Un gaucho con polera lleva su deseo a pasear al parque y se sienta en un banco a mirarlo correr, de aquí para allá. Al rato llegan deseos de otros paseadores, y se muerden y saltan y juegan. Así, nuestro gaucho se llena de ternura al preguntarse quién es amo de quién.
Un gaucho con polera aprendió a ver que el pertenece a su deseo, y su deseo pertenece a sí. Y entonces se preguntó, ¿cómo pretender ser dueño del deseo del otro? Es como querer comprar el cielo.