○ Usted no descubre al farsante. Lo construye retrospectivamente y después nos presenta treinta años de episodios como si fueran las pruebas de su existencia.
El procedimiento es elemental: selección, asociación y condena.
Una fotografía se convierte en vanidad. Una oración, en impostura. Un cambio de posición, en falsedad. Un cliente, en complicidad. Una acusación, en antecedente. Una coincidencia, en intención.
Y así consigue algo extraordinario: ningún hecho puede absolver al personaje que usted mismo construyó.
Si cambia, finge. Si no cambia, confirma. Si reza, actúa. Si combate, posa. Si contradice su pasado, demuestra su oportunismo. Si lo mantiene, demuestra su dogmatismo.
Eso no es una opinión. Es una trampa retórica.
Usted no contrasta una tesis con los hechos. Hace que los hechos desfilen delante de una tesis previamente decidida.
Y después bautiza el montaje con un título que pretende ser diagnóstico: “La farsa macabra”.
La ironía es demasiado buena para dejarla pasar: acusa al presidente de interpretar personajes mientras usted le escribe uno durante toda la columna.
Su firma no convierte una inferencia en un hecho. Su trayectoria tampoco convierte una insinuación en una conclusión.
El problema es precisamente ese: su prestigio periodístico puede hacer pasar por descubrimiento lo que, en buena medida, es una construcción narrativa.
Al final, la farsa no está en lo que usted describe. Está en el procedimiento con el que pretende demostrarlo.
Cuando te digan que Petro es un genio de la economía y que tenía al país volando;
no pelees, no discutas, evita cualquier confrontación.
Respira hondo, toma tu celular y muéstrale este par de fotos.
Despídete con cordialidad y te retiras lentamente.
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