Hay numerosos argentinos que han encontrado consuelo a su derrota en la final del Mundial en la apreciación de que la selección española (y los españoles, en general) han sido muy comedidos a la hora de celebrar su victoria. Si ese sentimiento es generalizado en Argentina (que no lo sé), esto nos ofrecería una pista clara sobre las razones por las que el país del Río de la Plata ha estado en la ruina y, sobre todo, de las consecuencias de haber sufrido dicha ruina durante tanto tiempo.
En las sociedades modernas, el deporte de competición es la vía de escape habitual a los pesares del día a día. Más en concreto, el fútbol ofrece a muchísimas personas una existencia en miniatura en la que poder experimentar, sin la amenaza del abismo, los límites emocionales de una vida que de por sí, tal vez, nunca dé para tanto. El entusiasmo, ese sentimiento que los griegos definieron con la impresión de "llevar un dios dentro", habitualmente requiere una plenitud trabajada, una sensibilidad construida con esfuerzo y alejada de las inercias de lo inmediato. El fútbol proporciona un atajo, quizá no a ese entusiasmo puro, pero sí a un sucedáneo en el que la felicidad no depende del bienestar familiar, del éxito laboral o de las mieles del amor logrado, sino de que unos señores sean capaces o no de meter una pelota dentro de una portería.
La historia de Argentina ha dado muchos motivos para este acto de escapismo, para esta enajenación. Décadas de inflación, crisis recurrentes, devaluaciones, corrupción y frustración política han convertido las grandes victorias deportivas en uno de los pocos territorios donde la nación podía reconocerse en el espejo de su elevada autopercepción. Los españoles, en cambio, transitamos en un contexto distinto y, en cierta manera, antagónico: la excepcionalidad española rara vez la sentimos para bien y la autocrítica es parte de nuestra idiosincrasia nacional. Los éxitos deportivos, más que demostrarnos lo buenos que realmente somos, se nos aparecen como refugios en los que experimentar que tan malos no seremos.
Después de una generación de éxitos extraordinarios (en fútbol, baloncesto, tenis, bádminton o motociclismo), las victorias españolas parece que han perdido parte de su carácter milagroso y las derrotas, aunque duelan, ya no anuncian una nueva decadencia nacional. El deporte ha recuperado, en cierta medida, su condición de juego.
Quizá esa sea la diferencia más importante entre una sociedad próspera y otra acostumbrada a vivir en la incertidumbre. La primera puede permitirse celebrar sin humillar porque sabe que su bienestar no depende del marcador. La segunda deposita sobre noventa minutos una carga emocional insostenible y tóxica. Cuando el balón carga con el peso de la economía, de la política y de la autoestima nacional, se puede decir que adquiere la condición de opio del pueblo.
En la acción de la roja a Enzo, fijaos en el compañero que se tira al suelo simulando una falta inexistente, y encima Messi reclamando al árbitro que se revise jajajajajajaja es que son patéticos, así llevan toda la vida.
CAMPEONES DEL MUNDO 🇪🇸
Con buen fútbol. Dominando todos los partidos. Sin polémicas. Con todo en contra. Anulándonos goles válidos. Somos los mejores del mundo. A MAMAR.
VIVA ESPAÑA 🇪🇸🇪🇸
El gerente de la Discoteca Aura relatando el supuesto acoso que le hizo @FonsiLoaiza a una chica.
Se le derrumba el relato ideológico a pedazos.
El mismo que daba lecciones de feminismo y moral ahora es el acosador.
Hipocresía pura.
#FonsiLoaizaExpuesto
Hola @policia lleváis CUATRO DIAS ocultando y encubriendo a vuestro agente que le REVENTÓ los TESTICULOS a un joven español universitario de 21 años!!! 😡😱
Vosotros no sois la alineación de la seguridad sino un peligro público por cumplir las órdenes de @franmartagui 🎯👇