Ahora, mientras no para de llover, voy a contaros algo muy personal.
El año pasado, tal día como hoy, un 4 de enero, ya de vuelta a casa con la chaqueta en una mano y el tambor en la otra, se acercó a mí una mujer con una pequeña de unos diez años agarrada de la mano.
-Perdona chico, he salido tarde de trabajar y no hemos llegado a tiempo a ver al Heraldo. Mi niña tiene aquí la carta y le he dicho que, aunque no haya podido echarla en el buzón, los músicos tenéis contacto de primera mano con él, ¿verdad?
Me guiñó un ojo.
-Claro que sí -contesté seguro, devolviendo el guiño-, no tienes por qué preocuparte. Además, voy a contarte un secreto; cada 4 de enero, después de recoger las llaves de la ciudad y dejar a su caballo descansar, el Heraldo Real cena con todos los músicos de la banda, así que voy a tenerlo muy cerca. Yo se la daré.
Lucía llevaba semanas doblando y desdoblando aquella carta.
No era una carta cualquiera. Estaba escrita despacio, con letra grande y temblorosa, como se escriben las cosas importantes cuando aún no se sabe muy bien cómo sujetar el mundo con las manos. Había borrado dos veces su nombre porque no le gustaba cómo le había quedado la “L”, y había vuelto a empezar desde cero, convencida de que el Heraldo Real sabría notar la diferencia.
La carta olía a lápices de colores y a ilusión recién estrenada. Dentro no había grandes regalos: una muñeca que ya no se vendía y que había visto una vez en un escaparate; que su padre llegara antes a casa algunos días; que su madre dejara de llorar en la cocina cuando creía que nadie la veía. Al final, en letras más pequeñas, había añadido: “Prometo portarme bien incluso cuando esté triste”.
Lucía no pareció convencida del todo, pero me entregó la carta sin articular palabra. Su madre me lo agradeció, la pequeña agarró de nuevo su mano y las dos se marcharon caminando bajo las luces que flotaban sobre las calles más bonitas del mundo.
Antes de que desaparecieran de mi vista, pude oír una promesa; “el año que viene llegaremos a tiempo”.
Jamás he sentido mayor responsabilidad, y eso que yo no podía hacer nada. Me limité a apretar la carta de Lucía junto a la palillera y emprender la vuelta a casa.
Guardé aquella carta como un tesoro.
La mañana del 6 de enero, al despertar, solo pude pensar en que ojalá Lucía estuviera siendo feliz abriendo sus regalos.
Hoy, un año después, no están siendo días fáciles. La lluvia ha llegado y parece querer quedarse. Ya nos estropeó el día hace dos años, pero hoy es diferente.
Hoy Lucía debe llegar a tiempo.
No parece que vaya a ser un día fácil. Quizás las partituras y los instrumentos se mojen. Quizás se borre la tinta de las cartas de los más pequeños. Puede que tengamos que engalanarnos con chubasqueros o puede que, por la salud de los nuestros, y aunque no todo el mundo lo entienda, no podamos participar.
Y aún con todo lo anterior, yo buscaré a Lucía en cada esquina, con la carta en la mano y los nervios en su sonrisa.
Ser la música de la Navidad no solo es una responsabilidad. Es un privilegio.
𝐘 𝐧𝐚𝐝𝐢𝐞 𝐧𝐨𝐬 𝐩𝐨𝐝𝐫𝐚́ 𝐪𝐮𝐢𝐭𝐚𝐫 𝐥𝐚 𝐢𝐥𝐮𝐬𝐢𝐨́𝐧.
¿Sabéis porque no se ha quemado ese árbol?
Han dicho en la televisión que es un pequeño milagro.
La razón es que la naturaleza sigue siendo más sabia que los políticos y ecololetas. Ese árbol es el único de la zona para dar sombra al ganado y de tanto ir a refugiarse en el han dejado el suelo limpio de pasto con lo que ha hecho de cortafuegos natural.
Si se permitiese el pastoreo de ganado y la limpieza de los montes habría muchos menos incendios por no decir ninguno. Los milagros no existen, el sentido común si.
Feliz día del libro a quienes nos enamoramos del lenguaje. Porque nos pasamos la vida buscando con quién compartirlo. El romance es ese: compartir mutuamente lo arbitrario del símbolo.