👉12 de junio, de 15 a 18h se cortará Jorge Manrique (entre Serrano y Vitruvio) para la 1ª Revuelta Escolar: Climatización de los centros educativos públicos.
¡¡Os invitamos a difundir y participar a todos!! #AprenderSinCalor
Cuenta Umberto Eco que un día le preguntó a Javier Marías, por qué la gente tendría interés en salir en televisión, aunque fuera para mostrar sus miserias. Marías le dio una respuesta que ni a Eco, ni a mí, se nos va de la cabeza: "Queremos salir en la tele porque ya no tenemos un Dios que nos vea".
Según el escritor español, el ser humano siempre ha sentido la vigilancia de los dioses y, también, el acompañamiento de alguien a su lado.
Con el siglo XX, ese compañero infatigable desapareció. O al menos desapareció para la gran mayoría de la población.
Sin embargo, en el XXI tengo la impresión de que van a cambiar aún más las cosas.
Desde hace unos meses, he coincidido con varias personas mayores que hablan con la IA. No utilizan la IA, hablan con ella. Le cuentan cosas, le hablan sobre su pasado, su gente... Que es lo que recuerdo que hacía mi abuela, paseando arriba y abajo con su rosario, en su casa del pueblo. Viuda desde los 60 y con la cabeza sana hasta los 105, vivió la segunda parte de su vida hablando con Dios. Era, sin duda, la persona con la que más hablaba. Era su compañero.
No he leído la última encíclica del Papa, pero creo que ha sabido reconocer a su enemigo. Esa máquina ha venido para acabar con la soledad y, sin soledad, no hay Dios.
Escribió Nietzsche "Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado". Quizá ese nosotros comenzó a matarlo, pero puede que una máquina esté a punto de darle el último golpe de gracia.
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
Por si os habíais olvidado, las educadoras infantiles de Madrid seguimos en huelga indefinida. Es nuestra sexta semana. Estamos agotadas y siguen sin querer escuchar nuestras reivindicaciones.
Pero no tenemos intención de parar.
¿Os imagináis un periodo de adaptación en huelga?
🧬 Hoy conmemoramos el nacimiento de Evelyn Marie Nicol (2 de junio de 1930), microbióloga e inmunóloga cuya trayectoria transformó el estudio de enfermedades virales y abrió camino a nuevas generaciones de científicas. ➡️
En nuestras aulas se superan los 27ºC sin climatización. Hay desmayos, malestar y clases imposibles. La comunidad educativa lleva años alertando sin respuesta. Exigimos soluciones YA. @MMZarzalejo@IdiazAyuso@educacmadrid @ITSSOITSS #AprenderSinCalor
Estos sellos son especiales.
Porque viene de Nadorp, un país que no existe... ¿o sí?
Su autor inventó cientos de países e hizo sellos de todos.
Y lo hizo por una razón muy especial.
Bienvenidos al mundo de países de Donald Evans, la obra de arte más personal que haya conocido.
IN PRAISE OF FRANCESCA ALBANESE
There is a question that visits me in the small hours, when sleep will not come and the mind turns over old stones. The question is this: “What would I have done in the 1930s, on the morning after Kristallnacht?"
Not what I say I would have done. Not what I hope I would have done. But what would I actually have done—when the trains began to run, when the neighbours grew quiet, when the cost of decency became the loss of everything?
Most of us, I think, would have done little. Not from malice. From fear. From the soft, creeping conviction that someone else will speak, that the situation is complex, that we must be 'reasonable'. Lest we forget, the ordinary is the extraordinary's alibi. And how we have clung to that alibi! How we still cling to it!
And then, every once in a terrible while, someone appears who does not cling. Someone who steps forward when others step back. Someone who speaks the name of the thing when everyone else is busy naming something else.
Francesca Albanese is that someone.
She stands before the world—alone, unarmed, armed only with law and language and a rare courage—and she says what the centrists will not say, what the foreign ministries will not say, what the editorial boards will not say. She says: "This is a genocide. And we are watching it happen."
Do not tell me that is hyperbole. Do not tell me the term is contested. She has not used it lightly. She has used it as a physician arrives scientifically at a diagnosis—not to wound, but to warn. Not to inflame, but to name.
And for that, they have come for her. Oh, how they have come for her. Smears. Investigations. Vicious editorials. Frozen bank accounts. Dispossession of the only apartment she had ever owned. The machinery of the respectable turned to crush her. Because the respectable cannot abide what she represents: a mirror held up to their complicity.
Let us, once again, travel back to the 1930s. Back to the few who stood up when the trains began to run laden with Jewish people.
There was Aristides de Sousa Mendes, a Portuguese consul in Bordeaux. He defied his own government. He signed thousands of visas, by hand, for hours, until his fingers bled. He saved more lives than Schindler. And he died penniless, disgraced, erased.
There was a German officer in Warsaw named Wilm Hosenfeld. He hid a Jewish pianist in the rubble. He did not save thousands. He saved one. But that one—Władysław Szpilman—carried the memory. And memory is "the only haven from which we cannot be expelled."
There was Raoul Wallenberg. There were the villagers of Le Chambon. There were the anonymous, the quiet, the furious few who said: “Not on my watch.”
Francesca Albanese is their heir. Not because she carries a gun. Not because she hides refugees in her basement. But because she does something equally dangerous in a world that has perfected the art of not seeing. She sees. And she speaks.
She does not speak as a diplomat. Thank Goodness she doesn't! Diplomats have given us the language of "there are arguments on both sides" and "restraint" and "proportionality." Diplomatic language is the perfumed grave of moral clarity. No, she speaks as a jurist. As a human being. As a woman who has looked into the abyss and refused to call it a "complex geopolitical landscape".
Edna O'Brien once described a character who "had the recklessness of those who have already lost everything worth losing." Francesca Albanese has not lost everything. She has her dignity, her office, her voice, her family. But she has calculated the cost of speaking truth to power. And she has decided that that cost is infinitely less than the cost of silence.
What is that cost? Let us name it. She has been called antisemitic—she, who stands on the ground of international law forged in the ashes of Auschwitz and the fires of Nuremberg. She has been called a conspiracy theorist—she, who cites every source, every footnote, every UN resolution. She has been called naive—she, who understands better than most the machinery of realpolitik.
These accusations are not arguments. They are the spittle of the threatened. Because Francesca Albanese threatens something very precious to the powerful: the right to commit atrocity without being named.
Friends, the 1930s did not arrive with jackboots and pogroms on day one. They arrived in small increments. With "reasonable" restrictions. With "proportional" measures. With the silence of the respectable.
We tell ourselves that we would have been different. That we would have been Sousa Mendes. That we would have been Wallenberg. But most of us, I fear, would have been the neighbours who later said, "I didn't know."
Francesca Albanese knows. And she refuses to pretend otherwise.
So let us praise her. Not with statues or awards she does not seek. But with something harder: with our own refusal to look away. With our own voices, raised in places that are safe for us but dangerous for her. With our own bodies, if it comes to that.
A brave woman, who was injured while demonstrating outside a US nuclear military base in 1982, the infamous Greenham Common, had told me that "the heart is a hunter for what it cannot have." But I say the heart is a hunter for what it will not lose. And what we will not lose is the memory of those who stood up when standing up cost everything.
Francesca Albanese is standing up now. In our time. In our name. Under our indifferent sky.
Let us stand with her.
Not tomorrow. Not when it is safe. Now.
[Extract from a speech in Athens on Sunday 3rd May 2026]
🕊️ Hoy se conmemora el fallecimiento de Bernard Katz (20 abril 2003).
Su vida atraviesa el siglo XX: del exilio nazi a descifrar cómo se comunican las neuronas ➡️
Se necesitan un millón de firmas. Van 792.000. El número mínimo de 7 países que traspasen el umbral mínimo de votos ya se ha conseguido. Si ya habéis firmado esto, movedlo todo lo que podáis.
https://t.co/Lqw964oC05
"No era un viaje escolar más. Era la recompensa por haber superado a 1.660 alumnos de 3º de la ESO en entrevistas personales y en debates complejos sobre asuntos como la idoneidad de la modificación genética de alimentos para acabar con el hambre en el mundo. Kian, que habla ▶️
📢‼️ Mirad qué maravilla. Las lluvias invernales han permitido que, por primera vez desde 2017, el agua vuelva a asomar en la Motilla del Azuer, en el considerado como el pozo más antiguo de la Península Ibérica y máximo exponente del Bronce de La Mancha (2200-1500 a.C.) 🧵👇
GRACIAS, POR GUARRETE
Alexander Fleming no entró en el departamento de bacteriología del Hospital St. Mary’s de Londres por sus notas. Ni por su currículum.
Entró porque disparaba bien.
El equipo del departamento necesitaba un tirador. Preguntaron. Apareció un escocés bajito, hijo de granjeros, que le daba a una diana a cincuenta metros. Y así, por puntería, empezó una de las carreras más importantes de la historia de la medicina.
Su primer gran descubrimiento fue la lisozima. ¿Y sabes cómo la encontró? Porque le cayó un moco de su propia nariz encima de una placa de cultivo. Vio que donde había caído la gota, las bacterias morían.
Descubrió que nuestro cuerpo fabrica sus propias defensas antibacterianas.
Su laboratorio era un desastre legendario. Placas apiladas sin etiquetar. Ventanas abiertas. Un caos que horrorizaba a sus compañeros.
Y precisamente por eso descubrió la penicilina.
En 1928 se fue de vacaciones. Dejó unas placas con estafilococos tiradas por ahí. Cuando volvió, un hongo había contaminado una placa. Cualquier otro la habría tirado a la basura. Él se fijó en que alrededor del hongo no quedaba ni una bacteria viva.
Ese hongo era Penicillium notatum. Y esa placa sucia cambió el mundo.
Ah, y pintaba cuadros con bacterias. Usaba gérmenes pigmentados como pintura. Al aplicarlos eran invisibles, pero al incubar el lienzo aparecían con colores vivos. Le aceptaron en el Chelsea Arts Club de Londres por eso.
Cuando visitó los laboratorios ultramodernos de Estados Unidos, soltó una frase que deberían grabar en todas las facultades de medicina del mundo:
“Si yo hubiera tenido estos laboratorios, no habría descubierto la penicilina.”
Fleming murió un 11 de marzo de 1955. No patentó su descubrimiento. Quería que fuera accesible para todos.
A veces la genialidad no está en el orden. Está en saber mirar lo que otros tiran a la basura.
Hoy, sin antibióticos, cada cirugía que hago sería una ruleta rusa.
Gracias, Fleming. Por guarrete.
#LaTraumatologaGeek
@LAURADULCINEA@ruben_arauzo@remegope@PacoFerez Por curiosidad ¿Se deben ofrecer todas las opciones religiosas o solo las que ya se imparten en el centro? Gracias. En mi centro se ofrecían todas el año de entrar, 3 años, pero luego me da la sensación de que lo que llega es sólo si se quiere continuar o no.
En 1994 el cantante más polifacético del heavy metal hizo el concierto más peligroso de la historia del rock.
Suena a doble exageración, pero no lo es.
Preparaos para una historia increíble.
Hoy, en #LaHistorietaMusical, el concierto en Sarajevo de Bruce Dickinson.
Ante la enorme cobardía de Wim Wenders y Ewa Puszczynska, que por defender al gobierno alemán, co-perpetrador con Israel y EEUU del genocidio en Gaza, soltaron la tontería de que el arte no es político, la gran escritora india Arundhati Roy retiró su película de la Berlinale y declaró:
Esta mañana, como millones de personas en todo el mundo, escuché las inadmisibles declaraciones de los miembros del jurado del Festival de Cine de Berlín cuando se les pidió que comentaran sobre el genocidio en Gaza.
Escucharlos decir que el arte no debería ser político es asombroso. Es una forma de silenciar el debate sobre un crimen de lesa humanidad, incluso mientras se desarrolla ante nosotros en tiempo real, cuando artistas, escritores y cineastas deberían estar haciendo todo lo posible por detenerlo.
Permítanme decirlo claramente: lo que ha sucedido en Gaza, lo que sigue sucediendo, es un genocidio del pueblo palestino por parte del Estado de Israel. Cuenta con el apoyo y la financiación de los gobiernos de Estados Unidos y Alemania, así como de varios otros países europeos, lo que los convierte en cómplices del crimen.
Si los más grandes cineastas y artistas de nuestro tiempo no pueden alzar la voz y decirlo, deberían saber que la historia los juzgará.
Estoy conmocionada y asqueada.
La Casa Farnsworth es un prodigio.
Una joya transparente y revolucionaria que cambió el mundo. TAN revolucionaria y tan transparente su dueña llevó a juicio al arquitecto porque no se podía vivir dentro.
En #LaBrasaTorrijos, el culebrón de Mies y la señora Farnsworth.
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