El nacionalismo español se olvida de Portugal. Y no es casual: olvidarlo es la única manera de sostener su relato, su versión adulterada y delirante de la historia.
Porque Portugal comparte con España absolutamente todos los ingredientes con los que el nacionalismo construye la idea de una España milenaria: la Hispania romana, los visigodos, la cristianización, la convivencia con al-Ándalus, la Reconquista, la monarquía feudal, lenguas hermanas del mismo latín, e incluso corona común durante sesenta años. Si esa receta produjera España de forma natural, Portugal sería España. No lo es. Nunca lo fue.
Y eso lo cambia todo. Significa que esos ingredientes no producen España: España se construyó mucho después, en el siglo XIX, sobre algunos de esos materiales. El nombre "Hispania" vino de fuera, de la mirada romana que necesitaba resumir en una palabra un mosaico de pueblos diversos. La nación llegó al final, con la Constitución de Cádiz de 1812.
Entre el nombre y la nación hay dos mil años que no apuntaban a ningún sitio. Solo retrospectivamente parecen apuntar al mapa actual.
Ya lo decía Siniestro total: Menos mal que nos queda Portugal.
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La techno-rumba más maquinera para todas las ladillas reshulonas y para los millenials nostálgicos.
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Hoy comparto este póster con 50 compositoras ilustradas, fruto de un trabajo de 5 años.
Todo empezó al escuchar por primera vez una obra de Lili Boulanger y preguntarme por qué no la había conocido antes.
Seguimos escuchando. 🎶
CLINT EASTWOOD: CLAROSCURO DEL SUEÑO AMERICANO
Sus películas son un poderoso claroscuro del sueño americano, un Caravaggio de celuloide.
Durante mucho tiempo, se acusó a Clint Eastwood de reaccionario. No es una calificación gratuita. Eastwood encarnó a Harry el Sucio, un inspector de policía que exhibía una masculinidad tóxica en una saga de cinco películas. Armado con un Magnum 44 de inequívocas connotaciones fálicas, entendía que su trabajo no consistía en rehabilitar a los delincuentes, sino en eliminarlos. Duro, despiadado y con un humor negro impregnado de machismo y racismo, Harry el Sucio fue un mito en los 70, un arquetipo de las supuestas cualidades del heterosexual blanco que desprecia las consignas pacifistas, igualitarias y feministas del movimiento hippie.
Sus apariciones en el spaghetti western no se alejaban demasiado de ese estereotipo y, aunque en El jinete pálido, el remake de Shane (en España, Raíces profundas) que dirigió en 1985, rebajaba un poco las aristas del personaje, un año después estrenó El sargento de hierro, una insufrible explosión de testosterona que despertó la admiración de los nostálgicos del mundo en blanco y negro de los 50, cuando los roles sexuales estaban claramente definidos y casi nadie cuestionaba el orden establecido.
Dada esta trayectoria, el estreno de Bird en 1988 causó una conmoción. De repente descubrimos que Eastwood amaba el jazz y poseía la inteligencia y la sensibilidad necesarias para recrear el tortuoso mundo interior de Charlie Parker, una de las figuras más legendarias del bebop. Intimista, sutil, poética, Bird se halla en las antípodas de la saga de Harry el Sucio. Protagonizada por Forest Whitaker, explora la peripecia vital de un artista con dotes de alquimista. Su saxofón transforma el dolor en belleza. En la película, Bird vuela sobre el escenario, provocando un éxtasis colectivo sin rasgos estridentes. Sus dedos prodigiosos y sus labios portentosos logran extraer el latido más profundo de la vida. Al igual que los héroes griegos, su brillo se extingue prematuramente, pero su música cambia la historia del jazz y quizás de América.
En 1990, Cazador blanco, corazón negro, que recrea el rodaje de La reina de África, el clásico de John Huston, confirmó que Eastwood no era Harry el Sucio, sino un artista exigente y nada complaciente con las injusticias. Eastwood encarna a Huston. No oculta su egolatría ni sus excentricidades, pero visualiza su espíritu inconformista, iconoclasta y solidario. En una escena memorable, humilla a una mujer que exalta a Hitler y desafia al fornido empleado de un hotel que maltrata a los nativos africanos, lo cual le cuesta una paliza.
En 1995, Los puentes de Madison nos enseñaron que, además de no ser un reaccionario, Eastwood era un romántico. Su narración de un breve idilio entre un fotógrafo del National Geographic y una ama de casa de Illinois interpretada por Meryl Streep combina delicadeza y fatalismo, ternura y desgarro, humor y tristeza. Tres años antes, Eastwood había demostrado con Sin perdón que aún era posible hacer un western a la altura de los grandes clásicos del género. William Munny no es solo un pistolero arrepentido, como Shane, el personaje interpretado por Alan Ladd, sino un hombre que afronta el drama de la vejez desde una granja miserable. Viudo y con dos hijos pequeños, ha perdido facultades con el tiempo, pero el demonio interior que le acompañó durante sus años de fechorías solo necesita para emerger una experiencia particularmente dolorosa. La muerte de su amigo Ned (Morgan Freeman), que no sobrevive a los latigazos propinados por el sádico sheriff Little Bill (Gene Hackman), le devuelve la fiereza perdida, pero solo se trata de un arrebato temporal. Redimido por el amor de su mujer, volverá a su granja y vivirá como un hombre honrado el resto de su existencia.
El Eastwood que se reveló con Bird es un director con una visión trágica de la vida. Sin perdón es un western fatalista. En el Salvaje Oeste, el odio es más fuerte que el perdón. Al igual que el Ethan Edwards de Centauros del desierto o el Tom Doniphon de El hombre que mató a Liberty Valance, ambos interpretados por John Wayne bajo la dirección del maestro John Ford, William Munny ha perdido el tren de la historia. Solo es un vestigio de una época definitivamente superada. En 1976, Eastwood había rodado El fuera de la ley (The Outlaw Josey Wales), un western excelente con una perspectiva más esperanzadora. Josey Wales, antiguo guerrillero sudista, reúne a su pesar a un grupo de marginados que se transforman en su familia: una abuela y su nieta que han sufrido el ataque de unos forajidos, un anciano jefe indio, una mujer nativa esclavizada por un blanco, varios vagabundos que sobreviven a duras penas en un pueblo abandonado. Esta vez, el nihilismo, sin desaparecer del todo, da un paso atrás. Un final abierto permite atisbar un porvenir de paz, donde las heridas se cerrarán poco a poco.
En la infravalorada Un mundo perfecto(1993), Clint Eastwood muestra con crudeza el lado más amargo del sueño americano. Las vidas marcadas por la adversidad desde muy temprano no conocen las segundas oportunidades. Robert “Butch” Haynes, interpretado por Kevin Costner, fue un joven conflictivo e inestable. Hijo de un delincuente que lo maltrataba, la ley lo envió a un reformatorio cuatro años por robar un coche. Allí, lejos de reformarse, su personalidad se hizo aún más problemática y violenta. Inteligente y con instinto protector, podría haber sido un ciudadano normal si el sistema no se hubiera ensañado con él. Eastwood es el sheriff que lo detuvo y abogó por una sentencia ejemplar. Comprenderá demasiado tarde su error, cuando ya no sea posible evitar el desgraciado final de Haynes.
La perspectiva crítica sobre Estados Unidos se agudiza con la extraordinaria trilogía Mystic River (2003), Million Dollar Baby (2004) y Gran Torino (2008). El retrato de la sociedad americana no es nada complaciente: incomunicación, soledad, marginación, grandes bolsas de pobreza, violencia, desigualdad, desintegración familiar, corrupción, sentimientos de culpa y fracaso. En Mystic River, los niños que crecen en barrios obreros tienen muchas más posibilidades de acabar en la cárcel, sufrir abusos sexuales o morir tiroteados. En un país que asocia el puritanismo a su identidad nacional, no se protege a los más vulnerables. En las zonas más deprimidas de Boston, los camellos y las prostitutas a veces son niños.
El panorama es similar en Million Dollar Baby: Maggie Fitzgerald (Hilary Swank), una camarera de 31 años, sueña con ser boxeadora para librarse de la miseria y de sus traumas de infancia y «Peligro» (Jay Baruchel), un joven discapacitado sin familia, fantasea con el cinturón de campeón mundial de los pesos ligeros, pese a que no sería capaz de aguantar ni un asalto contra un púgil de tercera categoría. Eastwood plantea con gran lucidez el debate de la eutanasia y utiliza como telón de fondo la tradición católica, con sus ideas de perdón, expiación y redención.
En Gran Torino, los hmong, una minoría étnica asiática que apoyó a Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam, se agrupan en barrios controlados por pandillas callejeras. Eastwood elige a esta comunidad de inmigrantes como ejemplo de los valores que está perdiendo su país. Frente al egoísmo, la irreverencia y la dispersión de las familias americanas, los hmongse cuidan entre sí, respetan la autoridad de los ancianos y observan las tradiciones que merece la pena preservar. De nuevo, aparecen las referencias católicas. Walt se enfrenta la muerte con un “Ave María”, pese a que se ha pasado todo el film exhibiendo su escepticismo.
Clint Eastwood apoyó a Donald Trump durante su primera presidencia, pero le retiró su respaldo después de contemplar cómo alimentaba la crispación y la división. Incluso pidió el voto para el candidato demócrata Michael Bloomberg. No conozco muy bien sus opiniones políticas y no me interesa demasiado su vida personal. No he visto ni veré American Sniper, pues la figura del francotirador SEAL Chris Kyle solo me inspira repugnancia, pero creo que una valoración global del trabajo de Clint Eastwood como director impide incluirlo en la deleznable burbuja del movimiento MAGA. Sus películas son un poderoso claroscuro del sueño americano, un Caravaggio de celuloide que recoge la tensión y el dramatismo de una sociedad con negros profundos y claridades deslumbrantes, como las del lago de la Avenida Jefferson de Detroit que aparece al final de Gran Torino, cuando Thao conduce con Daisy, la perra labrador de Walt, en el asiento del pasajero mientras se escuchan sucesivamente entre notas de piano las voces de Eastwood y Jamie Cullum, susurrando “Tu mundo no es más que / todas las pequeñas cosas que has dejado atrás”. Eastwood es el último clásico del cine estadounidense, una leyenda que morirá con las botas puestas. No me extrañaría que se despidiera del mundo con la misma expresión que -según algunos- utilizó John Ford antes de expirar: “¡Corten!”.
RAFAEL NARBONA
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@Rafael_Narbona Pues, siendo incapaz de acercarme mínimamente a hacer semejante análisis de la obra y pensamiento de Mr. Eastwood, no sé diga más.... Corten.
The lyre simulator v4.
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After nearly 50 years in space, NASA’s Voyager 1 is about to hit a historic milestone.
By November 15, 2026, it will be 16.1 billion miles (25.9 billion km) away, meaning a radio signal will take a full 24 hours — a full light-day — to reach it.
Como otras tantas veces, y MÁs aún en estás entrañables fechas, cuidado en estas ZONas, que luego no se diga que no se avisa. Y si no pasa tanto, pues mejor preparados, verdad chiquet? Gracias por vuestro trabajo.
⚠️AVISO ESPECIAL | Nevadas en cotas bajas.
➡️ Tiempo invernal, con heladas y nevadas a partir de 300 a 400 metros en el tercio norte.
➡️La nieve afectará a ciudades y vías de comunicación importantes. Mantente informado de la situación.
+ info 👉
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¿Qué os parece si hacemos un repasito sobre lo que dice el artículo al que me refiero en este hilo?
Vamos allá: "¿Asturias, Covadonga, Pelayo?". Un artículo de Pedro Chalmeta sobre la inexistencia de la batalla de Covadonga y don Pelayo. Va🧵largo
@alejo_joan@ivanfamil Yo diría que dos se queda algo escaso... Recuerda: Numancia, Gallaecia, y zona del Ebro medio ( guerras celtiberas) por hablar solo de Hispania. Seguimos con Astérix y Obélix... Etc...
Cuando los romanos oían un rugido metálico, grave y animal, sabían que se acercaba el infierno. Un sonido capaz de helar el alma, que parecía venir del cielo. Era la música del Carnyx, el instrumento que abría las batallas de los pueblos celtas. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
"For 99 percent of the tenure of humans on earth, nobody could read or write. The great invention had not yet been made. Except for firsthand experience, almost everything we knew was passed on by word of mouth. As in the children's game "Telephone," over tens and hundreds of generations, information would slowly be distorted and lost.
Books changed all that. Books, purchasable at low cost, permit us to interrogate the past with high accuracy; to tap the wisdom of our species; to understand the point of view of others, and not just those in power; to contemplate—with the best teachers —the insights, painfully extracted from Nature, of the greatest minds that ever were, drawn from the entire planet and from all of our history. They allow people long dead to talk inside our heads.
Books can accompany us everywhere. Books are patient where we are slow to understand, allow us to go over the hard parts as many times as we wish, and are never critical of our lapses. Books are key to understanding the world and participating in a democratic society."