Así se siente tener el colapso más tranquilo de toda tu vida. O sea, estás perdiendo la cabeza, pero al mismo tiempo estás relajado y disfrutando el momento como si nada.
Cuántas personas nunca sabrán lo mucho que las quisiste, solo porque no te animaste a decírselo. Y de cuántas personas nunca sabrás si te querían de vuelta, porque callaste y callaron también. Cuántos vínculos dejamos ir por dar por sentado que al otro no le pasaba lo mismo.
Algunas cosas van a salir mal, o distintas a como las imaginabas. Otras se te darán más adelante o quizá no se den nunca. Habrá días en que no puedas, y días en que no quieras. Habrá días en que te pelees con todos, pero más que nada contigo. Y está bien, eso también pasa.
Cuando llego a casa sin energía, con la mente sobrecargada tras un día pesado, lo único que quiero es acurrucarme con alguien y que me acaricie el cabello hasta que me duerma.
Esa sensación de estar con tus amigos, reírte tanto que te duele el estómago e intentar con todas tus fuerzas parar de reír, pero no poder. La felicidad debe ser eso.
Mentí. Quiero enamorarme, quiero explotar de amor. Quiero perderme en alguien que me cuide como si fuera lo más frágil y lo más fuerte que existe. Quiero sentir que cada mirada me envuelve, que cada abrazo me reconstruye, que cada palabra me sostiene. Quiero a alguien con quien perder la noción del tiempo, con quien los silencios digan más que mil palabras. Quiero un amor que no le tema a la intensidad y que elija quedarse tanto como yo.
"Maroon" de Taylor habla de esa fase de negación cuando una relación empieza a desgastarse; te aferras al recuerdo del inicio, a esa conexión intensa que alguna vez lo fue todo, aunque en el presente ya no quede nada de ella, para concluir en ese momento en que el agotamiento emocional te obliga a soltar a esa persona, a pesar de que sigues amándola y la extrañas, en el fondo sabes que estás mejor así.