Anoche tuve la cena de presentación con la familia de mi novia. «Para ganarte a mamá, aceptale sí o sí un segundo plato. Y si papá te muestra los mapas, estás adentro», me había dicho ella, cagándose de risa de mi estrés. Pero al final ninguna de esas cosas fue garantía de nada.
Lo bonito que es tener ese amigo al que, ya no habiendo esa misma cotidianeidad de antaño, ni la misma novedad que al principio, cada vez que quedas de nuevo con esa persona sigue existiendo algo que se siente auténtico, algo inquebrantable ante el paso del tiempo y la distancia.