@akitalita toa' la razón. Una vez se nos ocurrió salir a almorzar para un día de la madre y nos instalaron en una mesa debajo de unos columpios, con bebidas tibias y empanadas frías.
El fenómeno este de las trad-wives extreme edition es una de las cosas más interesantes de la sociedad del espectáculo contemporánea porque son cinco serpientes enroscadas, mordiéndose la cola una detrás de otra, simultáneamente, en bucle infinito de ouróboros semióticos.
En la capa más superficial tenemos la apelación a los supuestos valores tradicionales, los de cuando la mujer se quedaba en casa haciendo las cosas de la casa y el marido proveía, un pasado mítico que probablemente nunca existió tal cual pero que funciona estupendamente en vertical a 1080 pixeles.
En la segunda capa estamos ante una manifestación performática evidente, y lo digo porque la inmensa mayoría de estas creadoras de contenido cocinan. Cocinan mucho. Cocinan siempre. Rara vez —casi nunca, diría yo— se graban pasando la aspiradora, fregando el váter, quitando el polvo de los zócalos, limpiando los cristales con vinagre y papel de periódico al modo de la abuela. Eso corresponde a otro tipo de influencers, otro algoritmo, otro público que no es el público de las trad-wives.
En la tercera capa aparece la negación de la riqueza, y aquí la performance se vuelve magníficamente absurda, porque la chica lo hace todo DESDE CERO, y el cero aquí es un cero cósmico, un cero prelapsario. Bate la mantequilla desde cero. Hace el chocolate abriendo el fruto del cacao, fermentando, tostando, moliendo el grano. Muele la harina en un molino de piedra. Todo a mano, sin intervención de máquinas, sin electricidad, sin siglo XX. Y digo que es una negación de la riqueza porque desde siempre, históricamente, transhistóricamente, las personas con dinero —y especialmente las mujeres con dinero— se distinguían precisamente por lo contrario, por no hacer absolutamente nada, por tener manos blancas y ociosas al haber delegado los trabajos domésticos en la servidumbre. La aristócrata no molía, la aristócrata leía novelas francesas.
En la cuarta capa descubrimos que la performance, por su propia naturaleza ontológica, es falsa. Porque puede que sí, que haya hecho todo eso ella sin máquinas, de acuerdo, concedido, pero hay una máquina, la máquina fundamental, la que no se ve y sin embargo lo articula todo, omnipresente: la cámara grabando. Y detrás de la cámara el trípode, el micro de corbata, el aro de luz, el programa de edición de vídeo, el portátil, el router, el servidor, el centro de datos en Oregón refrigerado por tuberías de agua del Columbia.
Y la quinta capa, que es la mejor, es la que niega la primera y la segunda y la tercera en un solo movimiento. Porque estos vídeos terminan acumulando millones de visualizaciones y terminan generando dinero, a veces mucho dinero, a veces cantidades indecentes de dinero, lo cual significa que esta mujer no es un ama de casa, es la proveedora, es ella quien trae el pan —a veces literalmente el pan, moliéndolo—, y a menudo tiene un equipo detrás, y ese equipo suele incluir gente de marketing, agencias de publicidad, asesores fiscales, alguien que le lleva las redes que puede, o no, ser su cuñado, y sí, también personas que limpian la cocina-plató después de cada receta.
El fenómeno este de las trad-wives extreme edition es una de las cosas más interesantes de la sociedad del espectáculo contemporánea porque son cinco serpientes enroscadas, mordiéndose la cola una detrás de otra, simultáneamente, en bucle infinito de ouróboros semióticos.
En la capa más superficial tenemos la apelación a los supuestos valores tradicionales, los de cuando la mujer se quedaba en casa haciendo las cosas de la casa y el marido proveía, un pasado mítico que probablemente nunca existió tal cual pero que funciona estupendamente en vertical a 1080 pixeles.
En la segunda capa estamos ante una manifestación performática evidente, y lo digo porque la inmensa mayoría de estas creadoras de contenido cocinan. Cocinan mucho. Cocinan siempre. Rara vez —casi nunca, diría yo— se graban pasando la aspiradora, fregando el váter, quitando el polvo de los zócalos, limpiando los cristales con vinagre y papel de periódico al modo de la abuela. Eso corresponde a otro tipo de influencers, otro algoritmo, otro público que no es el público de las trad-wives.
En la tercera capa aparece la negación de la riqueza, y aquí la performance se vuelve magníficamente absurda, porque la chica lo hace todo DESDE CERO, y el cero aquí es un cero cósmico, un cero prelapsario. Bate la mantequilla desde cero. Hace el chocolate abriendo el fruto del cacao, fermentando, tostando, moliendo el grano. Muele la harina en un molino de piedra. Todo a mano, sin intervención de máquinas, sin electricidad, sin siglo XX. Y digo que es una negación de la riqueza porque desde siempre, históricamente, transhistóricamente, las personas con dinero —y especialmente las mujeres con dinero— se distinguían precisamente por lo contrario, por no hacer absolutamente nada, por tener manos blancas y ociosas al haber delegado los trabajos domésticos en la servidumbre. La aristócrata no molía, la aristócrata leía novelas francesas.
En la cuarta capa descubrimos que la performance, por su propia naturaleza ontológica, es falsa. Porque puede que sí, que haya hecho todo eso ella sin máquinas, de acuerdo, concedido, pero hay una máquina, la máquina fundamental, la que no se ve y sin embargo lo articula todo, omnipresente: la cámara grabando. Y detrás de la cámara el trípode, el micro de corbata, el aro de luz, el programa de edición de vídeo, el portátil, el router, el servidor, el centro de datos en Oregón refrigerado por tuberías de agua del Columbia.
Y la quinta capa, que es la mejor, es la que niega la primera y la segunda y la tercera en un solo movimiento. Porque estos vídeos terminan acumulando millones de visualizaciones y terminan generando dinero, a veces mucho dinero, a veces cantidades indecentes de dinero, lo cual significa que esta mujer no es un ama de casa, es la proveedora, es ella quien trae el pan —a veces literalmente el pan, moliéndolo—, y a menudo tiene un equipo detrás, y ese equipo suele incluir gente de marketing, agencias de publicidad, asesores fiscales, alguien que le lleva las redes que puede, o no, ser su cuñado, y sí, también personas que limpian la cocina-plató después de cada receta.
Resulta que para
@PUMAChile
esta bien que un par de zapatillas dure TRES MESES dada "las características propias del desgaste por uso"(SIC).
Porque claro, un par de zapatillas pueden ser usadas indebidamente para correr o caminar, y así se rompen pues.
Maravilloso.
Muy contento con la designación de Ximena Rincón como ministra de Energía.
Su habilidad para ir donde calienta el sol significará un impulso a las energías renovables.