@emilio_delrio Buenos días latinista twittero,
la respuesta del concurso es:
La herida de Ulises se la produjo un *jabalí*
Un abrazo.
Isabel de ZARAGOZA.
@NEUDC_RNE Yo añadiría una reflexión a la tertulia y es que, al leer un libro, cada lector crea sus propios paisajes, pone cara a sus propios personajes, incluso añade algún comentario que echa de menos en el texto. Si el lector es un director, nace una película o una serie 👏👏
Lo único bueno, como casi siempre, el trato amable de los profesionales (cuando consigues que te atiendan)
Falta mucha inversión en personal y en material, la población crece los medios no o incluso se reducen
@heraldoes@GobAragon#sanidad#SALUD
@salud_aragon deplorable situación en urgencias del HC Lozano Blesa. +3 horas esperando una ambulancia urgente en casa, +2h para ser visitado por una médica, +1h para análisis y RX +¿?h para resultados esto parece un hospital de guerra. Las 21:50h desde la llamada a las 14h...
La canalla está consiguiendo cancelar al compañero @Rafael_Narbona. Esta red social es una jungla plagada de alimañas por la que hay avanzar en traje de combate, machete en mano. Ánimo y fuerza, Rafael.
En 1915, una mujer le pidió a su marido que le comprase unas cortinas.
—Cariño, ¿traes lo que te pedí?
—No, pero he comprado otra cosa: un círculo de piedras que, por cierto, es el monumento más famoso de Inglaterra.
En #LaBrasaTorrijos, el tipo que regaló Stonehenge.
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@manelmarquez Los jóvenes tienen que pagar los impuestos, como pagaron los que ahora se jubilan, para tener los mismos servicios y en el futuro la misma jubilación.
Lo que hay que hacer es luchar, como hicieron ellos, para subir el poder adquisitivo de los jóvenes, pero no parecen motivados
@UmbraEx94@manelmarquez No,los jóvenes tienen que pagar los impuestos, como pagaron los que ahora se jubilan, para tener los mismos servicios y en el futuro la misma jubilación.
Lo que hay que hacer es luchar, como hicieron ellos, para subir el poder adquisitivo de los jóvenes, pero no están motivados
En la DANA de Valencia, sesenta y ocho personas murieron en su casa. En su propia casa.
Hay algo muy desasosegante en el hecho de morir por culpa de tu casa. No de morir en tu casa —eso, en muchos casos, es casi una aspiración: cerrar los ojos en la misma habitación donde aprendiste a leer, donde tu madre planchaba con gesto mecánico frente a la radio—, sino de morir porque la casa, la tuya, se ha convertido en una trampa. Porque lo que debía protegerte —muros, puertas, ventanas, cerraduras, suelos— ha pasado a ser una estructura de encierro. Porque el agua ha llegado y no ha salido. Y tú estabas dentro.
Una planta baja, en casi cualquier parte de l’Horta Sud, no era hasta hace poco un lugar percibido como vulnerable. Era, si acaso, más accesible, más fresca en verano, seguramente más barata. También más ruidosa y más expuesta. Pero no era peligrosa. En algunas de esas casas vivía gente mayor porque siempre habían vivido ahí. En otras, familias recién llegadas, que habían alquilado la planta baja porque era lo que había. En todas, cuando la lluvia empezó, no hubo una alarma clara. Solo una acumulación de signos que nadie supo leer a tiempo porque no hubo tiempo: el ruido sordo en las tuberías o la velocidad endiablada con la que el agua subía por el patio interior o el modo en que la puerta principal, una vez hinchada y forzada por la presión que venía del otro lado, ya no abría. Cuando quisieron salir, no pudieron. Cuando gritaron, el agua les llegaba al pecho.
En algunos casos, se encontraron los cuerpos horas después, cuando el nivel había bajado. No flotando, como en las escenas más crudas del cine catastrofista; sentados en el suelo, desmadejados contra una pared, como si hubieran decidido rendirse en algún punto del proceso. Como si hubieran entendido —demasiado tarde— que la casa ya no estaba de su parte.
Esa imagen es de una violencia muy específica. Por su significado. Por todo lo que la precede: la idea de que el lugar más íntimo, el que contiene tu rutina, tu ropa, tus cables de cargador doblados sobre sí mismos, tus marcos con fotos de hace una década, puede convertirse de un momento a otro en una cápsula sin salida. Como un ascensor sellado. Como un cajón hermético. Como un ataúd.
Es posible que algunas de esas casas ya hubieran tenido avisos: humedades antiguas o filtraciones menores cada vez que llovía más de la cuenta. Pequeñas señales ignoradas. No por irresponsabilidad, sino por costumbre. Porque nadie construye una casa pensando en su capacidad para matar. Nadie alquila una planta baja preguntando cuántos centímetros por encima del nivel del mar está el umbral. Nadie imagina que una tarde cualquiera de octubre puede terminar con el agua a la altura del cuello. Pero eso es exactamente lo que ocurrió.
Y no fue lejos. No fue en lugares apartados, sin cobertura. Fue en los pueblos que rodean Valencia. En calles con nombre. En esquinas iluminadas. En casas donde esa misma mañana alguien había hecho café, había planchado una camisa, había regado una planta.
Murieron dentro de casa. Pero no porque les hubiese llegado su hora.
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Este texto es un extracto de “Catedral de Escombros”, el libro que más me ha costado escribir y el que más creo que merece ser escrito.
Lo podéis conseguir en cualquier librería, en cualquier sitio online.