Tuve un perro durante catorce años.
El día que murió lo llevé al veterinario a las 6am.
Me quedé con él hasta el final. Le hablé. Le dije cosas que nunca le digo a las personas.
Salí al estacionamiento y me senté en el carro una hora.
Luego fui al trabajo.
Mi jefe me preguntó si estaba bien porque se me notaba algo.
Le dije que había tenido una mañana difícil.
Él asintió y siguió con su día.
Nadie más preguntó nada.
Así es el duelo por un animal. Real como cualquier otro. Invisible para casi todos.
Anónimo
Me prometí dejar de hacer cosas solo por compromiso o por no quedar mal con los demás. Si tengo ganas de salir, compartir o estar presente, lo haré de corazón. Pero si no me nace, también aprendí que está bien decir que no. Ya no quiero obligarme a encajar en planes, lugares o personas solo para complacer a otros. Mi paz y mi tranquilidad también merecen respeto.