La lealtad no hace ruido. No promete, no presume, no negocia. Está ahí cuando todo se cae, cuando ya no queda nada bonito que mirar. Es la mano que no suelta, incluso cuando tú eres el que tiembla.
Hacer el intento de disfrutar lo que es y dejar de lado la añoranza de lo que fue, hubiera o de lo que no ha sido; puede que sea uno de los mejores regalos para ti y para los que te rodean.