Que Salmona sea uno de los grandes arquitectos colombianos no significa que cada decisión suya sea intocable ni que toda su obra sea igualmente buena. Se pueden considerar extraordinarias algunas obras y al mismo tiempo pensar que la casa de García Márquez en Cartagena es una aberración que atenta contra la ciudad antigua.
Por otra parte, hay un problema cuando la protección patrimonial pasa de impedir la destrucción de lo esencial (fachadas, volumetría, espacios comunes, elementos realmente definitorios) a congelar el uso cotidiano de una propiedad privada. Un apartamento no es un museo y tiene que poder adaptarse a nuevas cocinas, nuevas formas de vivir, nuevas necesidades familiares, accesibilidad, tecnología, iluminación, etc.
Además, una protección demasiado rígida produce exactamente el efecto contrario al que busca. Cuando comprar una propiedad significa asumir costos de mantenimiento altísimos, pedir permiso para casi cualquier reforma y resignarse a vivir con soluciones pensadas hace cincuenta años, la demanda se reduce y el valor comercial del bien queda por el piso.
Por eso, para mí, la pregunta interesante no es simplemente “¿cómo se atrevieron a tocar una escalera de Salmona?”, sino qué parte de una obra patrimonial debemos preservar y hasta qué punto es razonable obligar a un propietario a vivir dentro de las decisiones que tomó un arquitecto hace cincuenta años.