Construir un lazo es aprender a habitar la cercanía y la distancia.
Acompañar, coexistir, habitar cerca. Hacer pausas, separarse, sostener algunos adioses y volver.
El amor no vive solo del encuentro.
En 1973, se encontraron en México dos gigantes: Borges y Rulfo.
Esta fue su conversación:
R: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.
B: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver a un país, pero lo puedo escuchar.
B: Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos "maestro", dígame Jorge Luis.
R: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.
B: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas.
La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.
R: No, eso sí que no. Juan, cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.
B: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?
R: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.
B: Entonces no le ha ido tan mal.
R: ¿Cómo así?
B: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.
R: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.
B: Le voy a confesar un secreto. Mi abuelo, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero, era otro secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.
R: Ahora si, ya me puedo morir en serio.
La comunidad de San Marcos, Mexquitic, en #SLP, padece despojo inmobiliario en su territorio y contaminación del #RioCalabacillas. Por defenderse les han reprimido.
El 21 de enero a las 10, la @SCJN decide si atrae el caso.
#SCJNescuchaASanMarcos#SanMarcosResiste
No se trata de, como analista, ser un experto sin fisuras. Se trata de sostenerse en el proceso, sin renunciar al cuerpo ni al pensamiento.
Como dijo Winnicott, "mantenerme sano, mantenerme vivo, mantenerme despierto".
No es un mantra moral, es afirmar que incluso como analistas, estar presentes, atentos y vivos frente a lo que surge es una práctica ética y clínica.
Frankenstein de Guillermo del Toro no es una historia de monstruos ni de terror, sino una reflexión sobre el desamparo y lo que ocurre cuando nadie sostiene la vida. ¿Qué hace posible que alguien exista?
La criatura nace, pero no es recibida. No hay sostén, no hay mirada, no hay palabra que lo ubique simbólicamente. Hay vida, pero no lugar. En términos de Winnicott, nace el cuerpo, pero no el ser. En lectura lacaniana, entra al mundo sin una inscripción en el Otro.
Llega desnudo y confundido y el único significante que recibe es rechazo. Desde ahí comienza su errancia. No hay monstruo sin un primer gesto de desamparo.
Por otro lado, Victor Frankenstein quiere producir vida sin sostenerla. Crear sin cuidado ni deseo. No quiere un hijo, quiere un logro y por eso lo abandona. Y es en ese abandono donde aparece lo siniestro. Victor encarna a ese Otro que exige perfección y que, ante la falla, expulsa.
Lo monstruoso del monstruo es la ternura brutal encarnada en un cuerpo enorme y torpe que solo quiere ser visto y no devorado por la demanda del Otro, sino sostenido por una presencia que pueda alojarlo. Intenta acceder al lazo, al lenguaje, a la comunidad, a la mirada. Quiere entrar en el mundo de los otros, pero su diferencia les resulta intolerable. Entonces, cuando responde con violencia, es un intento desesperado por la mirada que le de existencia.
La trama insiste en el cuerpo. La piel cicatrizada, las suturas gruesas, la torpeza del movimiento. Un cuerpo que no encaja en ningún ideal; un cuerpo expulsado por lo que muestra. Y aun así, ese cuerpo fragmentado nos recuerda que somos ensamblajes, que nadie nace completo. Y que pasamos la vida suturando pérdidas que, a veces, nunca cierran del todo.
El monstruo también ama. Ama a la familia que observa en silencio, oculto. Ama a la mujer que lo mira. Ama al mundo que intenta descifrar él mismo, porque nadie le traduce la experiencia emocional que lo atraviesa. Pero el mundo no puede ni quiere amarlo. Y ahí aparece la falla. Esa es la tragedia, querer ser amado por alguien que no puede alojarnos.
Finalmente, la película nos interpela cuando el hermano de Victor le dice: "tú eres el monstruo", como si algo de la criatura le mostrara su propia monstruosidad. Por ello, la historia no juzga al monstruo. Pregunta quién lo golpeó de esa manera y cuál es su relato, lo hace hablar. Esto me recuerda el texto de Paul B. Preciado, "soy el monstruo que os habla".
Monstruoso es, entonces, un otro no visto, rechazado, dejado al desamparo. Un otro en su radical diferencia. Lo que llamamos monstruoso es, casi siempre, un llamado.
Hay personas que acuden al psicoanalista deseando encontrar un Amo. La ética del Psicoanálisis es renunciar a la tentación de oprimir, de ser indispensable. Ofrecerse como compañero de viaje, no de oráculo que monopoliza la verdad…