Eso es un montaje para desviar la atención de:
Que mandaron matar a Carlos Manzo.
Del huachicol fiscal de Andy López y su pandilla.
De todas las tranzas de Amilcar Olán y la transferencia de 3,000 millones a suiza.
Del encubrimiento de la corrupción de los amigos de Antonio del @SATMX.
Del asesinato de los colaboradores de @ClaraBrugadaM en CDMX.
Del campo de exterminio en Teuchitlan.
Del enriquecimiento ilícito de Perroña.
De la falta de pago impuestos de Adán Augusto.
Del descarrilamiento y choque del tren falla.
De la cancelación del AFA.
De que ya desapareció la fsrmaciototota.
De los ranchos de José Ramiro López Obrador.
Del vuelo raro de Hernán Bermúdez.
En México, muchos políticos no solo están hundidos en corrupción, sino también atrapados en supersticiones. Santería, “magia negra” y rituales como los del Palo Mayombe —que implican sacrificios animales e incluso humanos— no son mitos urbanos: son parte real del ecosistema de poder de ciertos personajes públicos.
Ojalá pudiera decir que esto es una exageración. Pero no. Son profundamente supersticiosos, cargan culpas que no pueden digerir y buscan en lo oculto una justificación espiritual para las atrocidades que cometen con tal de obtener —y conservar— el poder.
Hace poco, una exfuncionaria de Jalisco se volvió viral por admitir públicamente que se convirtió en santera y sacrificó un perro para obtener “protección”. No fue un caso aislado. Es parte de una influencia que viene desde Cuba, que no solo ha exportado médicos, sino también brujos que han sabido manipular a políticos vulnerables, miedosos y moralmente rotos.
El resultado: una clase política podrida no solo por el dinero, sino por el fanatismo ocultista. El poder de estas sectas es real. Y es asqueroso.