El traslado del monolito desató un grave conflicto social, conocido localmente en su momento como "la rebelión de Coatlinchán".
Lo que el gobierno de la república proyectó como un rescate arqueológico nacional, los habitantes de San Miguel Coatlinchán lo vivieron como un despojo cultural e identitario.
Inicialmente, en 1963, las autoridades federales negociaron con el pueblo la entrega de la deidad.
A cambio de la piedra, prometieron obras públicas urgentes: pozos de agua, una escuela primaria, un centro de salud y la pavimentación de sus caminos.
Al notar que los ingenieros aceleraban las excavaciones pero las obras del pueblo no comenzaban, la comunidad sintió que los iban a engañar, lo que detonó una oposición absoluta al traslado.
El 23 de febrero de 1964, cuando el enorme remolque especial entró al pueblo para cargar el monolito, las campanas de la iglesia repicaron para convocar a la población.
Cientos de pobladores armados con palos, piedras y herramientas agredieron las instalaciones de los ingenieros.
Destruyeron los andamios de madera, cortaron los cables de acero que sostenían la piedra (haciéndola caer de nuevo al foso), pincharon los neumáticos de los camiones y arrojaron tierra a los tanques de combustible.
Un habitante local, furioso por la profanación, llegó a colocar dinamita cerca del monolito amenazando con destruirlo por completo antes de permitir que la Ciudad de México se lo llevara.
Ante la imposibilidad de avanzar por la vía diplomática, el presidente Adolfo López Mateos tomó una decisión radical: envió al Ejército Mexicano y a elementos de la policía federal para sitiar el pueblo.
Las fuerzas armadas instauraron un toque de queda que se prolongó por casi dos meses para desarticular la resistencia vecinal.
Bajo estricta vigilancia militar y encañonando los accesos del pueblo, los ingenieros civiles pudieron reiniciar las maniobras de amarre sin interferencias.
El 16 de abril de 1964, custodiado por soldados y patrullas, el monolito finalmente avanzó por las calles del pueblo.
Aunque la propaganda oficial de la época afirmó que el pueblo "donó generosamente" la pieza, las crónicas reales relatan que la gente salió a despedirla entre lágrimas, música fúnebre y cohetes, exclamando que el gobierno "había matado al pueblo".
Los habitantes creían firmemente que la piedra controlaba el ciclo del agua de la región. Tras su partida, coincidiendo con una racha de sequías severas en Texcoco, en el pueblo se arraigó la creencia de que al quitarles a su protector.
La biblioteca de la Abadía de Admont (Austria) representa una de las cumbres más espectaculares del barroco tardío europeo.
Las siete cúpulas de la biblioteca exhiben un ciclo de frescos creados por Bartolomeo Altomonte, quien los ejecutó durante los veranos de 1775 y 1776.
En su suntuoso interior de mármol no se adora a dioses, sino que se exhiben más de 130 bustos y 65 placas conmemorativas de figuras históricas.
Entre los homenajeados se encuentran Albert Einstein, Ludwig van Beethoven, Johannes Kepler, Johann Wolfgang von Goethe y la activista Sophie Scholl.
El Walhalla es un imponente templo neoclásico ubicado en lo alto de una colina sobre el río Danubio, en Donaustauf, muy cerca de Ratisbona (Regensburg), Alemania.
Construido entre 1830 y 1842 por orden del rey Luis I de Baviera, funciona como un monumento conmemorativo y salón de la fama que rinde homenaje a grandes personalidades de la historia, la ciencia y la cultura de habla alemana.