En 2010, llamaron a mi padre a horas de que jugase España la final porque a su padre (mi abuelo) le había dado un infarto en el corazón. Cogió el coche y fue lo más rápido que fue, por supuesto no vió el partido. Mientras el país celebraba el gol de Iniesta, mi padre en una sala de hospital lloraba desconsolado por potencialmente poder perder su figura parental. Hoy, 16 años después, celebramos abrazados y entre lágrimas que somos campeones del mundo, esta vez pudiendo verlo y celebrarlo.
El fútbol es MUCHO más que un deporte, tíos.