No te unas a un grupo de discipulado para sentirte mejor los martes en la noche. Únete para ser diferente los miércoles por la mañana. La edificación que vale no es la que te hace sentir bien. Es la que te hace ser mejor.
El discipulado genuino no termina cuando cierras la Biblia. Comienza cuando alguien que te conoce de verdad te mira a los ojos y te dice lo que nadie más se atrevería a decirte. Y tú, en lugar de defenderte, dices: 'gracias. Necesitaba escuchar eso.' Eso es madurez.
El grupo de discipulado no es donde vas a recibir más información. Es donde te conviertes en el tipo de persona que la información no puede fabricar: alguien que no solo sabe qué dice la Biblia, sino que vive lo que la Biblia dice.
El discipulado que solo estudia la Biblia sin formar el carácter produce personas que saben mucho y viven poco. El discipulado que se atreve a formar la vida entera, incluyendo las partes incómodas, produce personas que el mundo no puede ignorar porque viven lo que dicen creer.