Creemos que hay algo especial en la forma en que percibimos el mundo pero, vivimos en bucles rígidos y cerrados donde rara vez cuestionamos nuestras elecciones.
La cura no es obsesionarse con el pasado. El Inconciente es una hipótesis, es un pretérito presente en el hoy. Cuando se narra en sesión el pasado, se comienza a escribir el presente desde otro lugar. Es pasar de ser hechos por una Historia a protagonizar una que es propia…
El folleto ha sido traducido al ruso por unos luteranos rusos, unos filántropos de la alta sociedad, que lo han distribuido gratuitamente, en forma de suplemento de periódicos y otras publicaciones, para ilustrar al pueblo ruso.
Lo repito por centésima vez: hay gran cantidad de problemas, pero me he limitado al de los niños porque en él se refleja con toda claridad lo que quiero decir. Escucha: si todos tenemos que sufrir para comprar con nuestro sufrimiento la armonía eterna, ¿qué tienen que ver aquí los niños?
Dime sin rodeos, quiero que me respondas con toda franqueza: imagínate que tienes que levantar el edificio del destino humano, con la intención última de hacer feliz al hombre, proporcionándole, al fin, paz y sosiego; pero para eso tendrías que torturar, inevitable e inexcusablemente, a una sola de esas criaturitas, pongamos por caso, a esa niña pequeña que se daba golpes de pecho, y erigir ese edificio sobre sus lágrimas no vindicadas. En esas condiciones, ¿estarías dispuesto a ser el arquitecto?”
Dostoievski, F. M. (2013). Los hermanos Karamázov (F. Otero & M. Sánchez-Nieves, Trads.; M. Rebón, Trad. del Libro III). Alba Editorial, pp. 327-341.
No me interesa pensar este fragmento desde la religión, sino desde su dimensión humana y social: Dostoievski señala algo insoportable; la manera en que los adultos, las instituciones y las ideas de justicia, moral, religión o progreso han creado condiciones para que los niños sufran, y luego han buscado argumentos para volver soportable lo injustificable.
«Sí, sí, Richard; muere en el Señor, has derramado sangre y debes morir en el Señor. Aunque no seas culpable, pues no tenías conocimiento de Dios cuando envidiabas el alimento de los cerdos y te pegaban por robárselo —y hacías muy mal, porque no es lícito robar—, de todos modos has derramado sangre y debes morir».
Y llega el último día. Richard, casi sin fuerzas, llora y no hace más que repetir a cada instante: «Este es el mejor día de mi vida, ¡voy a reunirme con el Señor!». «Sí —gritan pastores, jueces y damas de la beneficencia—, ¡este es tu día más dichoso, pues vas a reunirte con el Señor!». Todos, unos en coche, otros a pie, se dirigen al cadalso, acompañando el oprobioso carro en el que conducen a Richard. Llegan por fin al patíbulo: «Muere, hermano nuestro —le gritan a Richard—, ¡muere en el Señor! ¡Sobre ti ha descendido la gracia!». Y así, cubierto por los besos de sus hermanos, arrastran al hermano Richard al cadalso, lo colocan en la guillotina y le cortan, como buenos hermanos, la cabeza, por haber descendido sobre él la gracia del Señor. Sí, es algo muy característico.
nunca está de más hacer una pausa antes de responder para contemplar la situación desde una perspectiva más amplia. Suena fácil, pero en realidad es complejo porque generalmente todo intercambio humano ocurre demasiado rápido y a veces nos supera la respuesta inmediata.
En definitiva, Feyerabend nos obliga a pensar que el problema no es la ciencia en sí misma, sino la ciencia convertida en autoridad absoluta. Su “todo vale” no debe leerse como una invitación al relativismo ingenuo, sino como una advertencia contra toda forma de pensamiento único. La ciencia es valiosa cuando permanece abierta, crítica y plural; pero pierde parte de su potencia cuando se vuelve una institución cerrada que decide, sin discusión, qué prácticas merecen existir y cuáles deben ser excluidas.
Por eso, su posición puede entenderse como una defensa radical de la libertad intelectual. Feyerabend no rechaza la ciencia; rechaza que la ciencia se convierta en dogma. Su crítica apunta a impedir que una forma de conocimiento, por más poderosa y eficaz que sea, se transforme en la única medida legítima de la verdad. Allí reside la fuerza de su pensamiento: mostrar que una sociedad verdaderamente libre debe permitir la convivencia, el conflicto y el diálogo entre distintas formas de saber.
El binarismo divide el mundo en dos polos y deja poco espacio para lo que existe entre uno y otro.
¿Qué sucede con lo ambiguo, con lo contradictorio, con aquello que cambia o que no termina de definirse? Pues que con frecuencia, lo que no encaja en uno de los polos termina siendo señalado, corregido o rechazado. Quizá por eso las posiciones más rígidas suelen ir acompañadas de tanta vigilancia. Porque cuando el mundo se divide en dos bandos absolutos, todo matiz resulta incómodo e incluso amenazante.
Sin embargo, estamos hechos de contradicciones. Podemos amar y odiar a una misma persona, desear algo y temerlo al mismo tiempo, querer acercarnos y tomar distancia. Por eso, el problema del binarismo no es aquello que logra nombrar, sino todo lo que deja sin lugar.
Porque entre un extremo y otro transcurre la vida.
Más allá de gustos personales, logró algo excepcional: que millones encontraran en sus palabras una forma de pensar, sentir y pertenecer. Su legado trasciende la música. Porque el arte más poderoso no siempre da respuestas; a veces simplemente nos ayuda a mirar distinto.
Nunca fui un gran oyente del Indio Solari. Su música nunca terminó de conmoverme ni encontré en ella algo especialmente cercano. Sin embargo, siempre me ocurrió algo paradójico: mientras las canciones me dejaban relativamente indiferente, sus letras me obligaban a detenerme.
En ese sentido, el movimiento ricotero trascendió ampliamente lo musical. Fue una forma de vínculo social, una manera de reconocerse entre otros, de habitar una sensibilidad compartida y de encontrar un lugar simbólico en el mundo. También puede pensarse como una experiencia de identificación colectiva: algo que permitía a muchos sentirse parte de un “nosotros”, sostener memorias, afectos, códigos y sentidos comunes.