He aprendido a esperar sin exigirle sentido al tiempo. La transformación ya no me pide optimismo ni resignación, solo presencia. Y cuando llega la liberación, aunque sea un instante.. todo lo vale.
Replanteándome las formas en las que he vivido el desapego, me encuentro al borde de lo que puedo, lo que deseo y lo que haré. Cerrar las puertas de los caminos que habitaron en mi corazón ha sido un acto muy confuso, a veces sabio y a veces caótico.