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La consellera d'Economia @aliciarll, del govern de @salvadorilla va publicar abans d’ahir un tweet orgullós, d’aquests d’autobombo dels que estem curats d’espant al @menjometre:
"L'ICF ha quadruplicat la seva inversió el 2025. Reforcem els sectors estratègics del país."
Hi ha una taula. Sembla impressionant. Hem mirat les dades.
El que hem trobat hauria de preocupar tothom.
¿Cómo destruir los servicios públicos?
1. Reduce drásticamente su presupuesto. Echas gente a la calle y no repones jubilaciones.
2. Te quejas del deterioro en su calidad.
3. Dices q la degradación de los servicios públicos es una prueba de su ineficiencia.
4. Los privatizas.
No saben ni escriure correctament…
No era Stantford, sino Stanford i no era Berkley és Berkeley.
Han Borrat la Piluada, però el nivell no és gaire alt… En fi!!!
Enfermedad de los Costos de Baumol
En un aula polvorienta de la Universidad de Princeton a mediados de los años 60, el economista William Baumol observaba con ironía cómo el progreso técnico parecía condenar a ciertos sectores a la ruina relativa. Junto a William Bowen, analizaba la orquesta sinfónica: una sinfonía de Mozart sigue requiriendo exactamente los mismos músicos que en el siglo XVIII. No hay forma de «producir» más cuartetos de cuerda por músico ni de acelerar la ejecución sin destrozar la obra. Mientras tanto, en la fábrica de al lado, la productividad industrial se multiplicaba gracias a las máquinas, la automatización y la división del trabajo. Los salarios, sin embargo, tienden a igualarse entre sectores porque los trabajadores compiten por los mismos empleos. ¿Cuál es el resultado? los costos en los sectores de productividad estancada, como educación, salud, artes o administración pública, explotan sin que la producción mejore proporcionalmente.
Esa es la «Enfermedad de los Costos de Baumol»: un cáncer estructural donde los salarios suben al ritmo de la economía general, pero la productividad no, condenando a esos sectores a costos crecientes crónicos.
La lógica es implacable. En un sistema de mercado, los sectores productivos generan riqueza que permite pagar más a todos. Pero los sectores «baumolianos» no pueden absorber esa riqueza generando más valor por hora trabajada. Por tanto, o suben los precios, o dependen de subsidios crecientes, o degradan la calidad. No es fallo de gestión; es una ley económica tan inexorable como la gravedad.
Y aquí es donde el socialismo y el estatismo moderno entran en escena con la arrogancia de quien cree poder derogar la realidad a golpe de decreto. Los progresistas prometen «educación gratuita y de calidad para todos», «sanidad universal sin esperas» y una burocracia «eficiente al servicio del pueblo». Lo que entregan es una orgía de costos desbocados financiada con impuestos confiscatorios o deuda eterna. En Estados Unidos, el gasto sanitario per cápita se ha multiplicado por más de diez desde 1960 ajustado por inflación, mientras la esperanza de vida y los indicadores de salud reales han mejorado poco o nada en comparación con países con sistemas más liberales. En Europa, los sistemas públicos devoran presupuestos enteros mientras las listas de espera se eternizan y la innovación médica se estanca fuera del sector privado.
Los países nórdicos, el eterno escaparate de la izquierda, funcionan solo mientras parasitan una base productiva capitalista fuerte que genera los excedentes para pagar la fiesta baumoliana. Pero basta con aumentar la inmigración masiva de baja cualificación, el envejecimiento demográfico o simplemente expandir el Estado para que la enfermedad se agrave hasta lo insoportable. Suecia y Dinamarca ya recortan sus prestaciones y suben los copagos en silencio. El milagro nórdico no prueba que el socialismo light sea viable; prueba que el capitalismo es tan robusto que puede subsidiar durante décadas la ineficiencia estatal hasta que deja de poder.
El comunismo clásico y el socialismo real fueron versiones hipertróficas del mismo error. La URSS y Cuba convirtieron toda la economía en un sector baumoliano gigante: salarios planificados al alza, productividad planificada al suelo y coerción para tapar el agujero. Ello provocó escasez crónica, colas para el pan y médicos que cobraban en vodka porque su sueldo oficial no daba ni para los zapatos. Venezuela repite el experimento con petróleo: más gasto en «misiones» educativas y sanitarias, menos médicos de verdad, más propaganda y su población rebuscando en los basureros.
La izquierda cultural actual empeora la patología. No solo expanden la burocracia; la llenan de activistas, departamentos de diversidad, formadores en género y burócratas de equidad. Sectores enteros (universidades, ONG, administraciones) se convierten en máquinas de destruir la productividad mientras sus costos siguen subiendo. Un profesor universitario hoy produce menos enseñanza efectiva por hora que hace cincuenta años (más ponencias irrelevantes, menos horas de clase, más ideología), pero cobra mucho más. La «educación inclusiva» no mejora los resultados PISA; los empeora mientras el gasto por alumno se dispara.
En resumen, la Enfermedad de Baumol no es un problema técnico que el Estado pueda «gestionar mejor». Es un recordatorio brutal de que no todo se puede socializar sin destruir la riqueza. El socialismo ignora esta enfermedad porque su fe prometeica exige creer que el paraíso se construye aumentando el gasto público indefinidamente. La realidad responde siempre igual: primero con promesas utópicas, luego con impuestos asfixiantes, después con una deuda impagable y finalmente con colapso o estancamiento crónico. El capitalismo, en cambio, minimiza el problema confinando estos sectores al mínimo imprescindible y dejando que la competencia y la innovación ataquen la raíz de la estancamiento productivo.
Todo lo demás es ilusionismo fiscal que termina pagando la clase media con su futuro.
Teoría de la Elección Pública
En un despacho austero de la Universidad de Virginia a principios de los años 60, dos economistas estadounidenses, James M. Buchanan y Gordon Tullock, miraban con lucidez implacable el espectáculo de la política moderna. No veían nobles servidores del bien común, sino seres humanos de carne y hueso, racionales y egoístas, que respondían a incentivos exactamente igual que cualquier tendero, banquero u obrero. De esa observación brutal surgió The Calculus of Consent (1962) y, poco después, la Teoría de la Elección Pública: la política no es un reino de altruistas desinteresados; es un mercado más, donde políticos, burócratas y votantes persiguen su propio beneficio, y donde los grupos de interés concentrados capturan el poder mientras los costos se difunden entre millones de contribuyentes invisibles. El «rent-seeking», esa fea palabra que Buchanan popularizó, consiste en buscar ganancias no creando riqueza, sino manipulando el aparato estatal para arrebatar recursos ajenos mediante regulaciones, subsidios o privilegios legales.
La idea es demoledoramente simple y, por eso mismo, intolerable para los románticos del poder: nadie en el gobierno es un «ángel guardián». Son agentes racionales que maximizan votos, presupuesto, prestigio y poder personal. Los votantes, racionalmente ignorantes, no estudian los programas; votan por promesas que les cuestan poco y les benefician mucho. Los burócratas expanden sus reinos porque su salario, su estatus y su jubilación dependen del tamaño del imperio que controlan. Y los lobbies, esos grupos pequeños y bien organizados, pagan el precio de la captura regulatoria porque los beneficios son enormes y concentrados, mientras los costos se reparten entre todos los demás como una niebla invisible.
Esta teoría, una de las más corrosivas de la economía del siglo XX (Buchanan recibió el Nobel en 1986 precisamente por destripar el mito del Estado benevolente), no se queda en los manuales académicos. Se manifiesta con saña especial en los experimentos socialistas y comunistas, donde el Estado no es un árbitro neutral, sino el propietario absoluto de todo. Cuando el aparato controla la producción, los precios, el empleo y hasta los pensamientos, el «rent-seeking» deja de ser un vicio marginal y se convierte en el único deporte nacional. La nomenklatura soviética no era una anomalía; era el resultado lógico de este proceso. Una nueva clase dominante que vivía en dachas, comía caviar y enviaba a los disidentes al Gulag mientras predicaba la igualdad. La «boliburguesía» venezolana, esos militares, ministros y enchufados que se repartieron PDVSA, empresas expropiadas y dólares preferenciales, no traicionó al chavismo; lo perfeccionó. Los cuadros del Partido en China actual no son comunistas del siglo XIX; son capitalistas de Estado con carnet rojo que amasan fortunas mientras el proletariado sigue siendo proletariado.
En la izquierda democrática el mecanismo es más refinado, pero idéntico en esencia. Los políticos prometen «bienes públicos gratis» como sanidad universal, educación gratuita, renta básica y subsidios verdes, financiados supuestamente por «los ricos» o por la deuda eterna. En realidad maximizan su propio stock de poder: cada nuevo programa crea clientelas dependientes, cada ministerio engorda burocracias leales, cada ley de «justicia social» multiplica los reguladores e inspectores que viven del presupuesto ajeno. Sindicatos de la educación pública bloquean cualquier reforma porque su monopolio les garantiza sueldos, privilegios y jubilaciones doradas a costa de generaciones de niños condenados a la mediocridad. ONG progresistas capturan fondos públicos para «luchar contra el odio» mientras sus directivos viajan en business class y dictan moral desde tribunas pagadas con impuestos. No hay ángeles en el poder; hay maximizadores de utilidad que, al expandir el Estado, expanden su propio botín.
El socialismo «real» siempre genera una nueva clase dominante porque la Teoría de la Elección Pública es implacable: cuando eliminas el mercado y la propiedad privada, no eliminas el egoísmo humano; simplemente lo canalizas hacia la única vía que queda, la política. El resultado no es el paraíso sin clases; es una cleptocracia con eslóganes igualitarios. Los costos se socializan, los beneficios se privatizan en mansiones, cuentas en Suiza y yates. Y cuando alguien señala la estafa, la respuesta es la de siempre: más Estado, más control, más represión para que el cuento no se derrumbe.
La Teoría de la Elección Pública no es cínica; es honesta. Brutalmente honesta. Nos recuerda que el poder corrompe y que el poder absoluto, el sueño húmedo de todo socialista, corrompe absolutamente. Por eso los regímenes que concentran todo en el Estado no producen igualdad; producen castas intocables con carnet del Partido. El resto del rebaño solo recibe las migajas y la factura.
El perfil de 3Cat ha esborrat aquest tuit!!!
Fem-lo Córrer!!
Cada català guanyarà 24 €; millorem, però poc.” 😪
@XSalaimartin explica d’on venen els 4.686 M€ que l’estat espanyol donarà a la Generalitat
Potser, aquest GRAN acord de Finançament per Catalunya, no és tant BO, ni tant SINGULAR…
“Les societats europees actuals es consideren laiques, perquè en separar la religió de l’estat es pensen separar-la de la política. Per això els resulta difícil gestionar l’Islam, una religió que mai no ha emancipat la política”, escriu. Joan Ramon Resina https://t.co/uPQXvQAaZh
#Spain won't recognize #Kosovo, sovereign since 2008.
Spain won't recognize #Kurdistan, tho' 93% of Iraqi Kurds voted for independence in 2017.
Spain won't allow a free #Catalonia.
Spain won't recognize #Somaliland.
But Spain recognized a nonexistent Palestinian state.
WHY?
Spanish police searched a state-funded laboratory near Barcelona on Thursday as part of an investigation into the origin of the African swine fever outbreak in the same area, regional police said. https://t.co/RDiBLEooGK https://t.co/RDiBLEooGK
Guanya hisenda, perd Espanya.
Un bufet internacional posa l'accent al Financial Times sobre un fet que també afecta als ciutadans i empreses espanyoles.
Las familias extremeñas recibirán hasta 1.100 euros mensuales para contratar personal doméstico para el cuidado de menores y dependientes https://t.co/j3yvo8lm8A
El Districte Universitari Únic espanyol impedeix que molts estudiants catalans que volen fer Medicina no puguin fer-ho al país.
Catalunya forma metges vinguts d'arreu, amb el cost que comporta.
Bona part d'aquests no exerciran a Catalunya i n'haurem d'importar.
No té cap sentit.
*només en el que portem de legislatura, PSC-PP-Vox han impedit que s'acabi amb aquest greuge en 4 ocasions