Dos años de gobierno y lo único que queda claro es que Daniel Noboa no vino a gobernar, vino a administrar los intereses del FMI y de las élites que nunca pisan la calle. Dos años desperdiciados en propaganda, en viajes, en contratos millonarios con consultoras extranjeras, mientras el país real se hunde en el hambre, la violencia y la desesperanza.
Nos dicen que el problema es el subsidio al diésel, como si el pueblo estuviera exigiendo regalos. Nadie habla de regalos: hablamos de sobrevivir en un país donde la mayoría no tiene empleo formal, donde cientos de miles se ven obligados a migrar, donde los hospitales están vacíos de medicinas pero llenos de pacientes, donde la educación pública se destruye. Esa es la verdadera “pérdida” que cargamos día a día, la que no entra en sus estadísticas ni en sus cadenas nacionales.
Nos acusan de quitar derechos por protestar, cuando los derechos ya fueron arrancados: la movilidad se pierde con la violencia del crimen organizado, la salud se pierde con hospitales sin insumos, la educación se pierde con escuelas cerradas y la dignidad se pierde cuando el costo de la vida crece sin freno. ¿De qué derechos hablan, si lo que vivimos es un estado permanente de excepción, miedo e injusticia?
En estos dos años Noboa no ha hecho nada por el país que dice gobernar. No ha dado trabajo, no ha dado seguridad, no ha dado futuro. Prefiere endeudar al Ecuador, obedecer al FMI y sostenerse en la represión, antes que invertir en lo que sostiene la vida. Ese es el verdadero saqueo: desangrar al pueblo mientras se llenan titulares con anuncios vacíos.
El paro nacional no es un capricho, es la consecuencia inevitable de un pueblo al que quieren silenciar a punta de hambre. Es la respuesta digna frente a un poder que malgasta millones en lo superfluo mientras nos condena a la miseria. Y que quede claro: aquí nadie pide combustible gratis. Lo que exigimos es que la crisis no siempre la paguen los mismos de siempre, los que producen, los que siembran, los que sostienen al Ecuador con sus manos.
No es terrorismo, es memoria. No es vagancia, es dignidad. No es pérdida, es defensa de la vida. Y si hay quienes prefieren creerse ciudadanos de un país que no existe, que miren a otro lado. Porque aquí, en la realidad que ellos niegan, seguimos luchando para que la historia no se escriba de rodillas.
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En este país se nos quiere vender el cuento de que los subsidios eran el demonio. Que el diésel a un dólar era populismo, que la extra a 1,48 era un lujo insostenible y que la súper a 2,00 era un error histórico. Y mientras tanto, hoy, con precios triplicados, nos quieren convencer —con sonrisas televisadas y aplausos empresariales— de que pagar más es por nuestro propio bien.
En los tiempos del “populismo”, el pueblo comía más barato, viajaba más barato, vivía con menos angustia. Menos pobreza, menos abandono, menos delincuencia. ¿Casualidad? No: consecuencia. Porque cuando un Estado decide subsidiar el combustible, no subsidia la gasolina, subsidia la dignidad de millones de familias.
Ahora el nuevo evangelio económico predica que los sacrificios son técnicos y que el FMI es nuestro pastor. Nos quitan el subsidio y nos devuelven un bono migajero, como si la vida de un agricultor pudiera compensarse con un tractor de cartón y la de un chofer con un cheque postizo. Pura contabilidad que emula política social.
Los periodistas obedientes, convertidos en notarios del ajuste, nos dicen: “esto es bueno para el país ”. Los empresarios aplauden desde sus torres de cristal. El FMI sonríe satisfecho desde. Y mientras tanto, en el mercado Santa Clara, la papa y el tomate suben de precio porque el camión que los trajo pagó diésel más caro.
El pueblo, que antes sentía al Estado como un aliado en su mesa, ahora lo siente como un cobrador en su bomba de gasolina. Y cuidado, la violencia no brota de la nada. Brota cuando la dignidad se asfixia. Cuando un padre no puede llenar el tanque para trabajar. Cuando un bus se encarece aunque juren que el pasaje no subirá ni un centavo. Cuando la comida se encarece aunque juren que no pasará nada.
La gran farsa se resume en que antes, subsidios para el pueblo significaban populismo irresponsable; hoy, subsidios al FMI significan responsabilidad técnica. En ambos casos, los sacrificios siempre recaen sobre los mismos: los de abajo.
La verdad es que la eliminación de subsidios no es un acto de valentía, es un acto de servidumbre al capital internacional. Se nos quita a todos para asegurar que los banqueros y acreedores sigan durmiendo tranquilos, mientras al pueblo se lo narcotiza con propaganda de escudos sociales que no escudan nada.
El diésel a un dólar no era un error, era un símbolo de que el Estado podía estar del lado del pueblo. Mientras nos convenzan de que pagar más es progreso, lo único que progresa es la pobreza.
“Este vídeo es espectacular, porque no solo refleja lo majestuosa que es la atmósfera del Capwell, sino que también nos da la tranquilidad de saber que vienen generaciones de emelecistas que, desde niños, sienten y aman estos colores con esta pasión. ESTO ES EMELEC 💙💙💙💙💙
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