Anthony Hopkins explicó que, para interpretar a Hannibal Lecter, permanecía inmóvil y evitaba parpadear: había descubierto que una mirada sostenida podía hipnotizar al público y transmitir poder.
Por eso me perturba tanto Elizabeth Holmes.
Ella también construyó un personaje diseñado para proyectar genialidad y control: adoptó una voz artificialmente grave, se uniformó con cuellos altos negros al estilo de Steve Jobs y mantenía una mirada rígida, casi sin parpadear, que muchos describieron como hipnótica.
No sabemos si ensayó conscientemente ese último gesto, pero reforzaba su imagen de seguridad absoluta. Podía intimidar a quien tenía enfrente o hacerle creer que estaba profundamente convencida de cada palabra.
Hopkins utilizó aquella técnica para interpretar a un psicópata ficticio. En Holmes, esa misma clase de presencia formó parte de una identidad pública que ayudó a convencer a inversionistas millonarios de creer en una tecnología que no funcionaba como prometía.
Eso es lo que me perturba de esta mujer: resulta difícil saber dónde terminaba Elizabeth Holmes y dónde comenzaba el personaje.
Mientras las máquinas de Theranos fallaban, su actuación funcionaba perfectamente.