Tu principal obligación eres tú mismo, sobre todo si hay quienes dependen de ti. Tienes que mantenerte sano, competente, productivo, en buena forma física. Es absurdo descuidarte si otros te necesitan.
Los errores sólo importan si no los reparas, si no aprendes de ellos o cuando son catastróficos. Fuera de eso, los errores son el camino del progreso.
Sin errores no hay éxito. Se triunfa con más intentos, fallando más veces.
Boludo, le encontraron una casa en un Country a Manuel Adorni y NO LA TIENE EN SUS DECLARACIONES JURADAS, vale 249MIL DOLARES.
Manuel Adorni tiene que RENUNCIAR MAÑANA MISMO, estan CAGANDO a TODOS LOS ARGENTINOS.
El escaso sentido del humor —el ofenderse por todo— suele ser síntoma de baja inteligencia: de pensamiento preconceptual.
Quienes perciben los chistes como agresión, o se los toman literalmente, son incapaces de distinguir entre concretos y abstracciones. Es el nivel de desarrollo cognitivo de un niño de dos a cuatro años, según Jean Piaget, o de un simio amaestrado.
No distinguen entre lo que se dice (el percepto) y el significado abstracto según el contexto (concepto).
La base de la inteligencia humana es la capacidad de formar conceptos: de integrar perceptos sensoriales (este objeto, esta idea literal; esta forma roja, redonda, brillante y dulce) en abstracciones (jerarquías lógicas, metáforas, esencias, categorías, patrones; manzanas, fruta).
Quienes se quedan en una etapa de pensamiento preconceptual, y en un chiste ven una amenaza emocional concreta en vez de un juego conceptual, se delatan, por lo tanto, como tontos.
Según Ayn Rand, “el humor es la negación metafísica de la importancia de aquello de lo que te ríes”.
Por lo tanto, burlarse y reírse de lo absurdo, de lo despreciable, de lo feo y de lo tonto, es signo de inteligencia, fortaleza de espíritu y de salud moral.
En cambio, burlarse de lo que es bueno, bello, heroico, excelente y valioso, denota estupidez, envidia y bajeza espiritual.
La mentira es abominable. Mentir quizá te pueda sacar de un apuro, pero mentir destruye al mentiroso.
La verdad es la base de la confianza. La confianza, moneda del liderazgo, es uno de los prerrequisitos para que funcione una relación de cualquier tipo, personal o de negocios.
“Di la verdad, o al menos no mientas”, escribió Jordan Peterson. Y hace mucho tiempo, según fuentes bastante fidedignas, alguien muy sabio dijo: “la verdad os hará libres”.
El mentiroso, esclavo de sus mentiras, tarde o temprano se tropieza con ellas, y se hunde ante los demás y ante sí mismo.
La verdad más dura es preferible a la mentira más bonita.
Cualquiera puede hacer un plan que se vea bien en papel o en un PowerPoint. Pero lo que vale es la ejecución, que requiere genio, disciplina, obstinación, y trabajo desproporcionadamente duro.
Dar un “buen” servicio es apenas el mínimo. Si quieres ser memorable para tus clientes, necesitas exceder expectativas: asombrar, lograr que digan “¡WOW!”
¿Cómo? Entregando más de lo que prometiste, haciéndolos sentir mejor de lo que esperaban, entregando en menos tiempo, con menos trabas y complicaciones, con más valor y conveniencia.
Y necesitas hacerlo en forma sistemática, por diseño, como parte de la estrategia, involucrando a cada persona de tu empresa. No puedes dejarlo al azar.
Limitarse a cumplir con lo que los clientes esperan de ti es tibio, débil, perezoso y mediocre. La excelencia empieza un paso más allá.
“La mente del hombre es su herramienta básica de supervivencia. La vida le es dada, pero la supervivencia no. Su cuerpo le es dado, pero su sustento no. Su mente le es dada, pero su contenido no.
Para permanecer vivo, debe actuar, y antes de actuar debe conocer la naturaleza y el propósito de su acción. No puede obtener su alimento sin conocimiento de los alimentos y de la manera de obtenerlos.”
— Ayn Rand.
“A menudo los planes se alteran cuando los pones en marcha. El que se demora perfeccionándolo todo pierde el impulso. Quien se lanza adelante, jugándosela, puede tal vez conquistar la colina.”
— Arturo Pérez-Reverte.
Los caminos fáciles conducen a las consecuencias más duras. Es mejor pagar hoy el precio del esfuerzo intencional —del dolor activo, enfocado y voluntario de actuar en pos de algo valioso—, que quedarte pagando para siempre el costo disperso y crónico del miedo, de la indecisión, de la pereza, y de las consecuencias de haberte negado a hacer el esfuerzo deliberado y concentrado de pensar, de elegir tus fines y de actuar con decisión.