Reescribir a los clásicos
Los jóvenes de ahora ya traen otro chip.
En mis tiempos, leías a Homero y aceptabas que la literatura era así porque así llevaba enseñándose casi tres mil años. Había dioses caprichosos, héroes infieles, esclavos, guerras interminables y mujeres que aparecían cuando al autor se le antojaba. No cuestionábamos demasiado. Solo suponíamos que si una obra había sobrevivido treinta siglos, algo bueno debía tener.
La chavalada de hoy es distinta. Educados por horas de ver tiktoks mientras zurran, ya no leen los clásicos para asombrarse, sino para encontrar los errores que nadie había tenido el valor de señalar en tres mil años. Llegan convencidos de que ninguna obra está realmente terminada, que todo texto puede actualizarse, revisarse, contextualizarse y, sobre todo, corregirse.
Por eso esta semana Lupita Ñongo se robó los reflectores. Al preguntarle qué le diría al autor de La Odisea, respondió que le preguntaría qué opinaba del poco tiempo en pantalla que les dio a las muniers. Observación válida, sin duda. Aunque también hay que reconocer que Homero escribió hace tres mil años, no tenía redes sociales y, probablemente, era ciego. El tema del “tiempo en pantalla” le quedó muy lejos de la vista.
Pero tampoco es culpa de Lupita, que es una hija de su tiempo. Hoy todo necesita una reinterpretación más correctita. Shakespeare requiere más perspectiva de género. Cervantes debió ser más gentil con los neurodivergentes. Dante tendría que justificar con qué criterios arbitrarios mandó a unos personajes al infierno. Miguel Ángel seguramente habría recibido la recomendación de ponerle más ropa a algunos santos, o ya de perdido de hacerles más grandecita la salva parte. Después de miles de años, por fin estamos listos para esas conversaciones.
Quizá ese sea el verdadero cambio generacional: antes nos acercábamos a los clásicos con la sospecha de que podían enseñarnos algo; ahora nos acercamos con la tranquilidad de saber que ellos son los que tienen algo que aprender de nosotros.
Todos los bloopers de la semana en mi blog de Substack (link en el perfil).
Triste por el Vasco, por el pundonor de los muchachos, por el fin de una era y de un grupo con verdadera mística y alegría; contento por el fin definitivo de la pregunta retórica de la temporada que se hacía con porciones iguales de mediocridad, picardía e infantil ilusión.
Este es un golpe duro especialmente para las muner, que llegan al fútbol sin marco de referencia, como un niño entrando de pronto a cuadro a la mitad de una película, preguntándole a cualquiera que va pasando «¿Y si sí?».
El Florero es taimada hasta para desmarcarse. Y tendría otra opinión si su hija hubiera podido robarse un lugar en lo que hoy es la Corte del Supremo Acordeón. Su lote en el basurero de la historia está asegurado.
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Hay que quitarle todo a ese pérfido, que lo corran, que nadie le vuelva a dar trabajo, que lo deje su esposa, que lo nieguen sus hijos, que no vuelva a tener paz en su vida porque dijo algo que no nos gustó a los que sí somos buenas personas.
Maravillosos los FIFAS, increíble ser hombre, el fútbol es el alma de la manósfera. La alegría que nos quería arrebatar el narcofeminismo con su rolita.
Impecables aquí Paty Chapoy, Pedro Sola y sus colegas. Ventaneando ya hace mejor crítica que Warkentin, Maerker, Tercer Grado, el Colmex, el CIDE y desde luego la UNAM. Qué tiempos.
Cuando la realidad aprieta y el narcobarco se hunde, uno de los más miserables propagandistas clama por una civilidad que se dedicó a destruir los últimos diez años. Un tipejo que sacó el cobre creyendo que las victorias son eternas. Lo alcanzó el futuro.
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Puro pendejo odia al mejor país del mundo, los Estados Unidos de América. Dios bendiga al licenciado Trump y le permita cumplir su meta de erradicar a las dictaduras, incluyendo la narcodictadura que se autodenomina «la 4T».