoso: separa a aquellos que te querían por conveniencia de los que realmente te quieren por quien eres. Y eso, aunque a veces duela, es una bendición disfrazada.
Amar a los demás no significa desdibujarse a uno mismo, y cuando te das cuenta de eso, dejas de tener miedo a perder lo que nunca fue real. ¿Capisci con eso?