Cuando la tierra cruje con semejante violencia, todo lo que nos preocupaba cinco minutos antes (la política, el dinero, la rutina) pierde peso de inmediato.
Quedar a salvo en la acera, abrazar a los tuyos o escuchar la voz de un familiar al otro lado del teléfono tras minutos de angustia y colapso de redes se convierte en el único tesoro real. Un terremoto nos obliga, por la fuerza, a agradecer el simple hecho de estar vivos.
A la distancia o en el sitio, la prioridad absoluta en las horas que siguen a un evento de esta magnitud es la calma, la sensatez y la prevención ante las réplicas.
La tierra ya mostró su fuerza; ahora nos toca a nosotros demostrar nuestra templaza, nuestra organización y nuestra inquebrantable calidad humana.
Es importante aprender que la paz interior no llega cuando todo está en orden, sino cuando eres capaz de tener ese orden dentro de ti. Entonces empiezas a gestionar todo de otra forma y a ser más feliz.
Somos lo que otros dejan en nuestra vida, lo que fuimos y nos avergüenza, lo que nos negamos a ver, la apuesta ganadora o el final de una partida. Lo que nos atrevemos a ser, lo que no seremos nunca, eso que desearíamos perder.
Con el tiempo aprendes que quien de verdad quiere estar en tu vida, está. Y que lo que ocurre es que sobran excusas y faltan ganas. Duele, pero libera.
Si tardas en irte de un lugar, es porque eres una persona que cree en los cambios, pero, un día, simplemente la paciencia se acaba y sin decir nada te vas. Y sí, una vez que te cansas no vuelves más, porque lo das todo antes de abandonar.