La Iglesia es una y la santidad para los cristianos tiene que ver con Dios, y por tanto es una invitación a ver más allá, no para convertirnos en ruidosos fans, olvidando que la Historia de la Iglesia es mucho más amplia que nuestra pobreza de miras.
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No eligió delicatessen, recetas imposibles ni especias preciosas. Eligió la sal que es discreta, que solo potencia sabores ajenos sin buscar reconocimientos, pero que si falta se nota. Nosotros tenemos que ser sal…
Felices los infelices
que no pierden la esperanza,
los incompletos
que siguen creciendo,
los heridos
que se dejan lavar las llagas,
los vulnerables
que no se avergüenzan de serlo.
Felices los fracasados
que del golpe hacen escuela,
los olvidados
que recuerdan sin odio,
los diferentes
que se saben únicos,
los enfadados
que se ríen de sí mismos.
Felices los preocupados
que bailan sobre charcos,
los tímidos
que alzan la voz,
los profetas
que rompen candados,
los creyentes
que preguntan.
Felices, en este mundo turbulento,
los buscadores de Dios.
El evangelio se revela a los sencillos (no confundir dar sencillez con simplificar, volver ingenuo o quitarle hondura, pues el evangelio ni es simple, ni dulzón, ni superficial)
Los más pobres no son meros objetos de compasión, sino maestros del Evangelio. No se trata de “llevarles a Dios”, sino de encontrarlo entre ellos. Servir a los pobres no es un gesto “de arriba hacia abajo”, sino un encuentro entre iguales, donde Cristo se revela y es adorado. #JubileoDeLosPobres #DilexiTe
"Ninguna caída es definitiva, ninguna noche es eterna, ninguna herida está destinada a permanecer abierta para siempre. Por distantes, perdidos o indignos que nos sintamos, no hay distancia que pueda apagar la fuerza del amor De Dios".
– Papa León XIV
Las monjas agustinas de mi pueblo desaparecen. El suyo era un convento, pero también un centro escolar de educación infantil —parvulitos— donde yo fui escolarizado por primera vez en mi vida. Gracias a ellas, llegué a 1º de EGB con el mejor nivel académico que un niño de seis años podía esperar.
Pese a ser monjas, dedicaban su esfuerzo a la enseñanza. Si transmitían valores, lo hacían a través del ejemplo. Su sistema pedagógico —esfuerzo y perseverancia— ha sido condenado una y mil veces por anticuado, pero estoy completa y rotundamente seguro de que funciona muchísimo mejor que las majaderías actuales: acabé convertido en un hombre decente y académicamente solvente.
No tengo, por tanto, dudas: dame monjas retrógradas y aparta de mí a los pedagogues de medio pelo que ahora invaden las aulas.
Gracias por todo, hermanas. En el corazón os llevo.
Tenemos derecho a que nos duelan las cosas. No hay por qué pretender ser de piedra. Luego, pues te defiendes como puedes. O contestas. O callas. O tomas distancia. O compartes el dolor…