la vindicación, el cumplimiento y la exaltación. En otras palabras, es a partir del siervo ciego y sordo, infiel y dudoso, como nace, crece y se forma el siervo fiel e ideal, y sólo cuando el siervo ciego y sordo (42,18-20) reconoce a Dios como su señor,
Tiene una finalidad: que cada espectador/lector se sienta interpelado y atraído por el gran proyecto de amor que Dios sueña en el libro y se identifique con el «siervo de Yahvé», revisitando el camino espiritual de conversión propuesto por
está en el centro de su preocupación eterna y que constituye el objeto privilegiado de su amor y de su ternura. Como figura completamente distinta, sin paralelo en el Antiguo Testamento,
y el que Dios ha elegido para ser el instrumento de su exaltación y gloria, el siervo que es a la vez santo y pecador infiel, pero al final también fiel. Así, su descripción pasa del abuso, la vergüenza, la desesperación, la recriminación y el pecado a la promesa,
Pero es este mismo siervo quien desde el principio es llamado por Dios para ser el portador de su Palabra y el instrumento de su propósito redentor (41,8-13; 44,1-5; 49,1-3). Es el siervo de la hora de las tinieblas, de la humillación y la transformación,
—ciego y sordo— (40,21.28; 42,7.16; 43,8), entre lo pasivo y lo activo, hasta que aparece el último canto del siervo, donde su acción consiste en una «resuelta pasividad». En esta aparente oscilación, podemos encontrar un hilo conductor en su perfil.
En otras palabras, el carácter poliédrico del «siervo» se debe en gran medida a que es un personaje «en formación», primero infiel y luego fiel (40,27; 43,22-24 46,12-13; 48,1-2, 6-8), que se mueve entre la duda y la confianza en Dios, entre la incomprensión y la comprensión
se invita a todos a reconocer la grandeza de Dios sobre la historia y los hombres y a «purificar» así su relación con Dios y la identidad del propio «siervo», que debe ser el «instrumento» de Dios, su señor y rey.
haciéndoles partícipes en el efecto catártico que provoca. Al identificarse con las quejas, la carga y el sentimiento de abandono del «siervo», pero también con su ceguera, su pecado y su alejamiento de Dios,
Así, cuanto más se da cuenta el «siervo» de que Dios es su señor y rey (43,15), más y mejor conoce, siente y vive su vocación de ser el «siervo» de su señor. Esta relación, a su vez, se amplía e implica a espectadores, oyentes y lectores,
En otras palabras, hay una evolución en la relación entre Dios y su «siervo» que subyace a una profunda transformación en la identidad y el ser del propio «siervo».