Le dije a mi hijo: —¿Te vas a casar con la mujer que yo elija?
Él dijo: —¡NO!
Le dije: —Es la hija de Bill Gates.
Mi hijo dijo: —OK.
Llamé a Bill Gates y le dije: —Quiero que tu hija se case con mi hijo.
Bill Gates dijo: —¡NO!
Le dije a Bill Gates: —Mi hijo es el CEO del Banco Mundial.
Bill Gates dijo: —OK.
Llamé al presidente del Banco Mundial y le pregunté si podía convertir a mi hijo en CEO del Banco Mundial.
Él dijo: —¡NO!
Le dije: —Mi hijo es yerno de Bill Gates.
Él dijo: —OK.
Así es exactamente cómo funciona la política...
Falacia del francotirador
En un polvoriento campo de tiro de Texas, un pistolero mediocre descarga su arma contra el granero sin apuntar con precisión. Después, camina tranquilamente y dibuja una diana alrededor del grupo más denso de impactos. «¡Soy un francotirador excepcional!», proclama. De esta imagen burda surge la falacia del francotirador, también conocida como Texas Sharpshooter Fallacy. Se trata de un error lógico que consiste en seleccionar un patrón aparente solo después de observar los datos, ignorando todo lo que queda fuera de la diana dibujada a conveniencia. No se parte de una hipótesis previa que se somete a prueba; se construye la prueba retroactivamente para que encaje con la conclusión deseada.
Esta falacia revela cómo la mente humana, ansiosa de orden y significado, puede fabricar narrativas convincentes descartando selectivamente la evidencia incómoda. No es mera casualidad ni error inocente; es una distorsión deliberada o inconsciente que permite mantener creencias a pesar de la realidad abrumadora.
Los gestores del estatismo han elevado esta falacia a método central de su argumentación a lo largo del tiempo. Observan el vasto panorama de fracasos históricos del socialismo y el comunismo, y luego dibujan con cuidado su diana ideológica solo alrededor de unos pocos puntos aislados que parecen brillar. «Miren a Cuba y su sistema de salud», dicen, mientras ignoran la represión sistemática, la escasez crónica de medicamentos básicos, el éxodo masivo de médicos y el desastre propio de un sistema que solo garantiza insalubridad, estrés y dolores de cabeza. «Observen el crecimiento de China», celebran, trazando el círculo únicamente sobre las décadas posteriores a las medidas capitalistas y reformas de mercado de Deng Xiaoping, y omitiendo convenientemente las hambrunas masivas del Gran Salto Adelante, la locura destructiva de la revolución cultural y el control autoritario que aún subyace al milagro aparente.
Cualquier dato se ajusta después del disparo. Si un país socialista muestra un breve período de mejora relativa, aunque sea ínfima, se convierte en prueba irrefutable del modelo. El resto, los millones de muertos por hambruna en Ucrania, los campos de reeducación, la miseria generalizada en Venezuela, el estancamiento crónico de Corea del Norte, simplemente queda fuera de la diana. No existe. O, mejor aún, se atribuye a «factores externos», «saboteadores» o «desviaciones del verdadero camino». La narrativa prevalece; la realidad se recorta para encajar y enajenar a los descerebrados.
Esta técnica permite mantener viva la ilusión a pesar de un siglo de evidencia abrumadora. El experimento soviético, que prometía superar al capitalismo, terminó en colapso económico y desintegración. Eso no se menciona. Se prefiere recordar el lanzamiento del Sputnik mientras se olvida que los ciudadanos hacían colas eternas para el artículo más pedestre. Se elogia el supuesto igualitarismo cubano y se silencia que la élite del Partido vive con lujos importados mientras la población sufre apagones y racionamiento extremo. La diana se redibuja constantemente, siempre después de los hechos.
En marcado contraste, el orden espontáneo del mercado opera como un francotirador que no necesita dibujar dianas después. Sus resultados surgen de millones de decisiones voluntarias, precios que transmiten información real y competencia que castiga sin piedad los errores. No hay necesidad de ignorar los datos porque el sistema se corrige continuamente mediante fracasos localizados y éxitos visibles. La pobreza extrema mundial se ha desplomado precisamente en aquellas regiones que más se alejaron de la planificación central, no en las que la abrazaron.
Los adalides del intervencionismo totalitario siguen practicando esta falacia con tenacidad asombrosa. Cada nuevo intento fallido se explica descartando lo esencial y magnificando lo anecdótico. Pero la realidad, testaruda, sigue acumulando impactos fuera de su diana cuidadosamente dibujada. Y por más que insistan en repintarla, el granero entero revela la verdad: los disparos al azar no crean precisión, solo la ilusión momentánea de ella.
Efecto Mateo
En los años 60 del siglo XX, el sociólogo estadounidense Robert K. Merton estudiaba cómo se distribuye el reconocimiento científico dentro de las comunidades académicas. Observó un patrón persistente y algo incómodo: los investigadores que ya habían alcanzado cierta fama y recursos tendían a acumular aún más honores, citas y financiamiento, mientras que aquellos menos conocidos quedaban sistemáticamente relegados, incluso cuando sus contribuciones eran comparables. Merton bautizó este fenómeno como Efecto Mateo, inspirado en el versículo evangélico de Mateo 25:29: «Porque al que tiene, se le dará más, y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado».
El mecanismo es sencillo y brutalmente eficaz. Una pequeña ventaja inicial, como una beca temprana, una publicación en alguna revista prestigiosa, un mentor influyente, se convierte en un motor de acumulación. Las puertas se abren más fácilmente, las redes se les expanden, los recursos fluyen. Quien ya está arriba sube más rápido. Quien está abajo lucha contra una inercia que lo empuja aún más hacia abajo. No es mera casualidad ni justicia divina, sino un proceso social de retroalimentación positiva que amplifica las desigualdades iniciales.
Este principio no ocurre solo en las ciencias. Opera en economías, culturas y sistemas políticos con la misma indiferencia matemática.
Los regímenes socialistas y comunistas del siglo XX creyeron poder abolir este efecto por decreto, imponiendo «igualdad absoluta» mediante la expropiación masiva y la planificación central. En lugar de eliminar la acumulación desigual, la trasladaron y la empeoraron de forma muy grotesca. Los burócratas del partido, los líderes revolucionarios y sus familias cercanas se convirtieron en la nueva élite privilegiada: daban algo ínfimo, y se les daba más; controlaban, y acumulaban poder sin límite. Mientras tanto, al ciudadano común se le arrebataba hasta lo poco que lograba producir. La nomenclatura soviética disfrutaba dachas, tiendas especiales y atención médica de calidad mientras el pueblo hacía colas eternas para lo más básico. En Cuba, en Corea del Norte o en la Venezuela chavista se repitió el mismo guion con variaciones locales: una casta intocable acumula riqueza y privilegios mientras la población general es igualada hacia abajo, en la miseria compartida.
El Efecto Mateo revela aquí su versión más perversa bajo el control estatal. Lejos de neutralizarse, se intensifica cuando el poder coercitivo decide quién «merece» acumular y quién debe ser despojado. La supuesta lucha contra las élites termina siempre creando élites mucho más impenetrables y arbitrarias, protegidas no por talento o servicio al mercado, sino por lealtad ideológica y control de los aparatos represivos.
En contraste, las sociedades de mercado abierto, aunque imperfectas, ofrecen canales más fluidos para que las ventajas iniciales se disipen o se renueven mediante competencia continua. Un emprendedor exitoso hoy puede ser desplazado mañana por otro más ágil. La movilidad social, aunque nunca infranqueable, es notablemente superior cuando las recompensas dependen de crear valor para otros voluntariamente y no de caer en gracia ante los comisarios políticos.
Hoy, los impulsores del intervencionismo estatal y la redistribución forzosa siguen tropezando con la misma dinámica que Merton identificó. Pretenden corregir desigualdades mediante impuestos confiscatorios, regulaciones asfixiantes y cuotas obligatorias, pero solo logran hacer más rígidas las jerarquías existentes y crear nuevos ganadores conectados al poder. La acumulación privilegiada no desaparece; simplemente cambia de dueño.
El Efecto Mateo no es un defecto moral del universo, sino una descripción de cómo funcionan los sistemas de retroalimentación. Intentar abolirlo por la fuerza no genera igualdad; genera un orden donde los despojados son siempre los mismos: aquellos fuera del círculo del poder político. La verdadera sabiduría consiste en aceptar su existencia y diseñar instituciones que permitan la competencia abierta, la destrucción creativa y la posibilidad real de ascenso y caída, en vez de congelar ventajas bajo la bota del Estado.
En ¿Qué ha hecho el gobierno con nuestro dinero?, Rothbard parte de una idea demoledora, el dinero no nació por decreto, no fue una creación genial de un ministro ni una concesión del Estado al pueblo. El dinero surgió del mercado, de la necesidad humana de intercambiar mejor. Cuando el trueque se volvió torpe, limitado e ineficiente, los individuos fueron eligiendo espontáneamente bienes más líquidos, más aceptados y más fáciles de conservar. Con el tiempo, el oro y la plata se impusieron no por mandato político, sino porque cumplían mejor la función monetaria: eran divisibles, duraderos, escasos, transportables y universalmente valorados.
La gran denuncia de Rothbard es que el Estado no creó el dinero, lo capturó. Primero permitió que el mercado descubriera una institución útil; luego apareció para monopolizarla, regularla, falsificarla y convertirla en instrumento de poder. El gobierno comprendió algo fundamental: quien controla el dinero no necesita confiscar toda la riqueza directamente. Puede hacerlo de manera más elegante, silenciosa y difícil de percibir, degradando la moneda desde adentro. La inflación, entonces, no es un accidente técnico ni una simple suba de precios: es la consecuencia política de haber puesto la emisión monetaria en manos del poder.
Para Rothbard, emitir dinero no aumenta la riqueza real de una sociedad. Una economía no se vuelve más próspera porque haya más billetes circulando, del mismo modo que una familia no se vuelve más rica por imprimir papeles con números más altos. La riqueza verdadera está en los bienes, los servicios, el ahorro, la producción, el capital acumulado y la capacidad empresarial. Cuando el Estado aumenta artificialmente la cantidad de dinero, no crea más pan, más casas, más maquinaria ni más conocimiento. Solo altera los precios, distorsiona el cálculo económico y redistribuye riqueza hacia quienes reciben primero el nuevo dinero.
Ahí aparece uno de los puntos más fuertes del libro: la inflación no golpea a todos por igual. Los primeros en recibir el dinero recién creado —el Estado, los bancos, los contratistas, los sectores conectados al poder— pueden gastar antes de que los precios suban plenamente. En cambio, los asalariados, jubilados, ahorristas y sectores alejados del aparato político reciben el golpe después, cuando los precios ya aumentaron y su poder adquisitivo cayó. Por eso Rothbard ve la inflación como un impuesto oculto: no necesita una ley explícita que diga “te quitaremos parte de tus ahorros”, pero el resultado es el mismo.
El monopolio estatal de la moneda también destruye algo más profundo: la confianza en el cálculo. Si el dinero es la unidad con la que las personas miden precios, salarios, contratos, ahorros e inversiones, manipular esa unidad equivale a manipular el lenguaje mismo de la economía. Es como si el Estado pudiera cambiar el tamaño del metro o el peso del kilo según sus necesidades fiscales. El ciudadano cree que está ahorrando, negociando o calculando, pero en realidad lo hace con una medida adulterada por el poder político.
La crítica de Rothbard no es solamente económica; es moral. El problema no es únicamente que la inflación sea ineficiente, sino que es injusta. Rompe contratos, castiga la prudencia, premia el endeudamiento irresponsable, favorece al poder y empobrece a quienes confiaron en la moneda. El trabajador que ahorra no es derrotado por el mercado, sino por una institución que degrada deliberadamente el fruto de su esfuerzo. El Estado no le roba solo dinero: le roba tiempo, planificación, futuro y tranquilidad.
@elmundoes Hacienda acusó, persiguió y presionó durante años. Al final tiene que devolver 60 millones más intereses. Si Shakira no hubiera tenido los recursos para defenderse, hoy estaría arruinada. El Estado equivocado nunca paga el coste real de su error.
🇪🇸🇨🇴‼️ | Shakira ganó su batalla contra Hacienda después de ocho años de litigio y la justicia española ordenó devolverle cerca de 60 millones de euros cobrados indebidamente. El tribunal concluyó que la cantante no residía en España el tiempo suficiente para tributar y además condenó a la Agencia Tributaria a pagar las costas del proceso.
PERIODISTAS DE MIERDA (95%)
A José Luis Espert le DESTRUYERON la reputación, lo empujaron al ostracismo y quisieron convertirlo en un criminal mediante una OPERACIÓN POLÍTICA Y MEDIÁTICA INFAME.
Durante semanas lo ENSUCIARON, lo DIFAMARON y lo condenaron públicamente sin pruebas, sólo porque defendía las ideas de la libertad y les resultaba incómodo.
Pero finalmente, la Justicia de Estados Unidos aceptó la declaración de INOCENCIA respecto del narcotráfico del que se acusaba a la persona utilizada para golpear y ensuciar a José Luis Espert.
Ahora pregunto: ¿A quién carajo se le ocurre que, a los 58 años y después de toda una vida exitosa de trabajo en el sector privado, el profesor Espert entra en política para lavar dinero del narcotráfico?
Hicieron MIERDA a un tipo inocente. Le arruinaron la vida, le destruyeron la carrera política y buscaron dinamitar a uno de los pocos que llevaba MÁS DE 20 AÑOS defendiendo las ideas de la libertad en la Argentina.
¿Y todo por qué? Por MISERABLES. Por operadores. Por basura política y mediática que vive de destruir gente honesta.
Muchos periodistas y muchos políticos deberían pedir DISCULPAS PÚBLICAS. Pero todos sabemos que NO LO VAN A HACER, porque viven de operar, mentir, difamar y ensuciar. Y si surgiera el milagro de que algunos lo hicieran, no veríamos ni un DÉCIMO del tiempo empleado en pedirle disculpas con respecto al tiempo empleado en arruinarle la vida.
Es por eso que NO ODIAMOS LO SUFICIENTE A LOS PERIODISTAS.
Con José Luis Espert, SIEMPRE del lado de la verdad y de la libertad.
VIVA LA LIBERTAD CARAJO...!!!
El joropo es un género musical y danza tradicional de Venezuela 🇻🇪, caracterizado por su ritmo alegre y sincopado.
Canción: Interludio de fuga con pajarillo.
Falacia de la Ventana Rota
En un pueblo francés del siglo XIX, Frédéric Bastiat, ese liberal clarividente que diseccionaba a fondo todas las sofisterías estatistas, publicó en 1850 su ensayo Ce qu’on voit et ce qu’on ne voit pas. Contaba la historia de un niño que rompe el cristal de una panadería. Los vecinos, optimistas de salón, celebran: «¡Qué bien para el vidriero! Habrá trabajo, circulará dinero». Lo que se ve. Pero Bastiat señala lo que nadie quiere mirar: con el dinero que el panadero paga al vidriero, ya no podrá comprar el traje nuevo que pensaba encargar, ni el libro, ni invertir en su negocio. El empleo del vidriero no es ganancia neta; es mera transferencia. La destrucción no crea riqueza, solo la desplaza y, sobre todo, destruye la riqueza futura que nunca nacerá.
A esa miopía, Bastiat la llamó falacia de la ventana rota. No es un error inocente: es la madre de casi todos los disparates económicos intervencionistas. Porque el costo de oportunidad, ese fantasma invisible que Friedrich von Hayek y los austriacos luego precisarían, siempre acecha. Cada recurso usado en A no está disponible para B, C o Z. Y la sociedad, en su conjunto, sale perdiendo.
«Lo que se ve y lo que no se ve». Esa distinción sigue siendo letal.
Los ingenieros sociales de izquierda llevan dos siglos rompiendo ventanas a escala continental y exigiendo que aplaudamos al vidriero estatal. Expropian, regulan, suben impuestos, inflan la burocracia, «estimulan» con gasto público. Se ve el empleo del funcionario, la ONG subvencionada, el subsidio que llega al votante, el hospital público inaugurado con bombo y platillo. No se ve el capital privado devorado, la innovación estrangulada, las empresas que nunca nacen, los empleos productivos que se evaporan.
En Venezuela la ventana rota se hizo añicos continentales. Expropiaciones «para el pueblo», fábricas entregadas a «colectivos revolucionarios», precios «justos» decretados. Se vio la fiesta inicial de empleos públicos, misiones, subsidios y propaganda. No se vio, hasta que ya era tarde, el colapso de la producción, la huida de talento, la destrucción de capital humano y físico. Hoy rebuscan en la basura mientras los jerarcas chavistas-maduristas presumen de «logros sociales». La falacia convertida en hambruna nacional.
La redistribución masiva funciona igual. Cada euro o bolívar que el Estado arranca al sector productivo para dárselo a su clientela política es un cristal roto. Se ve la ayuda, el «empleo verde», la cuota de diversidad obligatoria. No se ve el médico que cierra su consulta por impuestos confiscatorios, el ingeniero que emigra, el emprendedor que desiste. La miseria futura se acumula en silencio, como interés compuesto del desastre.
Las ONG y la burocracia «social» son la versión moderna y sofisticada de la misma estafa visual: miles de puestos bien pagados, informes, talleres de sensibilización y «lucha contra» esto o aquello. Se ve el activismo moralizante. No se ve el capital que nunca se invirtió en fábricas, el crecimiento que nunca llegó, la dependencia que se cultiva como droga de Estado. Generan pobreza estructural mientras se autoproclaman salvadores.
El socialismo, en todas sus variantes, es un festival permanente de ventanas rotas. Cree que puede crear riqueza destruyendo los incentivos, que puede generar orden rompiendo la coordinación espontánea, que puede fabricar prosperidad asesinando el futuro invisible. Cada vez que un igualitarista de salón grita «¡Hay que gastar más en lo social!» está, literalmente, celebrando al niño con la piedra en la mano. Y cuando el cristal hecho añicos deja al país a oscuras, siempre culpa al mercado, al «neoliberalismo» o al «saboteo imperialista». Nunca a la falacia que ellos mismos invocan como dogma.
Porque reconocer el costo de oportunidad invisible equivaldría a admitir que su modelo entero es una inmensa destrucción neta disfrazada de compasión. Y eso, claro, no entra en el relato. Prefieren seguir rompiendo cristales y cobrando por arreglarlos. Hasta que no quede ni una ventana sana.
Captura Regulatoria
En la Universidad de Chicago de los años 70, un economista llamado George Stigler, premio Nobel en 1982, diseccionaba con bisturí implacable el mito del Estado regulador benevolente. Observaba cómo las agencias creadas para «proteger al público» terminaban, con el paso del tiempo, sirviendo a los mismos intereses que debían vigilar. No era corrupción de unas cuantas manzanas podridas: era el resultado predecible de los incentivos. Los regulados tienen mucho que ganar concentrando recursos en presionar, mientras los ciudadanos dispersos apenas notan el costo por cabeza. Así nació la «captura regulatoria»: las agencias terminan controladas por la industria, los lobbies o los ideólogos internos que supuestamente deben domesticar.
Stigler lo explicó con frialdad matemática: la regulación no es un bien público neutral, sino un bien privado que se compra y se vende en el mercado político. Los reguladores necesitan información, votos, empleos futuros y financiación; los regulados se los ofrecen a cambio de reglas que levanten barreras de entrada, eliminen competencia incómoda o repartan subsidios. El resultado es un «cartel estatal» disfrazado de interés general.
Esta dinámica, que parecía un vicio del capitalismo sucio, revela su máxima potencia cuando se aplica al socialismo y sus variantes. En los regímenes comunistas el Estado es simultáneamente regulador, juez, productor, propietario y árbitro. La captura ya no es parcial, es «captura total». La nomenklatura soviética, esa nueva clase parasitaria que Milovan Djilas denunció con asco, no regulaba a las empresas; era la empresa. Controlaban los medios de producción y los medios de represión. El resultado fue la economía más capturada de la historia: fábricas que producían chatarra porque los directores respondían a cuotas políticas, no a la demanda real; koljoses que arruinaban la tierra porque los comisarios capturaron la planificación agrícola. Cuando cayó el Muro, no se derrumbó una economía; se desmoronó un gigantesco esquema de rent-seeking (búsqueda de ganancia) institucionalizado.
En la izquierda democrática del siglo XXI la captura adopta formas más sofisticadas y, por eso mismo, más repugnantes. Las agencias «ambientales» son capturadas por empresas «verdes» que viven de subsidios y mandatos de energías renovables, mientras ignoran la física elemental de la intermitencia y la densidad energética. Los burócratas educativos son capturados por sindicatos docentes que defienden con uñas y dientes el monopolio público, aunque los informes PISA muestren año tras año el naufragio sistemático de la educación pública y de que los padres hartos clamen, suplicantes, por «vales educativos» y «escuelas libres» que les devuelvan algo de control sobre el futuro de sus hijos.
Las oficinas de «igualdad» y «antidiscriminación» terminan en manos de activistas woke que convierten la ley en un arma de caza contra los disidentes, mientras las verdaderas víctimas de discriminación esperan en la cola.
Todo ello financiado, por supuesto, con impuestos de la clase media y ganancias de las grandes corporaciones que aprendieron a surfear la ola regulatoria: «capitalismo de amigotes con bandera arcoíris», le llaman algunos. Los mismos que ayer exigían más Estado para «controlar a las multinacionales» hoy son las multinacionales que financian tanques pensantes progres y contratan ex-reguladores a sueldos obscenos. La ironía es tan deliciosa que duele.
Los ingenieros sociales de izquierda siguen vendiendo el cuento del «Estado regulador benevolente» como si fuera un ente platónico inmune a los incentivos humanos. Cada nueva agencia, cada nuevo ministerio de la «transición ecológica», cada comisariado de la «diversidad» se convierte en un gran feudo donde se reparten los presupuestos, los contratos y el poder. La entropía burocrática crece, la corrupción se institucionaliza y el ciudadano de a pie paga la factura en impuestos, precios inflados y libertades recortadas.
Mientras tanto, las soluciones que realmente erosionan la captura (competencia real, propiedad privada clara, reglas generales y estables, responsabilidad electoral dura) son precisamente las que la tribu roja demoniza como «neoliberalismo salvaje». Prefieren un Estado hipertrofiado que promete protegerte de los lobos y termina siendo el lobo más grande, con credenciales académicas y fondos públicos.
La captura regulatoria no es un fallo corregible con «más democracia participativa». Es la ley de hierro de cualquier sistema donde el poder coercitivo se mezcla con los intereses económicos sin contrapesos efectivos. Y en eso, como en tantas otras cosas, el socialismo no representa la superación del capitalismo: representa su forma más obscena y completa.
Hay países en el mundo que no se caracterizan por ser especialmente conflictivos. Por ejemplo, los suizos o los austriacos. ¡Disturbios en Viena! ¡Arden las calles en Berna! No recuerdo yo ver esos titulares. (1/4)
Principio de Peter
En las oficinas impersonales de la educación norteamericana de los años 70, un educador canadiense llamado Laurence J. Peter observaba con ironía clínica cómo las jerarquías devoraban talento. Vio ascensos sistemáticos: el maestro excelente se convertía en director mediocre, el director competente en burócrata torpe, el burócrata en funcionario desastroso. De esa observación surgió el Principio de Peter, publicado en 1969: «en una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia». La promoción se basa en el éxito previo, no en la aptitud para el nuevo puesto. El resultado es que las organizaciones terminan llenas de personas que ya no dominan lo que hacen, pero que ya no pueden ser bajadas de categoría sin romper el sistema.
La incompetencia no es un accidente; es el destino natural de toda estructura jerárquica que premia lealtad y resultados pasados en lugar de competencia actual. Peter lo ilustró con ejemplos mordaces: el ingeniero brillante que diseña puentes perfectos pero como gerente de proyecto genera caos presupuestario; el cirujano hábil que termina administrando un hospital y lo lleva a la ruina financiera. El principio no predice que todos sean ineptos, sino que cada uno alcanzará, tarde o temprano, el escalón donde su contribución neta sea nula o muy negativa.
Este mecanismo, aparentemente neutro, se vuelve letal cuando se aplica a los experimentos colectivistas. Las burocracias socialistas e infladas de izquierda son fábricas de Peter a escala industrial. Los «cuadros del Partido» no ascienden por mérito técnico, sino por lealtad ideológica, por repetir consignas con fervor y por no cuestionar jamás la línea oficial. El Gosplan soviético estaba repleto de estos zombis competenciales: economistas que jamás habían gestionado ni un puesto de viandas y vegetales dirigiendo la planificación de toda una nación. Los ministerios venezolanos bajo Chávez y Maduro repitieron la misma tragicomedia: militantes del PSUV colocados en cargos petroleros, agrícolas y sanitarios sin la menor idea de cómo extraer, sembrar o vacunar. El resultado fue previsible. Colapso de producción, hambre planificada y excusas eternas sobre algún «sabotaje imperialista».
En Occidente, las administraciones «progresistas» también han perfeccionado la variante DEI del Principio de Peter. Se promueve a oficiales de diversidad, equidad e inclusión no por capacidad gerencial, sino por su fervor en la causa identitaria. Universidades que antes producían conocimiento ahora producen informes sobre «microagresiones». Ejércitos que antes ganaban guerras ahora pierden ante la obesidad y el adoctrinamiento. Empresas que antes innovaban ahora dedican recursos a talleres de privilegio blanco. La incompetencia se acumula porque no existe mecanismo corrector: ni quiebra de mercado, ni despido fácil, ni competencia real.
Mientras tanto, el capitalismo de mercado actúa como un implacable podador de Peters. El empresario incompetente quiebra rápido; el directivo torpe es reemplazado o la empresa pierde sus cuotas. La propiedad privada y la competencia crean un feedbackbrutal pero eficiente: o produces valor o desapareces. No hay gulag para sostener al inepto; hay bancarrota que libera recursos para quien sí sabe.
Los ingenieros sociales de izquierda, eternos soñadores de paraísos planificados, responden al desastre que ellos mismos generan exigiendo más jerarquía, másEstado, más cargos para sus fieles. Cuando la máquina se atasca de incompetentes, la solución nunca es reducir el tamaño del monstruo; es inyectarle más militantes y más presupuesto. El ciclo es inexorable. Lealtad por encima de competencia, fracaso por encima de corrección, excusas por encima de realidad. Y al final, como siempre, la factura la pagan los de abajo, mientras los Peter rojos siguen ascendiendo, con sonrisas beatíficas, hacia su próximo nivel de catástrofe.
@clharrington024 That’s such a lovely message and reminds me of the night I went to say goodnight to my nine year old son, who I found with Half Blood Prince face down on his duvet, and who said to me solemnly, ‘why did you kill Dumbledore?’
Dear President Trump, Thomas Sowell is an American treasure. Please consider honoring him with the Presidential Medal of Freedom. I can’t think of a greater representative of American values.