Siempre pensé que en otra vida tuve que ser muy hija de puta.
No por cinismo, sino por pura lógica desesperada.
Porque hay dolores que no encajan en ninguna ecuación justa,
ninguna balanza kármica que no esté trucada desde el principio.
Hay días en los que miro lo que me ha tocado vivir
y no encuentro explicación que no sea absurda o cruel.
Como si alguien hubiera decidido probar conmigo
todo lo que duele, todo lo que pesa, todo lo que cansa.
No como castigo ejemplar, sino como experimento silencioso.
No lo concibo.
No consigo entender por qué algunas vidas parecen entrenamientos para la resistencia,
mientras otras transcurren ligeras, casi sin rozar el suelo.
Y, sin embargo, aquí estoy,
sabiendo —con una lucidez que también duele—
que no puedo cambiar el guion.
No puedo borrar lo que es.
No puedo negociar con la realidad.
Solo puedo vivirla.
Transitarla.
A veces arrastrándome.
A veces de pie, aunque no sepa muy bien cómo.
Aceptar no es rendirse.
Aceptar es dejar de pelear contra un muro para no romperse los huesos.
Es entender que hay batallas que no se ganan,
pero también que seguir respirando ya es una forma de rebeldía.
Quizá no fui mala en otra vida.
Quizá simplemente esta me tocó profunda,
áspera,
sin manual de instrucciones.
Una vida que no se explica, pero se habita.
Una vida que no se comprende, pero se camina.
Y eso —aunque nadie lo aplauda—
es una forma feroz de valentía.
Noah Higón
A veces cuando sigo a alguien con quien no tengo a nadie en común y están mucho tiempo sin dar señales en las rrss pienso que a lo mejor se han muerto y no me he enterado
Para mí un medidor de “éxito” en la vida es la calma. Si puedes hacer las cosas con calma: desayunar, leerte un libro, hacer la sobremesa, triunfaste. Quizás es algo que naturalmente viene con la edad pero siento que mi calma me la he ganado y también creo que es un privilegio