Mi peor versión no aparece cuando me enojo, sino cuando dejo de hablar, de explicar y de intentar. Porque cuando llego al silencio, ya no busco arreglar nada; simplemente acepto que hay cosas que dejaron de importarme.
Nací con la lucidez de los finales, llevando en el ADN la efimeridad de las cosas. Quizá por eso vivo con ferocidad, como si cada instante llevara dentro la amenaza de su propio final.
Lo mejor de la vuelta al cole siempre era el olor a plástico de los libros recién forrados, los bolis nuevos que no fallaban, la goma de nata intacta, los lápices perfectamente afilados y el crujido de abrir un cuaderno nuevo por la primera página.
Septiembre era pura nostalgia de papelería.
Suena una canción y de repente vuelves a tener veinte años, todo por vivir y el futuro en tus manos. Sientes que el tiempo no ha pasado, revives ese momento.
Eso es magia. Eso es música.