La escalada entre EE.UU. e Irán debe analizarse sin caer en revisionismos. Estamos ante un conflicto inscrito en las tensiones del sistema imperialista. Las potencias defienden intereses económicos y estratégicos de su burguesía. La clase obrera no tiene nada que ganar ahí.
No se puede hablar seriamente de “no a la guerra” mientras se sostiene la estructura política, militar e industrial que hace posibles esas guerras. El problema no es una operación concreta, sino la inserción del Estado español en la arquitectura imperialista.
Con la vivienda pasa algo parecido: no es que “el mercado funcione mal”, es que funciona exactamente como está diseñado. Si el techo es una mercancía, alguien hará negocio con él. Mientras paguemos rentas cada vez más altas con salarios cada vez más débiles, la crisis seguirá.
La represión no es una anomalía del sistema, es, más bien, una de sus funciones esenciales.
Cuando la clase trabajadora cuestiona la propiedad, el Estado revela su carácter de clase: policía, tribunales y leyes actúan como garantes del orden burgués.
Solo a pocas horas de tratarse la reforma laboral, FATE cierra la fabrica y deja casi 1000 trabajadores en la calle. La policía de Kicillof militariza el lugar y reprime a los trabajadores. ¡Rodeemos de solidaridad a los trabajadores y mañana desbordemos Plaza Congreso!
No importa el país, la Burguesía está atacando, los ya de por sí escasos, derechos más elementales de la Clase Proletaria. Organización masiva y Lucha de Clases abierta: tal es la única respuesta que puede dar el Proletariado contra sus explotadores.
La crisis de la vivienda no es casual ni coyuntural: es el resultado lógico de un sistema que convierte el techo en negocio.
Mientras la vivienda sea mercancía, los salarios financiarán la renta y la especulación.