No hay atajos. Madrugar es difícil, cuidar el cuerpo es difícil, estudiar es difícil, trabajar es difícil, crecer espiritualmente también. Pero es justo que mucho cueste lo que mucho vale.
Al final, uno solo busca alguien a quien contarle las bobadas que pasaron en el día y que, genuinamente, se interese por eso, que escuche, que pregunte, que se ría.