Hace tiempo que no discuto con votantes socialistas. Y no lo hago porque es agotador. No saben nada: no conocen a Barrabés, no saben quién es Hidalgo, ni Sabiniano, ni han oído hablar del escándalo de Air Europa, del de Plus Ultra o el caso de los hidrocarburos. Creen que el Aldama que se reunía a diario con dirigentes socialistas es un topo del PP, que la Leire que lideraba la cloaca del PSOE contra jueces y periodistas es una friki de late night o que la Gertrudis que dirigía la corrupción de Zapatero era, en realidad, la corrupción de Zapatero.
Y la ignorancia es voluntaria. A los socialistas les basta con tener a los suyos en el poder para desligarse del control de ese poder, como quien pone en marcha una cadena de montaje para que produzca "justicia social" y la deja funcionar aunque día tras día lo único que genere sean ruina, pobreza y muerte. Para el votante de izquierdas los hechos solo tienen importancia y credibilidad cuando perjudican al rival político y, sin embargo, cuando perjudica en carne propia se convierten en fango, bulo y éter. La corrupción del socialismo no les supone un problema moral, sino un simple inconveniente electoral.
Por eso discutir con ellos es una pérdida de tiempo. No se puede tratar de convencer a quien ha decidido no mirar ni escuchar, a quien solo habla a través del argumentario de los propagandistas de su régimen y ha traicionado la búsqueda sacrificada de la verdad por el rentable ejercicio de la lealtad a toda costa.
Señora, el militante socialista es una persona a la que en el espacio de 6 meses pasaron de decirle que las amnistías eran ilegales a que las amnistías eran maravillosas y se lo comió con patatas.
El militante socialista se autoinsulta solo, no necesita que nadie le insulte.