Mi jefe me despidió un lunes por la mañana.
Yo tengo 37.
Llevaba 11 años en la empresa.
Nunca llegué tarde.
Nunca falté.
Nunca dije que no a horas extra.
Yo creía que eso me hacía indispensable.
—Recorte de personal —me dijo.
Sin rodeos.
—No es personal.
Asentí.
Recogí mis cosas.
Me fui.
No hubo aplausos.
No hubo despedida.
Solo un correo automático horas después.
“Gracias por tu tiempo en la compañía.”
Llegué a casa antes de lo normal.
Mi hija me miró sorprendida.
—¿Tan temprano?
—Sí —respondí—. Hoy salí antes.
No quise decir la verdad.
Mi esposa tampoco preguntó mucho.
—¿Todo bien?
—Todo bien.
Mentí otra vez.
Pasé la semana enviando hojas de vida.
Sin respuestas.
Sin llamadas.
El lunes siguiente salí como si fuera a trabajar.
No tenía a dónde ir.
Me senté en un parque.
Horas.
Viendo gente pasar.
Pensando en todo lo que había dado.
En todo lo que creí seguro.
En lo rápido que desapareció.
Al tercer día mi hija me escribió.
—Papá, olvidaste tu cuaderno.
No recordaba qué cuaderno.
—El negro —dijo—. El que siempre llevas.
Sentí un vacío.
Ese cuaderno no era del trabajo.
Era mío.
Ideas.
Planes.
Cosas que quería hacer “algún día”.
Ese día nunca llegó.
Hasta ahora.
Regresé a casa más temprano.
Mi esposa estaba en la sala.
El cuaderno en la mesa.
Abierto.
Me miró en silencio.
—¿Te despidieron? —preguntó.
No respondí.
No hacía falta.
Señaló una página.
Un proyecto que escribí hace años.
—¿Esto todavía te gusta?
Asentí.
—Entonces deja de esperar el momento perfecto —dijo.
Esa frase me golpeó más que el despido.
Esa noche no dormí.
No por miedo.
Por claridad.
Mientras miraba el techo entendí algo que nadie te dice:
A veces perder lo seguro no es el final.
Es lo único que logra sacarte de donde llevabas años estancado.
Y lo que llamabas estabilidad…
muchas veces era solo costumbre disfrazada.
La dura realidad es que hoy en día, el 99% de las personas son esclavas.
- Trabajar 8 horas al día cinco días a la semana (con suerte).
- Perder 2+ horas en el tráfico.
- Llegar cansado a casa solo para prepararte para el día siguiente.
- Dormir 8 horas.
Solo te quedan entre 3 y 4 horas al día para vivir.
La esclavitud moderna.
No se puede con todo. Punto.
No puedes currar ocho horas (o más), seguir formándote, hacer ejercicio, mantener la casa medio decente, comer sano, cuidar a los tuyos y, encima, tener vida social.
No entra. No cabe. Es como intentar meter una lavadora en una mochila.
La soledad me enseñó que prefiero estar en casa antes que triunfar socialmente fingiendo que disfruto intercambiar banalidades con gente que no me importa.
Hoy ha sido uno de esos días grises donde uno pone los pies en la tierra y reflexiona profundamente sobre la cantidad de cosas efímeras a las que le damos trascendencia.