Los llamaban "los tirabuzones del diablo" porque parecían tornillos gigantes enterrados por una criatura imposible. La respuesta real tardó décadas en llegar, y resultó ser todavía más extraña que cualquier leyenda local.
Durante años, nadie supo explicar aquellas espirales de piedra que surgían de las colinas de Nebraska, algunas de varios metros de profundidad y tan anchas como el cuerpo de una persona. Cuando el paleontólogo Erwin H. Barbour las estudió a finales del siglo XIX, les dio el nombre científico de *Daemonelix*. Al principio creyó que podían ser restos fosilizados de enormes esponjas de agua dulce. Después consideró que quizá fueran raíces enrolladas de alguna planta desconocida, fosilizadas millones de años atrás.
Ninguna de las dos hipótesis era correcta. No eran plantas ni organismos marinos: eran los moldes fosilizados de madrigueras construidas hace unos 20 millones de años por pequeños castores terrestres llamados *Palaeocastor*, parientes muy lejanos de los castores actuales. No vivían en el agua, no construían diques, y su tamaño era comparable al de un perro de las praderas.
Para hacer su hogar bajo las antiguas llanuras de Norteamérica, excavaban un túnel en espiral, en forma de sacacorchos, que descendía hasta una cámara lateral. Las marcas conservadas en algunas paredes muestran que usaban directamente sus grandes dientes incisivos para cortar la tierra: literalmente se abrían paso a mordiscos. Esa forma helicoidal probablemente cumplía una función práctica: mantener una temperatura y humedad más estables dentro del refugio, y dificultar la entrada de agua en un territorio expuesto a cambios climáticos extremos.
Cuando esas madrigueras quedaron abandonadas, los túneles se llenaron de sedimentos que terminaron endureciéndose más que la tierra circundante. Millones de años de erosión hicieron el resto: el terreno blando desapareció poco a poco, dejando expuestas las espirales endurecidas, como si los castores hubieran abandonado sus casas apenas horas antes. En algunos de esos túneles se encontraron incluso restos de los propios animales que los habían excavado, la prueba definitiva que terminó de resolver el misterio.
Hoy, el Monumento Nacional Agate Fossil Beds, en Nebraska, conserva estas formaciones, y los visitantes pueden recorrer el sendero Daemonelix para verlas de cerca. No son piedras con una forma rara: son hogares de hace 20 millones de años, construidos por animales que desaparecieron mucho antes de que existiera nuestra especie, con su forma de vivir grabada literalmente en la tierra.
¿Os parece más fascinante que la explicación real haya resultado ser tan ingeniosa como cualquier leyenda local, o preferíais el misterio sin resolver?
📍 Fuente: National Park Service, Agate Fossil Beds National Monument / Erwin H. Barbour, descripción original de *Daemonelix*, finales del siglo XIX.