Daniel Samper Ospina me dedica un párrafo en su columna de hoy. Veinte años después todavía recuerda mi sala. Yo de sus columnas no recuerdo ninguna más allá del domingo. Cada cual con su memoria. Abro hilo.
#ElPróximoDescabezado
Tuve el privilegio de conocer al Tigre en persona en su estudio de Barranquilla, acaso la oficina más personal de todas en las que opera. Fue una de las experiencias más impresionantes que he vivido, comparable, apenas, a aquella ocasión en que visité al exgobernador de Cundinamarca Pablo Ardila, heredero millonario del desaparecido diario El Espacio: un magnate aficionado a la cacería en cuya mansión estuve hace dos décadas. Esa vez, lo recuerdo, me deslumbró la colección de trofeos de caza que decoraban la sala inmensa, cargada de lujos: cabezas de leones, siderales colmillos de marfil: ¡el cuerpo completo, perfectamente embalsamado, de una jirafa de tres metros! Resultaba paradójico que delfín de los Ardila fuera aficionado a matar animales, y perturbador, además, que gozara exhibiéndolos. En medio de aquellas cabezas de bestias disecadas, trompas secas de elefante y lujosas pieles de lagarto, no sabía uno si se encontraba en la casa del señor Ardila o en una reunión con los miembros de su bancada del partido Liberal.
Pensé que aquella experiencia me había dejado curtido para cualquier espectáculo relacionado con la cacería, pero estaba equivocado. Porque al entrar al estudio del Tigre descubrí que todavía me quedaban niveles de asombro por conocer.
Uno de sus mayordomos -ministro de alguna cartera: quizás la de vivienda, porque se trataba de un hombre que vestía tanga y llevaba la piel bronceada, como si recién llegara de la playa- me abrió la puerta y me condujo al gran salón, de columnas doradas y luces de neón, en el cual el hombre me esperaba. Lo encontré de espaldas, contemplando la propia decoración de su estudio con una satisfacción por sí mismo que se le notaba hasta en la nuca. Se había levantado de la cama hacía poco. Llevaba una bata de piel de tigre y un foulard de seda de marca italiana, y, a pesar de la cómoda pinta casera, tenía una pistola en el cinto. En la mano derecha sostenía un radio de antena larga y en la mano ultraderecha una copa de cristal, de cáliz ancho y tallo corto, como él, en la que reposaba un licor oscuro: brandy, probablemente, o un ron Defensor de 18 años.
Su diminuto cuerpo de tachuela parecía levitar ante la fuerza interior de su grandeza.
--- Siga y siéntese -me dijo sin siquiera mirarme.
Enseguida, rodeó la mesa de su escritorio, acomodó dos directorios telefónicos en el asiento para alcanzar a la mesa y se trepó en la silla. Levantó la ceja derecha y con una mirada penetrante pronunció su saludo.
--- Bienvenido a mi estudio -me dijo. Y tomó un sorbo de la copa.
Me sorprendió que no me diera la bienvenida a la patria milagro, como solía hacerlo, y estuve tentado a reaccionar con un comentario alusivo. Me abstuve porque a tiempo reparé en la decoración que tenía a sus espaldas: una hilera de cabezas embalsamadas, montadas sobre madera a modo de trofeos de cacería. Ahí fue -digo- cuando recordé mi visita de hace años a Pablo Ardila.
Reconocí a un varón de edad mediana que seguramente había sido abogado o economista porque el cuello tieso se desprendía de una camisa a rayas y corbata. El tigre observó que miraba el detalle:
--- Es un ejemplar caucásico, petrista… y no sé si es varón porque me dijeron que era homosexual.
No controvertí su idea de que la sexualidad determina el género porque me había quedado sin habla.
--- Y mira esta belleza -señaló un trofeo en otra pared -: es hembra, entiendo que paisa… Me dicen que arisca. Mírale la belleza de gafas. Tenía presbicia y estudiaba mucho, sobre todo cifras de la salud… pero era proaborto.
Efectivamente, la cabeza preservada pertenecía a una mujer que no debía pasar de los 40 años.
--- Pero esta es una de las que más aprecio -continuó sin permitirme un respiro...
Léala acá: https://t.co/bivRFBKnu7
@DanielSamperO Acusa recibo en cuatro horas y me regala los lectores. Veinte años para recordar mi sala, cuatro horas para leer mi hilo: va mejorando. Sobre lo demás, Daniel: cuando el humor se le acaba, usted hace lo que todos. Insinúa. Ese sí es el género en el que es experto.
Decidí explorar la escritura con humor. Ya entendí el negocio: uno escribe lo que quiera y, si el aludido protesta, responde "era sátira". Único oficio del país con fuero propio sin ganar una elección.
No voy a referirme a su estatura, aunque él le dedicó medio texto a la del presidente. En esto del humor soy principiante y todavía no me he tenido que rebajar a eso.
Habla de una jirafa de tres metros. Una jirafa adulta mide cinco. Ese es el rigor del periodismo de humor: cuando el dato no cuadra, se recorta hasta que quepa en el chiste.
Me reprocha la cacería. Cacé, sí, y no lo escondo. Él caza reputaciones cada domingo, sin licencia ni temporada. Y mire quién terminó colgando cabezas en una pared con placa de bronce: él, en su columna, una por una. Las mías por lo menos están quietas.
Me describe como heredero millonario. Lo dice el heredero de un apellido con columna fija, revista propia y expresidente incluido. En Colombia la herencia solo es pecado cuando llega en pesos y no en firmas.
Daniel Samper Ospina me dedica un párrafo en su columna de hoy. Veinte años después todavía recuerda mi sala. Yo de sus columnas no recuerdo ninguna más allá del domingo. Cada cual con su memoria. Abro hilo.
#ElPróximoDescabezado
Tuve el privilegio de conocer al Tigre en persona en su estudio de Barranquilla, acaso la oficina más personal de todas en las que opera. Fue una de las experiencias más impresionantes que he vivido, comparable, apenas, a aquella ocasión en que visité al exgobernador de Cundinamarca Pablo Ardila, heredero millonario del desaparecido diario El Espacio: un magnate aficionado a la cacería en cuya mansión estuve hace dos décadas. Esa vez, lo recuerdo, me deslumbró la colección de trofeos de caza que decoraban la sala inmensa, cargada de lujos: cabezas de leones, siderales colmillos de marfil: ¡el cuerpo completo, perfectamente embalsamado, de una jirafa de tres metros! Resultaba paradójico que delfín de los Ardila fuera aficionado a matar animales, y perturbador, además, que gozara exhibiéndolos. En medio de aquellas cabezas de bestias disecadas, trompas secas de elefante y lujosas pieles de lagarto, no sabía uno si se encontraba en la casa del señor Ardila o en una reunión con los miembros de su bancada del partido Liberal.
Pensé que aquella experiencia me había dejado curtido para cualquier espectáculo relacionado con la cacería, pero estaba equivocado. Porque al entrar al estudio del Tigre descubrí que todavía me quedaban niveles de asombro por conocer.
Uno de sus mayordomos -ministro de alguna cartera: quizás la de vivienda, porque se trataba de un hombre que vestía tanga y llevaba la piel bronceada, como si recién llegara de la playa- me abrió la puerta y me condujo al gran salón, de columnas doradas y luces de neón, en el cual el hombre me esperaba. Lo encontré de espaldas, contemplando la propia decoración de su estudio con una satisfacción por sí mismo que se le notaba hasta en la nuca. Se había levantado de la cama hacía poco. Llevaba una bata de piel de tigre y un foulard de seda de marca italiana, y, a pesar de la cómoda pinta casera, tenía una pistola en el cinto. En la mano derecha sostenía un radio de antena larga y en la mano ultraderecha una copa de cristal, de cáliz ancho y tallo corto, como él, en la que reposaba un licor oscuro: brandy, probablemente, o un ron Defensor de 18 años.
Su diminuto cuerpo de tachuela parecía levitar ante la fuerza interior de su grandeza.
--- Siga y siéntese -me dijo sin siquiera mirarme.
Enseguida, rodeó la mesa de su escritorio, acomodó dos directorios telefónicos en el asiento para alcanzar a la mesa y se trepó en la silla. Levantó la ceja derecha y con una mirada penetrante pronunció su saludo.
--- Bienvenido a mi estudio -me dijo. Y tomó un sorbo de la copa.
Me sorprendió que no me diera la bienvenida a la patria milagro, como solía hacerlo, y estuve tentado a reaccionar con un comentario alusivo. Me abstuve porque a tiempo reparé en la decoración que tenía a sus espaldas: una hilera de cabezas embalsamadas, montadas sobre madera a modo de trofeos de cacería. Ahí fue -digo- cuando recordé mi visita de hace años a Pablo Ardila.
Reconocí a un varón de edad mediana que seguramente había sido abogado o economista porque el cuello tieso se desprendía de una camisa a rayas y corbata. El tigre observó que miraba el detalle:
--- Es un ejemplar caucásico, petrista… y no sé si es varón porque me dijeron que era homosexual.
No controvertí su idea de que la sexualidad determina el género porque me había quedado sin habla.
--- Y mira esta belleza -señaló un trofeo en otra pared -: es hembra, entiendo que paisa… Me dicen que arisca. Mírale la belleza de gafas. Tenía presbicia y estudiaba mucho, sobre todo cifras de la salud… pero era proaborto.
Efectivamente, la cabeza preservada pertenecía a una mujer que no debía pasar de los 40 años.
--- Pero esta es una de las que más aprecio -continuó sin permitirme un respiro...
Léala acá: https://t.co/bivRFBKnu7