Pero ¿somos libres?
La libertad es una de esas palabras que todos utilizan y casi nadie define.
La invoca el empresario que pide menos impuestos, el manifestante que reclama expresarse, el artista que aspira a ella y el Gobierno que asegura protegernos de nuestras propias decisiones.
Liberales, socialistas, anarquistas, conservadores y revolucionarios también dicen defenderla. Pero el acuerdo desaparece en cuanto nos preguntamos sobre la libertad de quién, para hacer qué y con qué medios.
La persona nace dependiente
Rousseau escribió que el hombre nace libre y, sin embargo, vive encadenado. La frase hizo historia porque expresa una intuición poderosa, que la sociedad impone normas sobre un individuo que originalmente sería independiente.
Pero ningún ser humano nace autónomo. Un recién nacido no puede alimentarse, desplazarse ni sobrevivir por sí mismo. Tampoco elige la lengua con la que pensará, la familia que lo educará o el país cuyas instituciones determinarán buena parte de su vida.
El individuo no aparece completamente formado antes de la sociedad para decidir después si entra en ella. Es la sociedad la que le proporciona el lenguaje, los conocimientos y los instrumentos con los que algún día podrá elegir.
Esto no significa que seamos marionetas. Significa que la libertad no consiste en carecer de ciertos condicionamientos, sino en conocerlos, utilizarlos y, en ocasiones, transformarlos.
Un pianista es más libre cuanto mejor domina su instrumento y un analfabeto puede tener derecho a leer cualquier libro, pero dispone de menos libertad que quien ha podido hacerlo.
Que nadie me ponga límites
Filósofos como John Locke defendieron un espacio personal que el poder no debía invadir. Que nadie debería ser encarcelado arbitrariamente, obligado a profesar una religión, despojado de sus bienes sin procedimiento o silenciado por discrepar.
Esa libertad sigue siendo imprescindible, pero no basta. Una persona puede ser legalmente libre para estudiar Medicina, fundar una empresa o abandonar un empleo. Pero si carece de educación, dinero o cualquier alternativa laboral, su libertad será cierta sobre el papel y muy pequeña en la práctica.
Karl Marx señaló precisamente que el trabajador y el propietario pueden firmar un contrato jurídicamente voluntario desde posiciones muy diferentes. Quien debe aceptar cualquier salario para alimentar a sus hijos no negocia con el mismo margen que una compañía capaz de esperar, despedir o trasladar su producción.
Esto al día de hoy no se traduce en que todo contrato es explotación ni que el Estado estñe obligado a satisfacer cualquier deseo. Tener derecho a viajar no implica que los demás deban pagar nuestras vacaciones.
Pero sí obliga a preguntarnos qué condiciones mínimas impiden que los derechos sean puramente decorativos, como la educación, la seguridad, la justicia y una mínima independencia material.
La ley también puede liberar
Thomas Hobbes imaginó un estado de naturaleza en el que cada individuo podía hacer casi todo lo necesario para sobrevivir. El problema era que los demás poseían la misma libertad. La ausencia de una autoridad común no producía libertad plena, sino inseguridad.
Por eso la ley no es necesariamente enemiga de la libertad. Un semáforo limita mi posibilidad de cruzar cuando quiera, pero evita que podamos ser atropellados o un contrato limita a quienes lo firman, pero permite confiar en que lo acordado será exigible.
El concepto de ciudadanía añadió una idea importante, que ser libre no consiste únicamente en que nadie interfiera en nuestra vida, sino en no depender del capricho ajeno.
Un esclavo con un amo bondadoso puede disponer de bastante margen. Sin embargo, no es libre porque su vida depende de que el amo continúe siendo bondadoso.
Algo parecido ocurre con un trabajador indefenso ante su jefe, un empresario expuesto a una decisión política arbitraria o una persona cuya ayuda pública depende de su obediencia al partido político de turno.
El mercado tampoco vive en la naturaleza
A veces se habla del contrato libre como si dos individuos aislados se encontraran en un bosque y decidieran intercambiar sus bienes.
Pero para contratar hacen falta una lengua común, moneda oficial, propiedad reconocida, registros, tribunales y una autoridad capaz de actuar cuando alguien incumple.
El mercado necesita al Estado, aunque también necesite protección frente a sus abusos.
Gustavo Bueno hablaba en que la libertad no existe como una propiedad metafísica encerrada dentro del individuo porque siempre depende de operaciones e instituciones concretas.
Una persona es libre para viajar porque existen carreteras, vehículos, mapas, combustible, seguridad y fronteras transitables. Sin esos medios no queda una libertad pura esperando manifestarse, solo queda impotencia.
Hacer lo que quiero puede esclavizarme
La tradición cristiana introdujo otra pregunta, que si es libre quien no puede controlar sus impulsos.
San Pablo escribió que él podía hacer muchas cosas, pero no permitiría que ninguna lo dominara. La frase conserva toda su actualidad.
Una persona puede apostar, consumir, beber o reaccionar con ira sin que nadie se lo impida. Sin embargo, cuanto más depende de esos impulsos, menos dueña es de sí misma.
La libertad no consiste únicamente en poder hacer algo. También en poder no hacerlo.
Ahora bien, esta idea entraña un peligro. Cuando un Estado, una Iglesia o una vanguardia política afirman conocer nuestra verdadera libertad, pueden terminar obligándonos a ser libres.
Una virtud impuesta por la fuerza deja de ser virtud. El poder puede impedir determinados daños, pero no fabricar ciudadanos moralmente buenos mediante decretos.
Las libertades chocan
La libertad del empresario para despedir afecta a la seguridad del trabajador. La libertad de hacer huelga perjudica temporalmente al empresario y al usuario.
La libertad de expresión puede entrar en conflicto con el honor. La propiedad de una persona impide que las demás utilicen libremente aquello que posee.
No existe una sociedad que pueda maximizar todas las libertades al mismo tiempo.
La política consiste precisamente en ordenar libertades incompatibles, establecer límites y controlar los poderes que pueden convertir una dependencia necesaria en dominación.
La libertad absoluta no existe. Sería omnipotencia. La libertad humana siempre pertenece a alguien, se ejerce sobre algo, necesita medios y produce consecuencias. No consiste en vivir sin dependencias, sino en no quedar sometido arbitrariamente a ellas.
No nacemos libres en el sentido romántico. Nacemos dependientes, vulnerables e ignorantes. Pero tampoco nacemos esclavos naturales de nadie.
La naturaleza nos proporciona capacidades, la sociedad nos entrega instrumentos y las instituciones pueden protegernos o someternos.
Y nuestras decisiones determinan si la libertad nos convierte en personas responsables o en esclavos de nuestros propios deseos.
@Mazzinguerzett1@ArtanisD Es mucho más que ser hipócritas, es un profundo y terrible odio lo que maneja sus vidas en todos los sentidos. Son todos unos pobres desgraciados, porque nunca -nunca- podrán disfrutar de la vida realmente.
@rauludl@PerStrojen@el_pais@ionebelarra Raúl, no sé si te has dado cuenta que la izquierda lleva gobernando siete años en España, destrozando el pais y robando a todos los españoles. También a tí