Hay una frase de la CONFERENCIA DE MARCELO BIELSA que explica bastante el porqué del fracaso de la selección, no solo en este Mundial, sino en los últimos años.
Parece que TUVO QUE REDUCIR LA INFORMACIÓN QUE LE BRINDABA A LOS JUGADORES PORQUE ESTOS LE DIJERON QUE SE SATURABAN.
Y ahí está, quizás, una de las claves más profundas del problema.
El fútbol de élite ya no se sostiene solo en la capacidad técnica, táctica y física del jugador. Se exige, cada vez más, un alto desarrollo de la capacidad cognitiva: entender el juego, procesar información, adaptarse a una idea, interpretar movimientos y resolver escenarios optando por la toma de la mejor decisión posible.
No por casualidad, la neurociencia ocupa hoy un lugar cada vez más importante en los entrenamientos del fútbol profesional.
Y ahí es donde, muchas veces, el futbolista uruguayo promedio queda en deuda.
No es casualidad que una de las primeras críticas que recibió Darwin Núñez en Inglaterra fue que le costaba comprender los ejercicios de Klopp. No se trataba de correr más o pegarle mejor a la pelota.
¡Se trataba de entender!
Y el futbolista uruguayo no entiende. Hace lo simple. Lo que es fácilmente descifrable por el rival. No se ataca el espacio, no hay un tercer hombre, no aparece un cambio repentino en la orientación del juego, muy de vez en cuando se hace un pase entre líneas, ya nadie tira una diagonal marcando el pase, etc. Lo que hace el futbolista uruguayo de estos tiempos, aún hoy en la selección, es lo sencillo.
Podrá discutirse si Bielsa saturaba, si entrenaba demasiado, si lesionó jugadores, si armó mal la lista o si erró en los cambios. Pero cuando el propio entrenador admite que tuvo que recortar información porque el plantel no la absorbía, el problema deja de ser solamente metodológico.
Porque en la élite, la información no debería saturar: debería potenciar.
Y si Uruguay no pudo procesarla, tal vez el déficit no fue solo del entrenador. Tal vez fue cognitivo. Y eso, en el fútbol moderno, también se paga.
¿De verdad no se dan cuenta de que no importa la figura, no importa si el DT es defensivo u ofensivo, no importa la postura ni el esquema? Nuestro rendimiento deportivo siempre depende 100% del estado anímico, SIEMPRE. Y eso no es normal. No, gente, no es normal.
Uruguay tiene un drama con la salud mental. Un drama. Y lo del Mundial es un ejemplo más.
El mito de la “garra charrúa” no es otra cosa que esa inestabilidad emocional disfrazada de virtud: cuando el equipo se prende, parece que le puede ganar a cualquiera; pero cuando se frustra, se desordena, se borra y pierde con cualquiera; o directamente se desborda y te arranca a cagar a patadas.
Ese es justamente el problema: no sabemos competir desde la estabilidad, el criterio o la planificación. Dependemos siempre de estar allá arriba, de estar full motivados (estimulados) y de que todo venga bien. Cuando eso se rompe, se rompe todo. Y hay mil ejemplos de esto. Desde el partido de 2014 después de la sanción a Suárez hasta la vuelta del repechaje contra Jordania, por nombrar solo dos.
Porque no, la inestabilidad emocional (de la que mucho se habló esta semana con respecto a esta generación) no se reduce solo con ver a Valverde jugar al 40 % de lo que podría jugar o no cargando con las situaciones de juego pesadas, para no asumir riesgos.
Pegar por frustración, tirar el VAR a la mierda, morder o quebrarse a llorar a veinte minutos del final son respuestas distintas frente al mismo problema: no sabemos procesar que las cosas pueden salir mal. No sabemos mantener la cabeza fría cuando más se necesita. No sabemos qué hacer cuando el plan deja de funcionar. No tenemos plan B.
Pero acá los boluditos creen que pegar y morder es “poner huevo”, mientras que esconderse o llorar es “ser cagón”. Como si unas reacciones fueran fortaleza y las otras debilidad, cuando en realidad todas nacen del mismo desborde emocional.
Llevamos setenta años construyendo el mito de que todo se resuelve apretando los dientes, callándose, aguantando y poniendo huevo. La tristeza se esconde, la angustia se desprecia y la frustración se transforma en violencia (hacia otros o hacia nosotros mismos). Después miramos las cifras de salud mental del país y actuamos como si no tuvieran nada que ver con la cultura de mierda que alimentamos todos los días.
Porque sí, aunque les chupe un huevo esa huella no afecta solamente a si la pelotita entra o no entra, es más, ese probablemente sea el menor de los quilombos que cultiva.
En fin, salí del laburo, prendí la radio y me di cuenta que hay demasiado pelotudo con micrófono.