“No he vuelto para que ella me cuide. He vuelto porque desde que murió mi padre llevaba casi un año cenando sola”.
Se hizo bastante silencio.
Mi amigo tenía su piso.
Su trabajo.
Y una vida perfectamente montada.
Pero empezó a notar que su madre inventaba cualquier excusa para que fuera a verla.
Que si había que cambiar una bombilla.
Que si el móvil hacía algo raro.
Que si había preparado demasiada comida.
Hasta que entendió que casi nunca necesitaba arreglar nada.
Necesitaba compañía.
Así que alquiló su piso y volvió temporalmente a la habitación en la que había dormido de adolescente.
El de la mesa le dijo:
“Bueno, pero también tendrás que hacer tu vida”.
Y él respondió:
“Claro. Precisamente por eso. Ella también tiene una, y ahora se le ha quedado demasiado vacía”.
Aquella frase me tocó.
Porque nos pasamos media vida celebrando que conseguimos independizarnos de nuestros padres.
Y quizá llega una edad en la que la pregunta deja de ser cuánto los necesitamos nosotros.
Y empieza a ser cuánto nos necesitan ellos.
Desde fuera puedes ver a un hombre de 42 años que ha vuelto a vivir con su madre.
Desde dentro quizá solo hay un hijo intentando conseguir que una mujer que ha compartido la mesa con alguien durante 45 años no tenga que acostumbrarse tan rápido a cenar sola.
Não sei pq as pessoas se chocam sempre que eu falo que não vejo minha vida aqui e vou voltar pro Brasil, no final o que tem me segurado é a vontade de aprender o idioma…