De los mortales. No acude para ofrecer salvación o conceder un milagro, sino para cumplir con un propósito más implacable: asegurar que ninguna vivencia, por insignificante que parezca, se disuelva en el vacío absoluto del olvido.
La existencia del Ángel de la Memoria no se mide en el compás mecánico de los años, sino en la densidad abrumadora de los recuerdos que archiva en su seno. Su tarea es, al mismo tiempo, un mandato sagrado y una condena eterna: descender para recoger el último suspiro.
En esta configuración, el mundo jamás se permitió los contrastes absolutos del blanco y el negro; existe, en cambio, bajo el dominio de un lienzo perpetuo tejido con una escala de grises infinita. En este páramo de ceniza y bruma.