Esta es fuera de joda la farmeada de aura definitiva, la carita que pone mirando el 5-0 frente a Cristiano y caminando como si la pija le pesara media tonelada.
LE DIO SU VIDA ENTERA
Por Jorge Barraza
El ambiente del fútbol y del periodismo lo sabía desde unos días antes del Mundial: “Se está muriendo el padre de Messi, es cuestión de un momento a otro”. La pregunta instantánea era ¿qué va a hacer Leo, jugará…? Envuelto en una enorme congoja, lo jugó, sabiendo que podía recibir la noticia en cualquier instante. Incluso que su padre podía morir mientras él estaba celebrando un gol. Por eso rompió en llanto tras su primer tanto ante Argelia. Pero Jorge Messi sabía lo que este último Mundial representaba para Leo. Él seguramente hizo el esfuerzo de aguantar. Consciente hasta el último aliento, porque el cáncer te hace ver que está acabando contigo. Le pidió a su hijo que jugara y a su cuerpo que resistiera. Los 8.742 kilómetros entre Rosario, donde estaba internado Jorge, y Kansas, donde concentraba Leo con la Selección eran otra barrera de angustia. El destino lo quiso así y había que afrontarlo.
Pocas veces la figura paterna fue tan determinante en la vida de un ídolo. Como todo argentino, y más rosarino, Jorge Horacio Messi soñó con ser futbolista. Probó en las inferiores de Newell’s Old Boys, su amor de hincha, y no se le dio, no llegó. Se dedicó al estudio, se graduó de técnico químico y alcanzó una gerencia en Acindar, la mayor industria de acero en la Argentina. Todos los días 60 kilómetros de ida y 60 de vuelta hasta Villa Constitución, donde está la planta. “Mi papá se iba a las 4 de la mañana y volvía a las nueve de la noche, yo lo esperaba con ansias para abrazarlo”, confesaba Leo.
Pero la vida lo recompensaría ampliamente a través de ese hijo, el tercero de sus cuatro: Lionel Andrés. A los 7 años lo llevó a la escuelita de Newell’s y, efectivamente, comprobaron que el nene era bueno, demasiado bueno, aunque no crecía. Cumplía años y no pasaba del metro treinta. La familia se inquietó. Tras diversas visitas médicas, el endocrinólogo rosarino Diego Schwarzstein confirmó que había un problema: déficit en la hormona de crecimiento. Si no se hacía un tratamiento riguroso no pasaría de 1,55 ó 1,60 de altura. El sueldo no daba para todo y la terapia era cara, Newell’s informó que no podía hacerse cargo, más en un niño tan pequeño, que, por edad, aún no alcanzaba ni a jugar en las divisiones inferiores de AFA. Recién estaba en infantiles. Nadie imaginaba lo que sería luego.
Allí comenzó a agigantarse la figura paterna. Movió el mundo. Fue una cadena de contactos. Unos amigos le hablaron de un empresario rosarino radicado en Barcelona: Horacio Gaggioli. Llegó hasta él, pero Gaggioli le dijo lo mismo que Newell’s: “Tiene once años, es muy chico para traerlo a Europa, hay que esperar un poco”. A Jorge no lo inquietaba que pudiera frustrarse como futbolista, sino el posible enanismo de su hijo. Finalmente, las gestiones fructificaron. Gaggioli le entregó un video a Josep María Minguella, célebre agente catalán que es parte de la vida del FC Barcelona. Ha llevado a Maradona, Stoichkov, Romario, Rivaldo… Quedó asombrado: “Vi el vídeo que le habían hecho a Messi en su colegio en el que realmente se percibía cómo él cogía el balón más lejos de medio campo e iba regateando rivales hasta llegar a la portería contraria. No perdía el tiempo en pases ni florituras, era muy directo. Algo que luego ha hecho mil veces”, cuenta Minguella. Y sigue: “Me llamó la atención, lo vi diferente. No quise decírselo a ningún Valencia o Madrid. En el Barcelona al principio no estaban por el tema, no tenían presupuesto para el fútbol base y tampoco se traía a extranjeros. Era muy pequeño físicamente y eso creó dudas. Se pensaba que iba a chocar contra cualquier jugador y lo iban a matar. Lo llevamos a Carles Rexach”.
Rexach, antiguo compañero de Cruyff, estaba con el primer equipo del Barça, pero hizo viajar a Messi con su padre y que lo probaran sus asistentes en infantiles. “Les dije que lo vieran, que no tenía que ser bueno, sino muuuuuyyy bueno, porque fichar un extranjero a esa edad era un esfuerzo demasiado grande. Me dijeron que sí, que era un fenómeno, pero que no llegaría a Primera por el físico. <<Hombre, es un jugador de futbolín>>, me decían. Hasta que decidí ir a verlo yo. Preparé un partido con chavales dos años mayores, para complicarlo bien. Y me puse detrás un arco donde él atacaba. Tenía mis dudas, me parecía demasiado pequeño y no hablaba. Cuando terminó, les dije a mis colaboradores: no es normal, es de otra galaxia, hay que ficharle”. Sin embargo, el Barcelona tardaba, no redactaban el contrato y Jorge Messi estaba apurado, debía volver a su trabajo. Exigió una definición. “Estábamos en el bar del Club de Tennis Pompeia -vuelve Minguella-. Ahí, para tranquilizar al padre y que no se nos pudiera escapar hicimos un contrato en una servilleta, la famosa servilleta”.
Fue el 14 de diciembre de 2000. Tras años de hartas gestiones, Jorge Messi lo había logrado: su hijo recibiría el tratamiento adecuado y jugaría al fútbol, nada menos que en el Barcelona. Tenía 13 años y medio. A propósito, la famosa servilleta se subastó en Londres el 17 de mayo de 2024 por 762.000 libras esterlinas, equivalentes aproximadamente a 967.000 dólares. La tenía Gaggioli en propiedad.
Poco después Jorge dejó su empleo en Rosario y se dedicó ciento por ciento a conducir la carrera de Leo. Construyó una coraza en derredor suyo. Lo cuidó. Messi llegó a Primera y había comenzado a salir de noche con Ronaldinho, Deco y Rafa Márquez. Su papá lo esperaba despierto a las cinco de la mañana. “Leo, esto no va, mañana tenés que jugar”. Pese a no ser lo suyo, comenzó a manejar los primeros contratos, las primeras publicidades, lo acompañó a cada partido, a cada reunión, a cada premio que recibía. Le inculcó la humildad, los silencios. Hizo del perfil bajo una catedral: pese a ser Leo el personaje más famoso del mundo, poco se sabe de los Messi.
“Jorge era un buen hombre, muy humilde y ultra reservado, imbuyó a Leo de la importancia de la disciplina, la vida sana y todos los valores que él ahora transmite a sus compañeros como capitán de equipo”, cuenta Martín Casullo, autor del libro Elegí creer, sobre la vida del genio, para la Fundación Messi, a propuesta de su padre. “Él quería, y lo logró, que toda la familia estuviera integrada en torno al 10. Rodrigo, el hermano mayor, con las empresas, Sol, su hermana menor, con las redes sociales y la marca Messi, Matías es el presidente del Club Leones, que es propiedad familiar, las cuñadas y cuñados vinculados a los distintos negocios”.
Dondinho, papá de Pelé, fue un futbolista frustrado. El día de su debut en el equipo superior del Atlético Mineiro lo fracturaron. Nunca volvió a ser el mismo. Por insistencia, logró jugar luego en el diminuto Baurú Atlético Clube. Dirigió su pasión a preparar a su hijo. Iban al campito, los dos solos, y lo hacía patear con izquierda, con derecha, de cabeza, pararla de pecho… Pero, apenas Edson arribó al Santos, a los 15 años, Dondinho volvió a su vida en Baurú. Don Diego, el entrañable progenitor de Maradona, hizo esfuerzos descomunales por su hijo: “Mi papá se iba a trabajar de madrugada, llegaba a casa después de las dos de la tarde, comía algo y, cansado como estaba, arrancaba de nuevo y me llevaba a entrenar a Argentinos Juniors. Tres colectivos teníamos que tomar de ida y tres de vuelta”. Lo contaba Diego Armando, de cuando aún era el Pelusa de Villa Fiorito.
Jorge se fue joven, en la medianoche del viernes, a los 68 años. De no haberse dedicado con la tenacidad que lo hizo, seguramente el fútbol mundial se hubiera perdido a Messi. Primero lo trajo al mundo, luego le entregó su propia vida.
Primero: buenos días.
Segundo: Messi.
Hoy juega su Inter de Miami, veremos si continúa noqueado y desaparecido como en la final del Mundial.
Porque él desaparece muchas veces en los momentos importantes.