be iker jiménez
> te dan un programa de radio para un verano
> en la primera emisión te dice el técnico de sonido que se han borrado todas las grabaciones 30 segundos antes de entrar en directo
> improvisas y salvas el primer programa
> el verano va tan bien que en septiembre te dicen que sigues
> tu programa se convierte en líder absoluto de audiencia en su franja horaria
> decides llevar el formato a la tele
> te dicen que no va a funcionar, que nada que funcione en radio funciona en tele
> estaban equivocados, funciona
> en paralelo sigues con la radio
> un gobierno de derecha te da un toque porque te metes en un tema del que no les interesa que se hable (ébola)
> sientes que tu cadena te deja vendido y les dices que ahí se quedan
> te vas de la radio teniendo unas cifras de audiencia salvajes y te centras solo en la tele
> tu programa se convierte en uno de los más longevos de la historia de la televisión en españa sin cambiar de presentador (solo superado por jordi hurtado)
> llega una pandemia y la cadena paraliza la grabación de tu programa
> no te quedas quieto y te montas un programa en youtube desde tu casa
> lo revientas tanto en internet que la cadena te llama de urgencia para hacer un programa en prime time en directo
> ese programa también tira y decides cambiarle el nombre por si acaso decides seguir con él para hablar de otros temas cuando pase la pandemia
> te dicen que tú solo puedes hablar de ovnis y de fantasmas pero decides que el programa se centre en política
> aplastas sistemáticamente a la competencia directa en tu misma franja
> la cadena te propone pasar de hacer un programa a la semana a hacer cuatro a la semana
> dudas pero aceptas probar durante unas semanas a ver qué tal va
> va bien
> el presidente del gobierno (de izquierda esta vez) te llama bulero en el congreso de los diputados
> efecto streisand
> tu programa supera en audiencia a la gran apuesta de la televisión pública para esa misma franja
> tu mujer ha hecho cada uno de los programas contigo desde el día 1 de radio
> como no tienes suficiente con 5 emisiones a la semana, te da por componer música y te haces tú mismo la sintonía del programa
os caerá mejor o peor, pero es la cabra absoluta
Los sobresalientes en bachillerato han subido un 30% en los últimos dos años.
Los profesores están alucinados.
Los padres, encantados.
Los alumnos, sonriendo.
Y todo el mundo sabe por qué, pero nadie lo dice en voz alta.
Reunión de tutoría.
Martes.
17 : 10.
Aula de primaria.
Sillas pequeñas.
Pósters de planetas.
Y un profesor con cara de llevar 9 meses tragando cemento emocional.
Entran los padres de Hugo.
9 años.
Suspendido en lengua.
No entrega deberes.
Interrumpe en clase.
Ha llamado “NPC” a la profesora de música.
La madre deja el bolso en la mesa.
—Venimos preocupados.
El profesor asiente.
—Yo también.
—Hugo está desmotivadísimo.
—No estudia.
—Porque no le motiváis.
Ah.
Claro.
El niño no lee, no escribe, no atiende y no trae la libreta.
Pero el problema es que el profesor no ha convertido los adjetivos en una experiencia inmersiva con luces LED.
El padre se cruza de brazos.
—En casa es muy inteligente.
—No lo dudo.
—Entonces, ¿por qué suspende?
El profesor abre el cuaderno.
—Porque en el examen dejó 7 preguntas en blanco.
La madre frunce el ceño.
—¿Y no se las podías adaptar?
Adaptar.
La palabra mágica.
Antes significaba ayudar a quien lo necesitaba.
Ahora significa que mi hijo no se frustre aunque no haga nada.
El profesor respira.
—Hugo puede aprobar. Pero tiene que trabajar un poco.
La madre se ofende.
—No queremos que pierda la autoestima.
Autoestima.
Otro comodín.
Como si corregir a un niño fuera romperle el alma.
Como si decirle “esto está mal” fuera violencia institucional.
Entonces el padre suelta la frase:
—Igual el problema es que no sabéis conectar con esta generación.
El profesor mira por la ventana.
En el patio, Hugo está intentando meterle tierra en la mochila a otro niño.
Conexión generacional.
Precioso.
Al día siguiente, correo a dirección:
“Estamos muy decepcionados. Sentimos que el colegio no acompaña emocionalmente a nuestro hijo.”
Acompañar emocionalmente.
Traducción:
“Mi hijo no hace nada, pero quiero que parezca culpa vuestra.”
Y ahí está el problema.
No son los niños.
Los niños prueban límites.
El problema son padres que llegan al colegio no para escuchar, sino para defender un expediente.
Padres que confunden educar con proteger del esfuerzo.
Padres que quieren profesores suaves, notas altas y cero consecuencias.
Resumen:
Si tu hijo suspende, puede necesitar ayuda.
Puede necesitar apoyo.
Puede necesitar otra forma de aprender.
Pero también puede necesitar algo mucho más revolucionario:
Que en casa alguien le diga la verdad.
Esta mañana he encontrado una nómina vieja de mi padre revisando papeles de casa.
Marzo de 1992, ingeniero jovencito con 6 años de experiencia. Casado, con dos hijos e hipoteca en Madrid.
Por curiosidad me he puesto a hacer cálculos, y me ha dado permiso para compartirlos.
El bruto del mes eran 615.704 pesetas. Ajustando a IPC, hoy serían 120.000 € brutos al año equivalentes. Un ingeniero con ese mismo perfil cobra ahora entre 35.000 y 45.000 €.
Un tercio. Un puto tercio del sueldo real que tenía mi padre con su edad.
Pero donde la trampa se ve más clara es en la fiscalidad.
Mi padre, sumando IRPF y Seguridad Social, soportaba una carga fiscal efectiva del 27% sobre su bruto (24% IRPF + 2,7% SS, porque cotizaba al tope máximo). Le quedaban netos el equivalente a 87.000 €.
Un ingeniero hoy con 40.000 € brutos soporta una carga total del 22% (16% IRPF + 6,5% SS) y le quedan apenas 31.000 € netos.
Mi padre vivía con casi tres veces más renta disponible.
En el mismo país. En la misma ciudad.
¿Que hoy se paga menos porcentaje? Lógico, ganando un tercio, claro que el porcentaje baja.
Por el camino, eso sí, se cargaron las deducciones que protegían a la clase media como por ejemplo la deducción por vivienda habitual que desapareció para nuevas compras en 2013.
Y si por algún milagro alcanzas hoy los 120k equivalentes que cobraba mi padre, soportarías un 35% de carga fiscal total en vez de su 27%.
Ocho puntos más por el mismo sueldo real.
¿De verdad vivimos mejor?
Los datos dicen una cosa. La narrativa que nos venden, otra.